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Maduro Trump

Por Víctor Salmerón en El Observador

Tras negociaciones que en el pasado solo reforzaron la permanencia de Maduro, el chavismo enfrenta hoy un escenario distinto. Debilitado en lo interno y presionado por Washington, está por verse si un nuevo diálogo servirá para administrar la crisis o abrirá las puertas a un cambio político.

En medio del despliegue militar en el Caribe y una creciente presión internacional sobre Nicolás Maduro, el presidente estadounidense Donald Trump planteó la posibilidad de abrir un canal de diálogo. En el pasado, el mandatario venezolano ha usado la negociación como herramienta para ganar tiempo, fracturar a la oposición y aferrarse al poder. Hoy la pregunta no es solo si el nuevo diálogo repetiría este patrón, sino si Maduro podría negociar sin el aval de la coalición que lo sostiene y sin poner en riesgo su propia estabilidad.

Entre 2014 y 2023, bajo la presión de protestas en las calles, el descrédito de las elecciones presidenciales de 2018, la crisis económica y las sanciones de Estados Unidos, la administración de Maduro acudió a cinco procesos de diálogo con distintos facilitadores —como Noruega o Unasur— y en escenarios diversos, como México, República Dominicana y Barbados. El resultado fue siempre el mismo: Maduro ganó tiempo para mantenerse en el poder, buscó reconocimiento, las protestas perdieron intensidad, los acuerdos fueron violados y la oposición terminó debilitada.

En paralelo a los distintos procesos de diálogo, el régimen de Maduro se volvió cada vez más autoritario: eliminó por completo la libertad de expresión, endureció la represión, judicializó a los partidos de oposición, consolidó el control sobre la Fuerza Armada y, en julio de 2024, se reeligió en unas elecciones presidenciales empañadas por evidencias de fraude y no reconocidas por una larga lista de países.

Con el dedo en el gatillo

En esta oportunidad, el contexto es distinto. El chavismo es minoría y la administración Trump ejerce una fuerte presión externa. Washington acusa a Maduro de liderar el Cartel de los Soles, una supuesta organización criminal que el Departamento de Estado catalogará como terrorista a partir del 24 de noviembre. Al mismo tiempo, como parte de lo que describe como una operación antinarcóticos, Estados Unidos mantiene frente a las costas de Venezuela un significativo despliegue militar: buques de guerra, aviones, tropas y el poderoso portaaviones USS Gerald R. Ford.

El secretario de Defensa, Pete Hegseth, afirmó que la designación del Cartel de los Soles como organización terrorista “proporciona más herramientas a nuestro departamento para ofrecer opciones al presidente”. En la práctica, esa calificación constituye una base legal para operaciones militares y de inteligencia, además de persecución penal y sanciones financieras enmarcadas en la lucha contra el terrorismo. Hegseth subrayó que Maduro “no es un líder legítimamente elegido de Venezuela”.

Trump no ha hecho nada para disipar la posibilidad de que entre sus objetivos esté forzar a Maduro a abandonar el poder e incluso concretar un ataque militar en territorio venezolano. En una entrevista con la cadena CBS, al ser consultado sobre si los días de Maduro como presidente estaban contados, respondió: “Diría que sí. Creo que sí”.

Pero también abrió la posibilidad de negociar, al señalar: “Podríamos estar teniendo algunas discusiones con Maduro. Veremos cómo resulta eso”, y añadió que “a Venezuela le gustaría hablar”. Maduro respondió con un gesto de apertura diplomática: “En Estados Unidos, el que quiera hablar con Venezuela, se hablará. Face to face, cara a cara”.

Ahora es distinto

La politóloga María Isabel Puerta, profesora en la Universidad de Colorado, sostiene que, de producirse un nuevo proceso de diálogo, habría que entenderlo como una reacción tanto a la presión militar de Estados Unidos como al desgaste de Maduro y del chavismo tras las elecciones del año pasado, donde quedó en evidencia la pérdida de apoyo popular.

Ante la pregunta de si, al igual que en negociaciones anteriores, Maduro podría usar el diálogo para ganar tiempo y prolongar su permanencia en el poder, Puerta responde: “Las condiciones son distintas: el madurismo está debilitado y la falta de respaldo popular pesa mucho más que la misma estrategia militar. Supongamos que Trump decide aprobar una incursión: ¿saldrá alguien a inmolarse por el régimen?”.

El embajador retirado Oscar Hernández, quien trabajó durante tres décadas en el servicio diplomático venezolano, otorga valor a cualquier opción de negociación que pueda abrirse entre Washington y Caracas. Se inclina por pensar que Maduro no buscaría negociar su salida del poder, sino “ofrecer garantías para los Estados Unidos de que su permanencia le abre oportunidades en la lucha contra el narcotráfico y el acceso al petróleo”.

De acuerdo con The New York Times, Trump y el mandatario venezolano ya sostuvieron negociaciones a través de canales indirectos que, en un momento dado, derivaron en la oferta de Maduro de dimitir tras una prórroga de un par de años, propuesta que la Casa Blanca rechazó.

En entrevista con Bloomberg, la canciller de Colombia, Rosa Villavicencio, señaló que Maduro había considerado la posibilidad de que “pueda haber una salida, una transición, donde él pueda irse sin que tenga que pasar a lo mejor por la cárcel. Que venga alguien que pueda hacer esa transición y que pueda haber unas elecciones que estén legitimadas”. Posteriormente, la Cancillería colombiana aseguró que se trataba de “información descontextualizada”, pese a que los audios de la entrevista muestran lo contrario.

Hernández advierte que, si en algún momento se planteó la posibilidad de ofrecer fechas para una eventual salida de Maduro, ello habría sido solo un recurso destinado a ganar tiempo hasta el final del gobierno de Trump y las elecciones en Estados Unidos. A su juicio, “dejar el poder en dos o tres años y exiliarse no es digerible ni en los Estados Unidos ni por la oposición venezolana”. Incluso si se alcanzara un acuerdo, añade, terminaría como otros intentos previos: en letra muerta.

El dilema interno

La posibilidad de una negociación entre Maduro y la administración Trump abre un dilema complejo dentro del chavismo. No se trata solo de tender un canal hacia Washington, sino también de cómo ese gesto es interpretado por su propia coalición política y militar, así como por los grupos vinculados a operaciones ilícitas.

En un contexto de presión externa y desconfianza interna, cualquier intento de negociación puede percibirse como un movimiento para salvarse personalmente, poniendo en riesgo la cohesión del entramado que lo sostiene.

Diosdado Cabello, ministro del Interior y líder del ala más radical del chavismo, negó el pasado jueves que exista la posibilidad de una negociación para que Maduro deje el poder y subrayó que “absolutamente nada puede poner en riesgo a la revolución bolivariana”. Añadió que “el diálogo lo defiende todo el mundo; dialogar no significa claudicar. Es más, el diálogo es bueno cuando hay contradicciones; si no, es puro gamelote”.

Hernández advierte que “el problema que tendría Maduro es que cualquier opción que no incluya a su círculo más cercano se hace inviable, puesto que un sector radical no acepta ese tipo de negociación”.

Puerta, en tanto, estima que el mayor riesgo para la coalición en el poder no proviene de una eventual negociación de Maduro sino de “la falta de respaldo popular más el aislamiento regional, que está aprovechando la administración de Trump, y los hace muy vulnerables”. Agrega que “la permanencia en el poder dependerá de apoyos internos y externos. En este momento no parece contar con lo suficiente como para sobrevivir”.

Los sucesivos intentos de negociación en Venezuela no han logrado alterar la permanencia de Maduro en el Palacio de Miraflores. Hoy, sin embargo, el régimen enfrenta un desgaste más profundo, ha perdido gran parte de su respaldo popular y se encuentra bajo una presión militar sin precedentes. Está por verse si, de concretarse, un nuevo proceso de diálogo podría romper ese guion y conducir a un desenlace distinto.

Vía Financial Times

Cuando Estados Unidos ordenó su mayor despliegue de buques de guerra y aviones de combate en el Caribe en más de 30 años, la misión fue presentada inicialmente como una guerra contra el narcotráfico. Poco después siguieron ataques para destruir pequeñas embarcaciones que el presidente estadounidense dijo estaban traficando drogas.

Pero el enfoque ha cambiado.

La prioridad ahora es forzar la salida de los principales dirigentes del gobierno venezolano, preferiblemente mediante la renuncia o una transferencia de poder negociada, pero con la clara amenaza de que, si Maduro y su círculo más cercano se aferran al poder, los estadounidenses podrían usar fuerza militar selectiva para capturarlos o matarlos.

“La estrategia de Trump no consiste en poner botas sobre el terreno, sino en demostrar una superioridad militar abrumadora y usar ese poder para lograr fines políticos”, dijo una figura de la oposición venezolana familiarizada con las discusiones.

“El objetivo es claro: Maduro y sus cómplices más cercanos deben irse, de una forma u otra, y pronto”.

Consultada sobre la estrategia estadounidense, la portavoz de la Casa Blanca, Anna Kelly, dijo que Trump estaba “preparado para usar todos los elementos del poder estadounidense para detener el flujo de drogas hacia nuestro país y llevar a los responsables ante la justicia”.
Por su parte, Tommy Pigott, portavoz adjunto principal del Departamento de Estado, afirmó: “Maduro no es el líder legítimo de Venezuela; es un fugitivo de la justicia estadounidense que socava la seguridad regional y envenena a los estadounidenses”.

En juego en Venezuela están las mayores reservas probadas de petróleo del mundo y valiosos depósitos de oro, diamantes y coltán.

Aliada de Estados Unidos en el siglo pasado, la nación sudamericana pasó a la órbita de Rusia, China e Irán bajo Hugo Chávez, el exoficial del Ejército que lideró una revolución socialista “bolivariana” desde 1999 hasta su muerte por cáncer en 2013.

Maduro, un exconductor de autobuses entrenado en Cuba y que hoy tiene una recompensa de 50 millones de dólares ofrecida por Estados Unidos, fue su sucesor designado.

Para Trump, quien ha prestado más atención al hemisferio occidental en nueve meses que cualquier presidente estadounidense desde Bill Clinton en la década de 1990, Venezuela es una prioridad. Considera que Caracas es un asunto pendiente, tras haber intentado sin éxito derrocar a Maduro durante su primer mandato mediante sanciones económicas de “máxima presión” y el reconocimiento de un gobierno alternativo liderado por la oposición.

“Está claro que la misión está evolucionando para convertirse en una operación de colapso o cambio de régimen”, dijo Ryan Berg, jefe del Programa de las Américas del centro de estudios CSIS.

“Cada vez más estamos apostando a que Maduro huya de Caracas… y a una limpieza de los 25 a 50 principales chavistas”, adeptos a la ideología de Chávez.

A medida que aumenta la presión estadounidense, el gobierno venezolano ha intentado negociar con Washington, incluso ofreciendo una transferencia de poder de Maduro a la vicepresidenta Delcy Rodríguez, según informes de esta semana.

Consultado el viernes sobre qué concesiones había hecho Maduro para evitar más presión desde Washington, Trump respondió:

Él ha ofrecido de todo, tienes razón. ¿Sabes por qué? Porque no quiere joder con Estados Unidos.”

Los buques de guerra estadounidenses han sido desplegados en el Caribe como parte del refuerzo militar en la región.

Vanessa Neumann, empresaria venezolana del sector de defensa y exenviada opositora con estrechos vínculos con el aparato de seguridad estadounidense, declaró:
“El plan ahora es la captura de Nicolás Maduro. Capturarlo o matarlo; capturarlo o arrestarlo y sacarlo, de una forma u otra.”

Fuentes en Washington describen un endurecimiento de la posición del Gobierno hacia Venezuela en los últimos meses, con figuras del ala dura de Florida —como Marco Rubio, secretario de Estado, y Susie Wiles, jefa de gabinete de Trump— ganando influencia. Otros que negociaron con Caracas a comienzos de este año, como el enviado especial Richard Grenell, han sido marginados, al menos por ahora.

“La estrategia del presidente es mantener a la gente desequilibrada, y eso es exactamente lo que está haciendo con Venezuela”, dijo un exfuncionario del gobierno de Trump.
“Es una persona muy táctica que responde a las oportunidades y a las situaciones. Los pasos concretos a seguir aún se están debatiendo.”

Mientras tanto, los estadounidenses siguen incrementando la presión.

En las últimas semanas, imágenes de aviones de combate, buques de guerra y aeronaves de fuerzas especiales estadounidenses han circulado ampliamente en redes sociales, lo que lleva a algunos analistas a sugerir que Washington libra una guerra de información coordinada para desestabilizar al círculo íntimo chavista.

Blogueros militares rastrearon tres bombarderos estadounidenses B-52 volando frente a las costas de Venezuela el miércoles, con los transpondedores encendidos para mostrar su presencia.

La publicación especializada Army Recognition difundió imágenes de un “barco fantasma” de fuerzas especiales operando en el Caribe, y también han aparecido en redes videos de entrenamiento de fuerzas especiales en helicópteros Black Hawk y Little Bird frente a las costas venezolanas.

Maduro y su círculo cercano han respondido ordenando ejercicios militares y recorriendo el país para movilizar a la población contra lo que describen como una inminente invasión “gringa”.
Pero su desafío oculta una creciente preocupación por su seguridad personal.

Empresarios bien conectados dentro de Venezuela informan que altos funcionarios del régimen han cambiado de teléfonos, duermen en distintos lugares cada noche y han sustituido a sus guardaespaldas cubanos por nuevos contingentes enviados desde La Habana.

“Los protocolos de seguridad dictan que los funcionarios se muevan constantemente entre diferentes sitios”, dijo un general venezolano en activo, añadiendo que se trasladan entre Caracas y las ciudades de Valencia y Maracay.

Fuentes de los cuerpos de seguridad describen una “caza de brujas” interna en busca de disidentes.

“Acusan a cualquiera de traidor”, dijo un oficial de policía. “Nos están espiando, vigilando lo que decimos en los pasillos y en internet.”

Analistas militares señalan que las fuerzas armadas venezolanas están en un pobre estado de preparación para enfrentar a un enemigo externo, con gran parte del equipamiento inutilizado por falta de mantenimiento o repuestos.

“Los militares venezolanos solo han parecido fuertes porque han estado peleando contra civiles desarmados”, dijo una figura opositora, aludiendo al papel del ejército en la represión de las protestas.

Sin embargo, Maduro también controla cerca de un millón de milicianos irregulares armados, que podrían ser utilizados para resistir una incursión estadounidense.

Las evaluaciones del panorama interno difieren radicalmente.

Ejecutivos vinculados al régimen describen un gobierno cohesionado que no se quebrará fácilmente. La oposición, en cambio, habla de un caldero de desilusión, con altos funcionarios dispuestos a entregar a Maduro y facilitar una transición de poder.

Esperando en la clandestinidad dentro del país, para su momento, está María Corina Machado, la líder opositora conservadora venezolana y reciente ganadora del Premio Nobel de la Paz.

Su movimiento espera que, tras el fraude electoral del año pasado —una votación que observadores internacionales y Estados Unidos consideran fue ganada abrumadoramente por el opositor Edmundo González—, la acción militar estadounidense abra el camino para su ascenso al poder.

Que eso ocurra dependerá de las fuerzas armadas venezolanas —aún los principales árbitros del poder— y de si Trump se conforma con derrocar a Maduro o quiere ir más allá y desmantelar completamente el chavismo para instalar a Machado.

“Lo que Trump quiere en Venezuela es petróleo, minerales y oro”, aseguró un empresario estadounidense con intereses en el país.
“Quiere empresas norteamericanas invirtiendo allí. No le importa un comino el cambio de régimen.”

Otros que hacen negocios con el gobierno de Maduro advierten del riesgo de una guerra civil si el régimen es decapitado, como ocurrió en Libia o Irak tras la intervención estadounidense.
“Existe un peligro real de que, si los estadounidenses se exceden, surja un régimen mucho más radical y oscuro”, dijo uno.

“Y eso es lo que hacen los estadounidenses: se exceden. No entienden la sutileza.”

Figuras opositoras rechazan esa visión, argumentando que Venezuela es un país mucho más cohesionado que Irak o Siria, y que carece de las fracturas religiosas o étnicas que desataron guerras civiles en esos países tras la caída de sus dictaduras.

Cualquiera sea la evaluación correcta, el tiempo se agota.

Exfuncionarios estadounidenses señalan que las fuerzas de su país no pueden mantener indefinidamente su actual estado de alerta en el Caribe.
Cuanto más tiempo permanezcan, mayor es el riesgo de un accidente, especialmente durante la temporada de huracanes, que se extiende hasta finales de noviembre.

“Trump no habla de elecciones, ni de oposición ni de democracia”, dijo un exfuncionario del gobierno de Trump.

“Eso le permite definir una victoria en Venezuela de cualquier manera que quiera.
Lo que le gusta es ser un showman. Le gustan las explosiones.

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