Es lo que es

Julio César Arreaza

Por Julio César Arreaza

Después del rotundo fracaso del interinato surgido- constitucionalmente- en 2019, al haber desperdiciado, por su falta de grandeza, la oportunidad de oro de ponerle término a la corporación criminal que tiene asolado al país, lo más natural es que surjan voces disidentes, en la que nos inscribimos. Es el derecho natural, humano y político que tenemos los ciudadanos de proceder, conforme a nuestra conciencia histórica, en los asuntos públicos de nuestro país. Y de no hipotecarnos indefinidamente a una falsa unidad que sostenidamente rema hacia sus intereses particulares y crematísticos. No nos vengan ahora con el cliché de la antipolítica a quienes hemos militado en partidos y estamos persuadidos de su papel fundamental en los sistemas democráticos de procurar la mediación entre los ciudadanos y el Estado. En un país, con cierto grado de civismo, los políticos que fracasan se ponen de lado y dan oportunidad a otros. No solo la alternabilidad ha sido cancelada por la dictadura perversa sino también, en otro nivel, por aquella dirigencia que se obstina en ostentar una representación que perdió hace rato.

La peor destrucción nacional es ética y espiritual. El mal anda suelto y provoca líderes confundidos. Hay una crisis de representación derivada de la crisis de confianza generalizada en el estamento político, que se traduce en el ambiente de antipolítica prevaleciente. La convocatoria de la “opolaboración” es cero.

Se habla con insistencia de la fiesta electoral hacia finales de 2024. No vemos, todavía, las reglas y mecanismos de selección del candidato opositor. Se presenta otra oportunidad para la grandeza política de ofrecer condiciones transparentes que motiven una amplia participación, que generen entusiasmo, confianza y legitimidad; sin que el G4, como siempre, se apropie de todo el proceso. Muchos no se prestarán a respaldar la pantomima de un enorme fraude.

La ruptura vociferada ha sido solo retórica cuando en los hechos la “opolaboración” acude a legitimar al estatus quo: la corporación criminal. Creemos en la reconquista del voto, pero no en las simulaciones de un liderazgo agotado envuelto en el círculo vicioso de Súperbigote: negociación-diálogo-falsas elecciones.

Concluimos con el gran estadista Vaclac Havel: “La esperanza no es lo mismo que el optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulta”.

Aspiramos a una dirección política con los pies en la tierra y centrada en ponerle término a la usurpación. Que entienda a la gente, sepa interpretarla y proporcione una ruta clara. Esto no es demasiado.

¡Libertad para Javier Tarazona! ¡No más prisioneros políticos, torturados, asesinados ni exiliados!


Julio César Arreaza es abogado venezolano

Unos zafios arropados con la falaz ideología del socialismo del siglo XXI, condimentada con el menjurje subdesarrollado y pavoso del árbol de las tres raíces, lograron echarle tierra en los ojos de propios y extraños mientras  encarnaban uno de los mayores latrocinios de la historia.

La sociedad permanecía distraída y deslumbrada mirando por televisión durante horas y horas a un vulgar y mediocre militar proponiendo dislates con un verbo audaz que se convirtió en característico. Mientras prometía darle lo suyo a la cónyuge, iba lanzando medidas que apuntaban al desmantelamiento institucional y la consolidación de su poder absoluto. Fue la combinación de diferentes factores, desilusiones acumuladas, sorpresas distractoras, apuestas a lo mágico, que determinaron el languidecimiento del costo político de las medidas disparatadas de gestión pública. Sin embargo, hubo una reacción importante el 11 de abril de 2002, en la que una de las manifestaciones humanas más grandes echó al sátrapa del poder. De allí para acá la situación se fue descomponiendo cada día aunada con el retorno del zafio mayor, y el costo político dejó de rendir sus efectos, lo cual benefició al régimen y a una dirección política errática en la que no pocos fueron dañándose y quebrándose. Y esto llevó a la desaparición de la moneda, la descomposición de los principios y valores y a la desaparición del costo político. Vemos a la mentira convertida en mercancía de amplia circulación en el mundo político y civil, en detrimento de la verdad. No vemos los principios y valores reflejados en las acciones y actitudes.

Estos criterios son aplicables a lo sucedido en Barinas. Sin dejar de reconocer el esfuerzo de los electores de imponerse y obtener una victoria ante el régimen y sentirse contentos de su esfuerzo. No le negamos valor al empeño contra todo pronóstico. Si embargo, lo importante de esta hora es desmontar una estructura aceitada que goza de sus propias reglas, valores y procedimientos, caracterizada como el ecosistema criminal. La usurpación no se conmovió con lo de Barinas, sino más bien se afianzó. Ya vimos al pobre hombrecito gobernador corriendo hacia Maduro y cuadrándose firme. El balde de agua fría no se hizo esperar y de nuevo la frustración social. Nadie paga el costo político. De nuevo surgen los argumentos que llevan falacias en sus entrañas, con la pirueta del referéndum revocatorio de Maduro, que solo servirá para legitimar al ilegítimo y aupar la normalización. Una nueva oportunidad para perder el tiempo y generar frustración ciudadana.

Debemos imponer un nuevo liderazgo e ir formando ciudadanos con pensamiento crítico, que no permitan ser tutelados por los peores. Ciudadanos capaces de recuperar el mecanismo social y político de toda sociedad democrática como es la aplicación del costo político a cualquier actuación pública. Ya basta de los mismos liderazgos vencidos, doblegados y expirados.

Las convicciones son importantes para marcar la vida de los pueblos y desarrollar  una conciencia cívica que nos haga discernir si marchamos hacia la liberación de Venezuela o a la legitimación del ecosistema criminal.

Tenemos un régimen de facto y la ruptura debe ser de facto con la usurpación y el liderazgo fallido y vencido, que no ha pagado y quiere pagar el costo político de sus acciones.

¡Libertad para Javier Tarazona! ¡No más prisioneros políticos, torturados, asesinados, ni exiliados!

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