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Es lo que es

Luis Carlos Díaz

Por Luis Carlos Díaz

Estamos en 2026 y por primera vez en mucho tiempo los venezolanos podemos ver el final de la dictadura. La presión interna se ha intensificado: la ciudadanía pudo demostrar su victoria electoral de 2024, ha sostenido un proceso de resistencia cívica que incluso ha doblegado a sectores normalizadores del sistema, y ha construido redes de coordinación y confianza que son esenciales para cualquier cambio duradero. Paralelamente, una presión externa sin precedentes ha generado resultados concretos: la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores, quienes ahora enfrentan juicio por cargos asociados al narcotráfico ante tribunales internacionales. Todo ello se produce mientras sectores del chavismo aceptan negociar una salida bajo tutela internacional para iniciar en algún momento la transición democrática.

Sin embargo, no estamos fuera de peligro: el proceso de cambio está en marcha, pero sigue siendo frágil. La dictadura, aunque descabezada, aún no está desarticulada. La estructura represiva del Estado continúa operando, las instituciones clave siguen bajo control ilegítimo y las funciones básicas del poder permanecen cooptadas. Movimientos paramilitares, fuerzas de seguridad y aparatos de inteligencia todavía cometen detenciones arbitrarias, desapariciones y persecución política, aunque se disfracen de colectivos en vehículos sin identificación. El flujo de censura persiste y la maquinaria de extorsión a familiares de presos políticos, empresarios y ONGs sigue activa con el objetivo de fracturar y domesticar a la sociedad civil.

La victoria no será fácil ni inmediata. Pero llevamos años construyendo capacidades sociales, hemos tejido redes sostenibles y contamos con un objetivo claro que articula a amplios sectores de la sociedad: queremos ser libres y recuperar la democracia plena.

A partir de esto, y porque es mi cumpleaños, planteo 10 tareas fundamentales que tenemos por delante si queremos poner fin a la dictadura y construir un país libre y democrático:

  1. Ponerle nombre al monstruo de múltiples cabezas

La dictadura no termina porque Nicolás Maduro y Cilia Flores están en una cárcel federal en Nueva York. Ellos eran una pieza importante, sí, pero no eran el sistema entero. Eran los civiles designados para ocupar el centro visible de una maquinaria mucho más profunda.

El monstruo sigue teniendo cabezas: actores con órdenes de captura pendientes, redes vinculadas al narcotráfico, alianzas criminales con grupos armados, y responsables de crímenes de lesa humanidad entre los más graves documentados en el planeta. Crímenes que no prescriben. Crímenes que pueden ser juzgados en cortes nacionales e internacionales, sin importar cuánto tiempo pase.

Todo eso debe ser desmontado sin demora, porque mientras esas estructuras sobrevivan, el país seguirá sin condiciones reales de gobernabilidad, transparencia y Estado de derecho. Sin justicia no hay inversión sostenible, no hay crecimiento genuino y no hay democracia posible.

Hay que generarle dilemas al poder. Todos los dilemas posibles. Trabajar por la libertad que queremos y no por una celda más cómoda para algunos.

  1. Apoyar la lucha de los presos políticos

Los presos políticos son hoy los más vulnerables en el país. Son el núcleo de la política de terrorismo de Estado desarrollada por el chavismo, denunciada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

El régimen no solo los encierra: les niega tratamiento médico, comida digna, abogados y comunicación. Los mantiene en desaparición forzada. Los tortura. Los mata. Pero el daño no termina en la celda: se extiende como castigo colectivo hacia sus familias.

La tragedia de los presos es también usada como mensaje: esto le puede pasar a cualquiera que disienta. Y ese miedo es el combustible principal del poder fáctico que aún les queda. Lo usan para atemorizar a los que quieren un cambio y a los posibles actores que deseen romper filas con la revolución. Por eso es fundamental desmontarlo por completo. No parcialmente, no a largo plazo. Es la urgencia más importante porque se trata de desbaratar la máquina de impedir y desarmar a los secuestradores.

Hay que arrebatarles la capacidad de hacer daño. Diluir lo que quede de su poder represivo hasta que no puedan seguir sosteniendo el terror como forma de gobierno.

  1. No cooperar con la dictadura

Este punto es crucial: no caer en la tentación de participar en espacios de supuesto diálogo, reconstrucción o encuentro que en realidad sean mecanismos de domesticación. Las preguntas rectoras para ser parte de las invitaciones del poder son simples: “¿Esto le quita poder a la dictadura, o se lo devuelve? ¿Esto protege a las víctimas, o las pone en riesgo?”.

Por eso los inventos como una ley de amnistía mal planteada o una comisión de amigos de Delcy Rodríguez generan tanta sospecha. La primera porque revictimiza, excluye, condena a otros a seguir presos y convierte en co-carceleros a quienes la apoyen ciegamente. La segunda porque carece de legitimidad: no tiene mandato claro, no existe formalmente en Gaceta, su conformación es arbitraria, y participan actores vinculados a la extorsión y manipulación de familiares de presos políticos.

Hay que cuidarse del ego y de las trampas del poder. Cuando algunos actores de estos grupos llamaron a defensores de derechos humanos venezolanos, intentaron convencerlos con frases como: “Vas a ser parte de algo grande”. “Serás importante”. “Si no te sumas, no ayudas a liberar presos”.

No. Esa narrativa es una simple emboscada. Delcy necesita mostrar control. Necesita vender estabilidad y necesita apaciguar a la sociedad civil.
Con el crimen no se coopera. El diálogo es otra cosa, no simple buenismo ni disposición. Necesita reglas claras y condiciones. El encuentro, por tanto, no puede ser sinónimo de impunidad. Las premisas son sencillas: No se convalida el autoritarismo, ni sus fraudes, ni sus violaciones constitucionales.

  1. Seguir documentando y denunciando el horror

Todo lo que hemos visto en medios, informes de ONG, reportes de Naciones Unidas, la CIDH, la Corte Interamericana o la Corte Penal Internacional es valiosísimo. Pero no es todo.

Lo público es apenas una parte del océano de crímenes que todavía no hemos terminado de dimensionar. Miles de víctimas y testigos aún no han hablado. No han podido. No han sido escuchados y no sienten la confianza para hacerlo. Aún no han denunciado por completo lo que vivieron. Y este trabajo no puede frenarse.

Se necesita que más personas dentro y fuera del país se sumen, porque no solo hubo víctimas venezolanas: también hay centenares de extranjeros detenidos, torturados, desaparecidos e incomunicados en centros de reclusión clandestinos y oficiales. Seguimos descubriendo presos no contabilizados, casos invisibles, causas fabricadas con otros nombres, otras excusas, otras “películas” montadas, pero con el mismo objetivo: destruir vidas.

Documentar no es quedarse anclado en el pasado: es abrir el camino de la justicia. Es sanear las instituciones. Es hacer posible una transición real.

No compren la manipulación del “hay que pasar la página”, “hay que olvidar”, “hay que perdonar”. No se perdona lo que ni siquiera se ha esclarecido. El perdón, además, es personalísimo, no puede ser usado como chantaje para ahorrarse la justicia.

Todos tenemos derecho a saber qué pasó. Y después veremos cómo se procesa. Pero alerta: quienes piden silencio hoy, casi siempre lo hacen para tapar, anular y obligar a las víctimas a “tragar sapos”. Por eso falta tanto por hacer. Mucha gente tiene testimonios, documentos, grabaciones y pruebas de lo que ha pasado en casi tres décadas de crímenes.

  1. Promover la cooperación y la obtención de información

En un entorno de transición, con sectores del chavismo cooperando con organismos internacionales, con reacomodos internos y bajo vigilancia externa, se multiplican los incentivos para que más actores del aparato represivo, financiero, judicial y de seguridad decidan hablar.

Antes de que los quemen como fusibles, es clave que preserven información y la filtren hacia instancias capaces de procesarla con rigor. Los esquemas de corrupción son múltiples, pero muchos crímenes dejan rastro: órdenes, registros, cadenas de mando, trazabilidad. Esa evidencia será decisiva para la justicia y para el saneamiento institucional.

El chavismo ha intentado convencer a miles de personas en su aparato de que deben ser cómplices para sobrevivir. Les mienten con el mantra de siempre: “vendrán por todos”, “habrá venganza”, “si caemos, caen todos”.

Nada está más lejos de la realidad.

No todo el que trabajó dentro del Estado es narcotraficante. No todo funcionario es torturador. No todo el que estuvo cerca del poder es responsable de crímenes de lesa humanidad. Precisamente por eso, los quiebres que ya comenzaron deben profundizarse, y la preservación de pruebas será fundamental para separar responsabilidades, proteger a quienes cooperen y desmontar el aparato criminal.

  1. Denunciar a los facilitadores

Delcy y Jorge Rodríguez no operan solos. A su alrededor hay círculos concéntricos de facilitadores: blanqueadores, relacionistas públicos, operadores, intermediarios, aliados económicos y políticos que trabajan para prolongar el poder del régimen.

Hay empresarios que necesitan que exista una dictadura, porque solo sobreviven en un sistema de enchufes y captura de rentas. No soportarían competir en un país normal con algo de libre mercado. Su negocio es la crisis administrada con privilegios.

También hay actores que se disfrazan de sociedad civil, humanitarios, academia o mediación eclesial que responden a la agenda de los Rodríguez. Algunos están conectados a intereses internacionales (lobbies bonistas y de petroleras) que quieren extraer beneficios rápidos de una Venezuela devastada antes de cualquier saneamiento real o renegociación de deuda transparente.

El conflicto es asimétrico: esos lobbies tienen millones para comprar buena prensa, financiar eventos, producir papers, cooptar voces y fabricar relevancia. Pero denunciar a los facilitadores importa porque ayuda a que otros no caigan en la trampa. Porque revela quién está construyendo democracia y quién está construyendo una transición falsa, diseñada para reciclar el autoritarismo.

No es fácil. Es recuperar un país secuestrado.

  1. Crear nuevos referentes

Esto siempre es clave. Algunos actores relevantes en la opinión pública tiraron la toalla hace tiempo. Se agotaron. Se acomodaron. Se volvieron parte del paisaje. Hubo intelectuales que callaron cuando debían hablar. Analistas que no honraron la verdad, sino el sesgo de sus financistas. Expertos que vendieron mansedumbre como si fuera realismo político. Incluso hubo políticos que pactaron beneficios con el chavismo de espaldas a la gente y a eso lo llaman “política con p grande”.

Y el discurso de los agotados también agota. Eso también se acaba porque surgen más voces.

Por eso es urgente fortalecer una nueva galería de referentes: voces con coherencia, trabajo, ideas propias y capacidad de corregir. Referentes que no dependan de ser invitados a los espacios permitidos por los Rodríguez ni validados por los facilitadores del régimen.

Los medios cambiaron. Podemos tener nuevas firmas aunque no haya prensa tradicional. Podemos escuchar expertos distintos. Podemos promover discursos diversos en un entorno que durante años intentó reducir todo a dos opciones: la dictadura y la oposición autorizada por la dictadura.

Hemos llegado hasta aquí a través de la desobediencia, la creatividad y la construcción de nuevos canales de información. Eso no tiene por qué terminar ahora. Al contrario: este es el momento de expandirlo, integrar más personas y seguir caminando.

  1. Dedicar tiempo a celebrar

Cada centímetro avanzado no se debe a favores ni a la generosidad de la dictadura, sino al trabajo sostenido, creativo y valiente de miles de personas que presionaron, resistieron y se sostuvieron pese al miedo. Celebrar en este caso no es frivolidad, es reconocimiento. Cada preso excarcelado representa una victoria de lo que es justo sobre la arbitrariedad. Cada espacio ganado es fruto de mucha presión, organización y solidaridad.

La tristeza por los asesinados, el horror de quienes fuimos torturados y las heridas colectivas son inmensas. Pero reconocer lo que sí se conquista fortalece la esperanza y la capacidad de seguir adelante. La celebración es también un espacio de encuentro: nos recuerda que debemos seguir juntos, no fragmentados.

Más aún: celebrar es cuidarnos. Porque tenemos que estar listos para atender a quienes hoy salen de prisión sin recursos, sin red de apoyo, estigmatizados y sobreviviendo con miedo. La victoria no se celebra en burbujas. Se celebra compartiendo la esperanza, la esperanza la de todos, y construyendo un nuevo nosotros.

  1. Tener un gobierno a la sombra para la transición

Si queremos una transición duradera y eficaz, no se puede improvisar. Todo lo que debe ser reconstruido debe estar planificado desde ya. Existen planes para reconstruir la infraestructura, las leyes, las instituciones y la administración pública. El reto es profundizarlos, organizarlos y clarificar quiénes estarán a cargo de cada área en el momento en que la dictadura pierda su capacidad de resistencia. La transición entonces no puede depender de gestos simbólicos ni de ocurrencias improvisadas, sino de estructuras operativas probadas y articuladas desde ahora.

Un gobierno a la sombra, organizado, con mandatos claros y rendición de cuentas, podrá monitorear en tiempo real lo que el régimen intenta ocultar, articular respuestas inmediatas, preparar la implementación de las reformas indispensables y comunicar con transparencia a la sociedad.

Este gobierno paralelo no es una ficción burocrática: es un instrumento práctico para garantizar que la transición no se convierta en un vacío de poder ni en una captura por parte de quienes desean reciclar el autoritarismo.

  1. No ser la dictadura

Esto debe estar en la base de todo lo que viene. La reconstrucción no se limita a reparar lo que se rompió. Implica transformar profundamente nuestras instituciones, valores y prácticas políticas para que el autoritarismo, el populismo y la corrupción tantas veces exhibidos por el chavismo y sus aliados, nunca vuelvan a tomar fuerza.

La lección no puede quedar solo en el trauma porque a los traumas no se les puede confiar nada si no se han trabajado: el aprendizaje debe entrar en la memoria clara, expresada y compartida como advertencia histórica. Esto no se trata solo de documentar crímenes, sino también de entender sus causas, sus efectos y las condiciones que los hicieron posibles. Debemos enunciar claramente qué prácticas y discursos no pueden repetirse. Por eso no basta cerrar el Helicoide cuando hay presos en más de 90 centros de reclusión conocidos y se mantienen operativas las casas de tortura clandestinas. Es un sistema completo el que debe cambiar.

Hemos visto lo que pasa cuando el poder se organiza en torno a la mentira, el miedo y el uso instrumental del sufrimiento humano. Eso no debe volver a pasar. Una democracia sana exige transparencia real, no apariencias. Se necesita rendición de cuentas, no impunidad, instituciones fuertes, el fin de los consensos autoritarios y un pacto social que ubique los derechos de las personas por encima del poder de los grupos.

No ser la dictadura no es un slogan, es una práctica política diaria. Es construir mecanismos para evitar que las narrativas simplistas, las emociones manipuladas o los discursos de miedo vuelvan a dominar la vida pública.

Si logramos esto, no solo habremos derrotado una dictadura: habremos arraigado la idea de democracia real en el alma de la sociedad venezolana de este siglo.

Por Luis Carlos Díaz

Hay un tipo de actor político, social y mediático que no propone nada, no arriesga nada y no lidera nada, pero intenta hundir a los demás.

Se le puede llamar «la máquina de impedir».

Su lógica es simple: siempre hay una excusa para frenar. Siempre hay un “pero”. Siempre hay para ellos un momento equivocado, una forma incorrecta y, en el fondo, una persona que es inaceptable.

No querían que María Corina Machado participara en el debate de candidatos.

No la querían tampoco en la primaria opositora. Incluso intentaron sabotear la primaria retirando colaboradores, atacando el proceso, negando centros de votación y dejando de repartir material electoral el propio día de la elección. Básicamente operaron en contra de la voluntad popular.

Cuando ganó la primaria, entonces no la querían participando ni liderando.

Cuando anunciaron su inhabilitación en radio, algunos respiraron aliviados porque el chavismo les había hecho el favor de librarse de ella. Apostaron a que llamaría a la abstención.

Luego insistió en la participación política y entonces dijeron que no debía ser parte de la elección del candidato unitario, porque “hacía falta alguien potable” para la dictadura.

Incluso se le impuso a Rosales inscribiéndolo de espaldas al país y bajo acuerdo con el chavismo. Eso fue impopular y no les funcionó.

Cuando el candidato finalmente fue Edmundo González, tampoco les gustó porque le mostró su apoyo y se escapó del grupo político que creía que lo tenía controlado.

Luego no la querían haciendo campaña en la calle.

Cuando hizo campaña, fueron indiferentes cada vez que había represión y represalias contra los que ayudaron en el recorrido por el país. Nuevamente le dieron la espalda a quienes dieron su libertad y su vida por la causa.

Después no la querían contando votos.

Cuando se contaron los votos y se demostró el fraude, el robo electoral de Amoroso, Jorge Rodríguez y Maduro, la culparon por «no haber negociado antes de las elecciones», como si se hubiese podido. La narrativa victimista que inventaron es que forzaron al chavismo a robarse la elección porque eran «opositores radicales». Como si se pudiese ser moderado frente a la tortura, las desapariciones, el crimen y la corrupción.

Poco después se indignaron porque el comando no quiso perder las pruebas del fraude regalándolas al saco vacío e ilegítimo del Tribunal Supremo de Justicia.

Cuando protestó en la calle, se quejaron por incitar la violencia.

Cuando dejó de protestar, la llamaron impotente por no conducir la indignación popular.

Cuando pasó a la clandestinidad, la llamaron cobarde y le reclamaron que no diera la cara.

Cuando salió a Oslo, el problema fue que se fue. Así de simple. Porque nada les basta, sobre todo porque un Nobel de la Paz la puso a jugar en otra liga.

En esa liga lloraron también por el destino de una medalla que ni siquiera les pertenece.

Porque para la máquina de impedir:

Nunca es suficiente.

Nunca es correcto.

Nunca es el momento.

Ese grupo no está preocupado por la estrategia, los costos, ni la transición. Está cómodo con el bloqueo institucional porque se vende como el mediador. Vive mejor criticando la voluntad de quien enfrenta a la dictadura que asumiendo el riesgo de derrotarla. Critica que se hable de una lucha existencial, pero le incomoda la existencia de los disidentes que insisten en ser libres.

No buscan construir una alternativa democrática, sino bloquear sistemáticamente cualquier paso que implique riesgo, liderazgo o cambio real.

Bajo una apariencia de crítica racional, trabajan activamente para frenar toda posibilidad de transición democrática en Venezuela. No arriesgan y no buscan opciones. Prefieren a Delcy, a Jorge, a quien sea, lo que sea, menos la libertad que todos quieren, para no perder migajas de poder, para no perder contactos con embajadas ni financiamientos por apaciguar.

Repiten una conducta política reconocible: la negación constante, el veto permanente y el sabotaje disfrazado de prudencia. Incluso blanquearon la dictadura recomendándole a familiares de presos políticos que no visibilizaran sus casos. Que no denunciaran en público la injusticia.

Escogen la inercia cómoda antes que el costo de enfrentar a la dictadura. Y se hacen llamar cívicos. Y se hacen llamar humanitarios. Y se autodenominan “moderados”. Como si se pudiese ser moderado frente al narcotráfico y los crímenes de lesa humanidad. Eso sí, para una transición piden espacios, cuotas y dicen representar a quienes no le rinden cuentas de sus operaciones con el poder.

La máquina de impedir no quiere democracia con conflictos cotidianos. Tampoco quiere liderazgo ni decisión. Por eso tampoco deliberan. Por eso son la «oposición que no se opone a nada» en el parlamento bufo del chavismo. Por eso negociaron curules sin tener votos suficientes para unos cargos que ni siquiera existen en la Constitución.

Prefieren su parálisis elegante, el comentario cínico y la dictadura eterna acompañada del “yo lo advertí”.

Así van por la vida: no luchando por un cambio, sino asegurándose de que nunca ocurra.

Pero ocurre.

Quiero entender en qué momento y por qué los puntos que parecen ser los no-negociables de la dictadura, también se convirtieron en las imposiciones, en los no-negociables, de grupos de opositores.

Han naturalizado las violaciones de derechos humanos y se cruzan de brazos frente a los abusos de poder. Sin empatía por las víctimas.

Incluso lo tratan de disfrazar de «realismo», de análisis sesudo y superioridad, pero parecieran esconder la muerte de la política como posibilidad de cambio.

No desafían, no presionan, no trabajan para cambiar escenarios, sino para acallar y domesticar a la oposición que intenta desafiar al poder. Incluso tratan de desplazarla de la toma de decisiones. Son las voces permitidas por la censura para hablar en medios.

Un problema enorme es que no se miden, no se exponen al desgaste, no muestran a sus propios candidatos ni revelan para dónde van. Sólo se encargan de aumentarle el eco al discurso único de la hegemonía, a cerrar horizontes y despreciar el trabajo de la clase política. Multiplican la desesperanza y posponen para nunca la democracia.

En momentos de presiones, le exigen ceder a quienes no han cometido crímenes ni tienen responsabilidades de Estado. En momentos de gravedad, le exigen a quienes más sufren que no reclamen, porque se podría molestar el arquitecto de la crisis.

Su trabajo es la inhibición de la participación política, de las voces disidentes y de la exigencia de derechos, porque hasta a eso lo llaman radical, maximalista y polarizado. Su escenario ideal, que era un país sin primarias ni liderazgo no ocurrió, y eso fue una victoria de la gente. Gente a la que ya no escuchan.

De verdad, ¿En qué momento y por qué tiraron la toalla? ¿Qué los quebró tanto como para intentar quebrar a los demás?

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