Por Andrés Lugo Vivas — Analista Energético y Geopolítico
Cuando Nicolás Maduro se sienta frente a las cámaras de TeleSUR y lanza uno de sus monólogos triunfalistas, lo hace convencido de que la retórica puede seguir sustituyendo a la realidad. Pero basta mirar con lupa la madeja petrolera de Venezuela para comprobar que su discurso hace agua por todos lados. El caso Chevron–Exxon–Guyana expone, quizá como ningún otro, la inviabilidad de la narrativa chavista de “soberanía energética”.
En menos de cuatro meses, el propio Maduro pasó de felicitar a Chevron —su viejo socio norteamericano— por el regreso “triunfal” al país, a denunciar a ExxonMobil —su vieja enemiga imperialista— por saquear el Esequibo con complicidad de Guyana. Hoy, la ironía es brutal: Chevron, el invitado de honor en Miraflores, se ha convertido en socio directo de Exxon en el bloque petrolero más lucrativo de América del Sur, situado precisamente en aguas que Caracas reclama como suyas
De enemigos y amigos
La contradicción es tan obvia que hasta en la calle la entienden: mientras el régimen organiza referendos y amenaza con cárcel a quien cuestione la causa del Esequibo, su mayor esperanza para levantar la golpeada producción interna de PDVSA es la misma Chevron que ahora bombea crudo junto a Exxon y la estatal china CNOOC frente a las costas de Guyana.
ExxonMobil, demonizada como símbolo de la rapiña imperialista desde la estatización de sus activos en 2007, se transformó en el villano favorito de la narrativa bolivariana. Fue Exxon la que se negó a someterse a las reglas del chavismo cuando Hugo Chávez decidió sepultar la Apertura Petrolera y reemplazarla por un esquema de control estatal. Fue Exxon la que ganó un millonario arbitraje internacional. Y es Exxon la que ahora convierte a Guyana —el vecino “usurpador” del Esequibo— en una potencia energética emergente que ya produce más barriles diarios que buena parte de la OPEP.
El Esequibo como bandera sin pólvora
Con el referéndum de finales de 2023, Maduro creyó haber encontrado oro político: agitar la bandera del Esequibo como cortina de humo ante la crisis interna. Retórica de soberanía, héroes imaginarios, acusaciones de traición a todo aquel que dude del reclamo. Pero la bandera choca con la pared de la realidad: no hay Fuerza Armada, ni diplomacia, ni músculo económico capaz de frenar la maquinaria Exxon–Chevron–CNOOC en el bloque Stabroek, uno de los mayores hallazgos offshore del siglo XXI. CNOOC, además, no es cualquiera: es la estatal china cuyo dueño es el “socio estratégico” que Maduro presenta como su hermano mayor para resistir a Estados Unidos.
Un cuadrilátero sin escapatoria
Así se dibuja el cuadrilátero geopolítico que Maduro no puede sostener sin tragarse su propio discurso:
- Maduro necesita a Chevron para mantener con vida a PDVSA, quebrada, sin tecnología ni flujo de caja.
- Chevron es ahora socio directo de Exxon, el archienemigo que “instiga el despojo” en el Esequibo.
- Exxon y Chevron fortalecen a Guyana, el país que Caracas amenaza con “recuperar” mediante fantasías plebiscitarias.
- Guyana y China (vía CNOOC) completan la ecuación, dejando claro que incluso el supuesto “aliado asiático” prefiere sus dividendos offshore antes que la causa bolivariana.
Para colmo, si Estados Unidos vuelve a cerrar el grifo de las licencias, Chevron se va, y con ella se esfuma la última válvula de oxígeno de la industria venezolana. Lo mismo pasa si Venezuela decide “castigar” a Chevron por bombear petróleo en Guyana: sería un disparo en el pie de su propia producción nacional.
Soberanía de palabras, dependencia de hechos
En definitiva, el cuadrilátero Maduro–Chevron–Exxon–Guyana demuestra una verdad incómoda: la llamada soberanía petrolera es hoy un espejismo que vive de la chequera y la tecnología de las mismas transnacionales que el chavismo demoniza.
El discurso de la independencia energética suena bien en cadenas de televisión, pero el Orinoco sigue sin producir sin perforadoras ni diluyentes. La Faja no bombea sin know-how foráneo. Y el Esequibo, a golpe de barriles, ya no depende de Caracas, sino de Georgetown, Houston y Beijing.
En algún momento, Maduro tendrá que elegir: seguir en campaña eterna usando el Esequibo como fetiche electoral o reconocer que su modelo colapsó y que cada día que pasa, Guyana le pasa por encima —con ayuda de Chevron y Exxon— mientras en Caracas se limitan a aplaudir licencias y a inventar enemigos que también son socios.
Hasta entonces, la narrativa petrolera seguirá flotando en la burbuja de siempre: pura retórica, cero soberanía.