Vía El Ucabista

La mañana del 2 de abril, el auditorio Guido Arnal del campus Montalbán estaba repleto. Entre estudiantes, profesores, directores de Escuelas, decanos y autoridades de la UCAB, en el salón no cabía un alma más. La razón era bastante clara: el doctor en Filosofía, académico e investigador venezolano Rafael Tomás Caldera (Caracas, 1945) dictaría la lección inaugural para los postgrados en Filosofía (maestría y doctorado) de la universidad.

Caldera, quien es abogado, máster en Artes y doctor en Letras, ha dedicado gran parte de su vida a la docencia universitaria y al estudio de la filosofía, especialmente en áreas como la ética, la antropología filosófica y el pensamiento cristiano.  Ofreció a los asistentes una ponencia titulada «La filosofía en la nueva era tecnológica».

La «realidad segunda» y el peso agobiante de la vida en la red

Partiendo del uso de la internet, luego de los teléfonos inteligentes y las redes sociales, Rafael Tomás Caldera explicó que la humanidad se encuentra en los inicios de un nuevo período, en el que la experiencia primaria de lo real es sustituida por una «realidad segunda».

Esto, afirmó, porque estas tecnologías «han provocado un cambio radical en la estructura sobre la cual se apoya la vida cotidiana». 

La abolición del espacio y tiempo y su reemplazo por la simultaneidad y la inmediatez, además de la modificación de las relaciones y el ritmo de la actividad humana (sobre todo en términos de la atención) son algunas de las modificaciones. Denunció que, con la internet, se ha establecido una conexión y una distracción permanente.

«Al usurpar el lugar de la primaria experiencia de lo real, esa ‘realidad segunda’ nos lleva a un falso cosmopolitismo, hecho de impresiones mal digeridas que reducen todo a algo plano, sin mayor relieve, donde lo importante será -en definitiva- lo que toque nuestra sensibilidad de alguna manera, siempre por escaso tiempo. (…) La realidad segunda se constituye como un refugio para evadir el peso agobiante de esa vida expuesta a todos los vientos que la red ha hecho posible o instaurado», explicó.

Volver a la filosofía para hacer frente a la IA

Más allá de la adicción que supone la interconexión, para Caldera los teléfonos inteligentes y demás herramientas tecnológicas han modificado la conducta humana. Sin embargo, advirtió los peligros que supone la inteligencia artificial (IA), porque no solo modifica la acción del sujeto, sino que la sustituye.

Apuntó que la IA está dotada -de alguna manera- de espontaneidad propia. Con ello «despliega en su hacer incesante, una inverosímil capacidad de procesar información. Y con ello, de alcanzar niveles que nosotros -humanos- difícilmente alcanzamos con esfuerzo y por largo tiempo, o que del todo no logramos alcanzar». 

Pasando por los miedos apocalípticos, el  individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua sostuvo que la creciente aplicación de esta tecnología en diferentes ramas laborales y espacios educativos, donde se convierte en un aparente buen tutor, afecta también el ámbito de la filosofía, por cuanto se ha dicho que la IA tiene la capacidad de emular en todo el pensamiento humano.

Incluso, siguió Caldera, se podría anticipar la incapacidad humana de superar la inteligencia artificial, aunque esta tecnología no podrá «elevar a las personas, ni será capaz de edificar una vida interior auténtica», apuntó.

Ante ello, recomendó mantener planteadas las grandes preguntas de esta disciplina en los medios sociales. De esa forma -explicó- cada interlocutor podrá convertirse y buscar lo superior. Filosofar, entonces, estará determinado por la creciente presencia de la IA en la cotidianidad. 

«Para rescatar lo humano, la filosofía ha de cumplir su tarea. La señera figura de Sócrates sigue marcando el inicio del camino. La consciencia de sí, y sobre todo de la propia ignorancia, marcan el punto de partida de ese preguntar incesante que desemboca en el silencio (…) Tampoco será la filosofía una receta para cambiar la sociedad, es un camino para la elevación de las personas«, recalcó.

Rafael Tomás Caldera también resaltó que la apertura a la belleza de lo natural, a las artes, la música, a la lectura sin prisa y al espacio para la contemplación favorecen que las personas recobren su sentido y el impulso de una vida plena.

«Se trata de esa vocación y tarea permanente de la filosofía que despierta la conciencia para que, abandonadas las sombras en la pared de la caverna, podamos salir al pleno mediodía de lo real», concluyó.