Por José Ignacio Gerbasi

Por José Ignacio Gerbasi

Hay mesas que no se instalan para debatir el futuro, sino para embalsamar el presente. Si nuestras tragedias necesitaran un monumento a la desfachatez, bastaría con inaugurarlo con la flamante comisión Figuera – Rodriguez : la vieja fábula del hacha y el tronco sentados a negociar la paz del bosque.

Nos quieren entretenidos discutiendo si el apagón del siglo fue una conspiración intergaláctica o si la sed nacional se cura con buena voluntad y aplausos. Groucho Marx resumió la política mejor que cualquier politólogo con corbata: consiste en buscar problemas, encontrarlos por todas partes, diagnosticarlos mal y recetar después el remedio equivocado. Aquí la perfeccionaron con una variante más barata todavía: ni siquiera hace falta diagnosticar. Basta con instalar una comisión, sonreír para la foto oficial y declarar, muy solemnes, que el país ya está siendo atendido. Atendido como el paciente al que nadie le mide la fiebre, pero al que le suben el volumen del monitor para que el cuarto suene a hospital.

Y no es la primera vez que este entramado ensaya el arte de ganar tiempo. Varios de los negociadores llevan el affaire Monómeros en su hoja de vida: el segundo activo venezolano más valioso en el exterior, que la propia Asamblea de 2015 dejó enredado durante años en comisiones investigadoras bloqueadas por la propia bancada, denuncias que nunca llegaron a ninguna parte y una junta directiva que rotó entre acusaciones cruzadas sin que nadie respondiera por nada. Ahí aprendieron que no hace falta resolver: basta con parecer que se está resolviendo. Régimen y comisión, en el fondo, comparten algo más hondo que la agenda: la traición como naturaleza. Lo único que cambia con los años no es el carácter, es el destinatario.

Pretender que este cónclave resuelva colapsos que el propio régimen fabricó con bisturí quirúrgico es tan absurdo como contratar al pirómano más condecorado del continente para dictar un seminario de bomberos piadosos. Desviar la negociación hacia «mesas técnicas» sectoriales —hoy la luz, mañana el agua, pasado el cartón de huevos— no es negociar: es administrar el paisaje mientras el reloj corre a favor de quien ya ganó tiempo. Ahí coinciden, con la armonía de dos socios de toda la vida, los jerarcas que necesitan oxígeno financiero y esa pseudo-oposición de membrete que vive de estirar el chicle del «algo se avanza» hasta el infinito.

Y en el centro de esa alfombra roja, un detalle que la escenografía no logra disimular: se instala una mesa de «diálogo» con presos políticos todavía rehenes en sus celdas. Eso no es diplomacia, es extorsión con modales. No existe mesa honesta con rehenes debajo del mantel.

El país no vive una emergencia: vive en emergencia, permanentemente, hace veintipico de años. Confundir lo urgente con lo definitivo es la trampa. Lo que hay que fijar no es un comité para el apagón, sino un cronograma electoral lo antes posible para elecciones presidenciales, exigiendo la legalización y normalización plena de los partidos políticos, sin sentencias a la carta; la actualización transparente del registro electoral; la incorporación real del voto de los venezolanos en el exterior; y una fecha cierta, soberana e inamovible para elecciones presidenciales.

Todo lo demás —la luz, el agua, el cartón de huevos— es humo de chimenea ajena, y seguirá ardiendo mientras nadie apague el verdadero incendio: un régimen sin mandato y una oposición de utilería jugando, los dos, al juego de las estufas falsas. O vamos a la raíz con elecciones libres, o seguimos pagando los platos rotos de una mesa que nunca fue nuestra.

Vamos por más…
@jgerbasi

Por José Ignacio Gerbasi

En el aula de clases, repito como un mantra sagrado: “Lo que no es ético no es negocio de vida”. Pero María Corina va más allá. Con su energía divina, nos hace creer en lo imposible. ¿Es científico? ¿Es milagroso? Quizás sea ambas cosas.
Estos últimos 25 años han sido catastróficos para Venezuela, llenos de gente incompetente y alejados de los principios y valores que llevo en mi ADN. Sin embargo, agradezco a Dios por ponerme en el camino de personas maravillosas que cada día me hacen crecer como persona.

Aunque no soy un político que aspira a un cargo de elección popular, la vida me ha llevado a estar inmerso en ella, tratando de entender la conducta y comportamiento humano. A veces ha sido duro, pero creo que el paciente (Venezuela) necesitaba este proceso de crecimiento para valorar nuestra querida patria.

Permíteme compartir una breve historia personal.

Todo comenzó antes de mi nacimiento. Mi padre, Chepino Gerbasi, fue víctima de la terrible dictadura de Pérez Jiménez simplemente por pensar diferente. Su participación en el derrocamiento de esa dictadura fue vital. Mi madre, una demócrata y visionaria, también contribuyó con su idea innovadora de las asociaciones de vecinos. Ambos son seres humanos únicos e invaluables con una visión de futuro excepcional.

En mi adolescencia y adultez, tuve la oportunidad de trabajar con mi primo Humberto Celli, uno de los políticos más íntegros que he conocido. De él aprendí la verdadera política, aquella que hace crecer a las naciones.

Luego, influenciado por mi madre, trabajé con la sociedad civil junto a personas valiosas como amigo Elías Santana en “Queremos Elegir”, “Ciudadanía Activa” y “Movimiento 1011”. Estos venezolanos son insignes y han dejado una huella imborrable.

Luego me toco aprender de Mi hermano Esteban, un destacado estratega y analista político, ha demostrado que hay otra manera ética de hacer política. Sus opiniones son acertadas y su enfoque innovador sigue vigente, un verdadero duro y un orgullo de tenerlo como hermano.

No creo en las casualidades. Creo que Dios actúa de manera discreta para cumplir su propósito. Así fue como conocí a Vladimir Petit en el área educativa. Juntos realizamos proyectos emblemáticos y únicos, llegando incluso a los lugares más recónditos. Su aporte al desarrollo regional es invaluable, de el sigo aprendiendo.

Que decir de mi amigo y gran Gurú David Moran, un tipo fuera de serie , un genio y un tipazo, mucho aprendizaje , gracias bro.

Hoy, mentes brillantes como David, Vladimir y Esteban se unen para seguir haciendo crecer a Venezuela. Comparten una visión compartida de la excelencia.

Que decir de María Corina es un fenómeno político, una venezolana excepcional. No tengo palabras suficientes para describirla. Le agradezco su constancia, tenacidad y amor por Venezuela. Junto a Héctor Urgelles, un gran amigo y excepcional político, seguimos aportando y aprendiendo para aterrizando los sueños de tener una venezuela libre.
María Corina es la brújula ética que despierta conciencias y nos hace creer en lo imposible.

Se me quedan muchos nombres en la escritura, unos que me han ayudado a formarme, otros que están llegando a mi vida “Política”, gracias por el aprendizaje y gracias en nombre de mi familia por luchar por Venezuela

En un rincón de Venezuela, donde los colores se mezclan con la pasión, surge María Corina. No es solo una política; es una obra maestra en movimiento.

David, el maestro Gurú, lo dijo: “Hasta la foto huele bien”. Pero permíteme ampliar su paleta de elogios. María Corina no solo huele bien; su aroma es un cóctel de valentía, esperanza y determinación.

El 28 de julio, cuando las urnas se abran, Venezuela será un lienzo en blanco. Y María Corina, con su pincel mágico, pintará un horizonte de posibilidades. Cada trazo será una promesa de cambio, una nota de esperanza.

¿Y qué decir de Edmundo Gonzales? Su corazón late al ritmo de la patria. Es el pigmento que da vida a nuestra democracia. Votar por él no es solo un deber; es un acto de amor por Venezuela.

Queridos lectores, somos los artistas de esta gesta. María Corina nos desafía a ser héroes en nuestra propia vida. Así que, sí, estamos listos para votar con la cabeza y el corazón. Porque el futuro pinta bien, y en ese lienzo, María Corina es la pincelada de esperanza.

¡Vamos por más! 

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