Morfema Press

Es lo que es

Ricardo Ciliberto Bustillos

Nos adentramos, en el hemisferio norte, a aquello que llamamos solsticio de invierno. Según nos han enseñado, esto es cuando el sol se halla más lejos de la tierra.

Hacemos esta referencia por cuanto, haciendo un símil, podríamos – perfectamente – asemejar este período con el que política y socialmente vivimos. Ese “calor ciudadano” que en pasadas circunstancias fue una genuina posibilidad, ha trasmutado en algo difícil, complejo, carente de sosiego, normalidad y, sobre todo, de entendimiento y unión. Yendo más allá, de una total carencia de respeto a la opinión diferente y de protección o resguardo de los derechos personales, tan importantes en nuestros tiempos.

Vivimos un serio y comprometedor trance. Sin embargo, de una manera extremadamente optimista, Albert Einstein señalaba que las crisis en las personas y en los países generan progreso. Lo cierto es que, desde hace mucho tiempo, ese cambio y  ulterior avance se vislumbran de una manera tenue y lejanos.

Dirían algunos poetas y más que estos, muchos optimistas, que después del invierno viene la primavera. Ciclo solar impepinable que muchas veces requiere ser utilizado para advertir que, a pesar de la adversidad, siempre habrá la factibilidad cierta de superarla.

Desde que el hombre vive en sociedad, innumerables crisis han ocasionado trascendentales cambios. No sabemos si todas, pero seguramente la gran mayoría, cuando fueron rebasadas, procuraron nuevas situaciones, algunas verdaderamente sorprendentes y exitosas.

Sin ser “panglossiano” u optimista ingenuo, como el personaje de Voltaire, todos debemos apostar a que esta penosa circunstancia será superada satisfactoriamente. Hay cosas en la naturaleza y en la vida que no están sujetas a la voluntad de unos cuantos. A todo evento, los hechos y el curso de la historia nos indican que estos duros tiempos, indefectiblemente, desembocarán en algo afirmativo y bueno para todos. El asunto está en no perder la brújula y voluntad de transformación. 

La tierra sigue su movimiento alrededor del sol. La política y la sociedad tienen una gran similitud con este ciclo. Después de estos días invernales, tristes, oscuros, llenos de incertidumbres y temores, vendrán aquellos que, como la primavera, serán testimonio de un renacer, de una inusitada confianza, un reverdecer de la esperanza y, por supuesto, de impecables e indeclinables propósitos.

Que esta navidad, más allá de sus valores cristianos y de su significado espiritual, nos sirva para reflexionar acerca de esta espinosa coyuntura y, más que todo, sobre la imperiosa necesidad de lograr situaciones que, entre otras, nos devuelvan la paz, la armonía y la solidaridad que tanta falta nos hacen. Recordemos que -generalmente- en política, como en la tierra, al invierno le sigue la primavera. A todos, nuestros mejores deseos en esta navidad.

Sin duda, es un fenómeno en boga, aunque de vieja data. En otras palabras, no es una primicia o una corriente política de estreno. Puede parecerse al nacional-socialismo, aquella doctrina sostenida por Adolfo Hitler, luego de la Primera Guerra Mundial. Sin lugar a dudas, son familia. Hasta primas, podría decirse, con algunas diferencias notables. Quizás, el nacionalismo germano fue más real, agresivo, desquiciado, embadurnado de un inmenso fervor cuasi religioso, mientras que el otro es toda una pose, bravucona, vanidosa y grotesca.

El nacional-populismo es una oferta que echa mano a un revoltijo de palabras inconexas con el propósito de convencer acerca unos objetivos inalcanzables que, desde un punto de vista electoral, podrían resultar atrayentes, cautivadores y oportunos. Además, con inusitada complacencia de millares de pobres e influyentes ricos, en sus inicios, sus planteamientos parecen honestos y democráticos. Luego, una vez en el gobierno, exhibe – sin rubor alguno – su talante autoritario

Muy lejos de ser una doctrina, carece, desde luego, de cualquier cuerpo programático y perfil ideológico. Se trata -entonces -de una especie de “guion”, adaptable a todo público, con total ausencia de consistentes fundamentos o propuesta responsable, y sin previsión de sus inevitables consecuencias que, por lo general, son todas perniciosas.

La división de la sociedad entre “nosotros” y “ellos”, buenos y malos, inocentes y culpables, compatriotas y enemigos, les sirve para amarrar a los más necesitados, siempre bajo la eterna promesa de un “paraíso” y de una reivindicación social que jamás de los jamases llegará.

Ya se ha dicho que la democracia y el nacional-populismo no congenian ni pueden andar juntos. Mal hábito de algunos “genios políticos”, que tratan de crear este híbrido inviable.

El afán por establecer una economía netamente distributiva y proteccionista, genera, como se ha demostrado hasta la saciedad, solo miseria, ausencia de mercado, cierre de empresas y fuentes de empleo.

El nacionalismo que predican se limita a gritonas arengas, tediosos discursos, extrema vocería altisonante y locuciones patrioteras y amenazantes. Si de verdad fueran tan nacionalistas, lo primero que deberían proteger es “a su pueblo” del hambre y la pobreza, entre otras cosas, no menos urgentes.

El nacional-populismo es una manifestación que se ha esparcido con mucho ahínco por todos los continentes. Hasta en los países más desarrollados y con democracias más arraigadas, da la impresión que han sido tocados por esta varita mágica llena de simplezas y expresiones edulcoradas. Todos sus comienzos son así y después vienen los arrepentimientos.

Algunos malhablados historiadores hacen referencia al general ateniense Pericles quien por su “Oración Fúnebre” ha sido tildado como el primer populista de la Antigüedad. Por supuesto que, más allá de esta temeraria afirmación, estos Pericles de nuevo cuño, si cupiese la comparación, se encuentran muy lejos de esta figura egregia de la Atenas del llamado Siglo de Oro. Sobre todo, por nuestros lares.

Finalmente, hay que tener mucho cuidado. El empeño de todos por construir una democracia robusta, moderna, útil y promotora de bienestar y progreso, no nos permite cometer nuevos errores o caer en injustificables desviaciones.

Tengamos presente que el nacional-populismo acecha inmisericordemente. Y no es, para aquellos que gustan tanto de la confrontación y el belicismo, una posición insípida y carente de praxis. Al contrario, se trata de una alerta, un aviso, para no perder la brújula en esta complicada coyuntura.

El mundo está convulsionado. Venezuela, obviamente, no escapa de esta lamentable situación. Lo que sucede en el Medio Oriente, entre India y Paquistán o entre Ucrania y Rusia, por mencionar algunas confrontaciones, tiene consecuencias para nosotros.

La globalización, proceso económico de integración, aunque algunos consideran extenderlo hasta lo social y político, está dando muestras de atravesar serias dificultades. A ello hay que sumarle un relanzamiento de los nacionalismos tan en boga en el siglo XIX y principios del XX, cuyas máximas expresiones fueron la concreción de países “hechos y derechos”, como Alemania e Italia. Ahora, decenas de poblaciones enarbolan peligrosos nacionalismos que pudieran revertir la convivencia pacífica o normal de sus integrantes. Incluso, ese llamado del presidente Donald Trump “America First”, de inocultables ribetes de extremo chauvinismo, ha provocado una gran repercusión, especialmente en América Latina, y sobre todo en lo que atañe a la migración.

Hay una atmósfera mundial de preguerra. Los organismos multilaterales, que proliferaron como hongos después de 1945 hasta la fecha, en muchos casos y situaciones en que les ha correspondido actuar, no han dado muestras de eficiencia ni de cumplimiento cabal de sus deberes. La O.N.U., por ejemplo, no ha sido competente en la práctica y ejercicio de sus atribuciones, sobre todo cuando su papel de mediador y hasta protagónico ha sido requerido.

De este lado, muchos piensan que el problema de los otros no es nuestro. Que hasta podría justificarse por aquello que, como

se dice popularmente, con los nuestros basta. No obstante, ello comporta un craso error. Tarde o temprano cualquier conflicto o calamidad afuera, nos alcanzará, aunque sea medianamente. Además, abona a esta realidad que el régimen ni se ayuda internamente, y mucho menos en lo externo. Tanto así que con declaraciones destempladas y “acuerdos” fuera de lugar (como es su costumbre), lo que hace es atizar más el fuego del enfrentamiento. En otras palabras, hace todo lo contrario de servir de puente y enlace para la suscripción de posibles tratados de paz o de discreto negociador para conseguir las distensiones necesarias.

El problema es de nosotros, cuando en el vecino país suceden cosas reñidas con la constitucionalidad o cuando grupos de desadaptados cometen actos de terrorismo. La migración, el problema fronterizo de México con los Estados Unidos; la controversia con Guyana, a la que se agregan Trinidad y Tobago por asuntos petroleros, el delicado panorama de Bolivia y Ecuador son algunas muestras de la intrincada situación continental, y que nos incumbe a todos sin excepción.

El problema de los otros también es nuestro. La “aldea global” como muchos la han denominado, tiene presencia en cada rincón del planeta. Sin embargo, y por encima de todo, hay que ser optimistas. No al estilo panglosiano, pero hay que estar ganado a la idea que esto no es el fin del mundo y mucho menos de la humanidad. El ser humano aun conserva fuerzas intelectuales y valores que permiten superar esta coyuntura. Nuestra milenaria cultura occidental tiene mucho que dar. De peores hemos salido. Lo importante es tener presente que el problema de los otros también es nuestro. Y que sus soluciones tenemos que procurarlas cuesten lo que cuesten.

Por Ricardo Ciliberto Bustillos

Colombia (la grande) por allá en 1830, ha tenido enormes dificultades y deplorables situaciones que han hecho mella en la educación ciudadana. A la fecha de hoy, continúa siendo una tarea en gran medida no realizada. Insistimos en el tema por la importancia que el mismo reviste. Es cierto que nuestros padres fundadores (para utilizar un término muy norteamericano) delinearon proyectos e incluso hicieron grandes esfuerzos para llevar a todos los confines, el conocimiento y la importancia que supone el ejercicio de los derechos y deberes de los venezolanos. En todo caso, los resultados, a primera vista, no fueron ni siquiera módicamente exitosos.

Antonio Guzmán Blanco, siendo presidente, decretó la instrucción primaria pública y obligatoria en junio de 1870. Insistía en que “la independencia no se practicará sino cuando todos los venezolanos sabiendo leer y escribir, conozcan sus derechos y deberes y ejerzan concienzuda autonomía en los destinos de la patria”.

En los países desarrollados -por ejemplo- la educación ciudadana es considerada como uno de los pilares fundamentales de la educación integral. Así lo han entendido, y de allí sus aciertos en gran medida como sociedades organizadas de “alto nivel”.

Es innegable que la democracia dio algunas muestras por adelantar programas que tuviesen que ver con la educación ciudadana. Sin embargo, no lograron su cometido precisamente por no asumirla como “Política de Estado”, con características propias y objetivos muy bien definidos. Sin lugar a dudas, ello ha comportado una enorme falla cuyas consecuencias pagamos hoy día. Una sociedad informada y cultivada en los valores democráticos y ciudadanos no hubiese sucumbido ante tantos cantos de sirena y narrativas anodinas,

confrontaciones estériles, corrupciones y el haber permitido la despiadada supresión de la institucionalidad. Sobre todo, en cuanto a los derechos personales previstos en la Constitución Nacional.

Alcanzar la república, como titulamos un artículo anterior, resulta una misión inacabable. Su construcción atemporal nos atañe a todos, sin excepción alguna. Tenemos que meternos en la cabeza que, si queremos un país, al menos social y democráticamente desarrollado, debemos reiniciar toda una cruzada para atajar la indiferencia cuando no la ignorancia de los ciudadanos frente a sus derechos y deberes. Lo demás, es estar pendiente de vagos eventos que, al fin y al cabo, en nada ayudan al progreso institucional del país.

El Dr. Miguel Peña, presidente del Congreso de Cúcuta, firmante de la primera constitución de la Gran Colombia y titular de la Secretaría de Interior y Justicia en 1830, subrayó la necesidad de la educación en los asuntos públicos: “así aprenderán hacer uso de sus derechos y cumplir con sus deberes”. En este sentido, desde que nacimos como país, este noble asunto ha sido un anhelo harto y constante. Pero hasta ahí. Falta ese empeño, esa decisión definitiva, ese echar andar, de una vez por todas, el tren que nos permita ir avanzando como una sociedad moderna, libre y democrática.

Ya lo hemos planteado en diversas oportunidades: “La educación no solo es el estudio y la preparación para las ciencias, las artes, profesiones y oficios, sino también para aprender los principios, valores y ejercicio de la democracia y por consiguiente de ciudadanía”.

Las actuales circunstancias obligan a tomar serias y consistentes medidas sobre este asunto.

Este socialismo del siglo XXI, más allá de sus carencias, de sus idioteces ideológicas, sus retrógradas posturas frente a una economía en la que el sector privado juegue un papel fundamental y en el que el respeto a la libertad de opinión y asociación no sean considerados delitos, entre otras cosas, tiene en su haber el haber procurado el gigantesco desprestigio de la política.

Y es que no solo se trata de haber exhibido desfachatadamente una riqueza mal habida, sino también por pretender una obediencia perpetua a sus innumerables decisiones, por demás torpes, erróneas y antidemocráticas; por intentar sepultar, por cualquier medio, la alternabilidad, los indispensables contrapesos del poder, el diálogo, los consensos, la seguridad jurídica y la confianza necesaria de importantes sectores del país. Así mismo, por haber derribado decenas de instituciones que forman parte de la columna vertebral del Estado y del sistema democrático, habiéndole costado, para mayor desgracia, muy caro a la sociedad venezolana, sobre todo a los más vulnerables.

Definitivamente, hay que devolverle a la actividad política el prestigio que tanto necesita. Este régimen acabó con lo poco que le quedaba. Hoy día, la política es vista como el camino perfecto para la corrupción, la demagogia, la mentira, el salir de abajo, el atajo ideal para hacerse de bienes ajenos y, en fin, para entrar en esos estrechos círculos en los cuales se toman decisiones que afectan la vida del país. Su nobleza, su perfil moral, el señalar rumbos y metas, el dar ejemplo de vida y dedicación, la búsqueda del bien común, el trabajar por y para todos, el tener como guía la libertad, la justicia y la igualdad de oportunidades, se han desvinculado de esta honorable labor personal y colectiva.

Sin excepción alguna, todos somos responsables de su degredo. Unos por comisión y otros – los más – por omisión. Al fin y al cabo, la culpa es general por lo que a unos y otros nos toca la responsabilidad de contribuir a superar esta nefasta realidad.

La política es tan necesaria para lo sociedad como el alimento para los seres vivos. Ya lo decían Platón y Aristóteles. Devolverle su respetabilidad y prestigio es tarea que nos incumbe a todos.

Ahora tenemos una oportunidad de oro. Confiamos en que las organizaciones políticas, sobre todo los de la verdadera oposición, hayan aprendido la lección y sus dirigentes hayan realizado una verdadera contrición. Y no se trata de pedir disculpas a los venezolanos, como algunos pudieran pensar, sino de asumir el compromiso de enterrar de una vez por todas las conductas, actitudes, la incompetencia y el rancio populismo que provocaron esta infausta situación.

MCM y Edmundo González Urrutia pueden contribuir de manera decisiva a que la gente vuelva a creer en la política y en su imprescindible y honesto ejercicio. Este ansiado regreso está a la vuelta de la esquina. No desperdiciemos la ocasión.

El día seis (06) de los corrientes recordamos los 80 años de la invasión de Normandía por las fuerzas aliadas, mediante una operación denominada “Over Lord”, cuya única y honrosa finalidad era liberar a Francia del yugo nazi e iniciar – definitivamente- el avance militar que permitiera derrotar los ejércitos del Eje en Europa. Casi un año hubo de transcurrir para que sucumbiera el III Reich y para que la libertad y la democracia se implantaran en la mayoría de aquellas sufridas naciones.

Se nos ocurre hacer una comparación, por supuesto, salvando las distancias, circunstancias y realidades, entre esta incursión normanda y la que tenemos que hacer los venezolanos el 28 de julio próximo. Si, una invasión a las mesas de votación con nuestras únicas armas: la cédula de identidad laminada y nuestra irrevocable y soberana decisión de cambiar este estado de cosas. En otras palabras, de liberarnos de este pernicioso socialismo del siglo XXI y reconquistar la libertad y la democracia perdidas.

No ha sido fácil y mucho menos sencillo planificar, organizar e iniciar esta operación. La verdadera oposición ha venido preparándose, cuidando cada detalle de suerte de afrontar cualquier escenario o situación irregular que pueda presentarse. Minuciosa y eficientemente se han estado

integrando los comanditos, llevando a cabo el 1 X 10 (tan cacareado por el gobierno y cuyo fracaso es evidente), la planificación de la exigente logística, los preparativos para los imprescindibles traslados, el adiestramiento de los miembros y testigos en las mesas y en fin todo el aparato que debe funcionar, tomando en cuenta los electores y los centros de votación respectivos. En conclusión, toda un ejército adiestrado y conocedor al detalle de estos engorrosos asuntos comiciales.

A todas estas, continúan las exitosas giras, visitas y contactos de María Corina Machado y del candidato presidencial Edmundo González Urrutia. La gente ha perdido el temor y más que todo, tiene el convencimiento y la esperanza en un futuro mejor.

Por donde quiera que se mire, no hay vuelta atrás. El régimen lo sabe de sobra. Las bravuconadas, el lenguaje altisonante y las amenazas de las que siempre echaron mano, ya no tienen efecto. Ahora, solo les queda una posibilidad: la entrega del gobierno mediante una transición pacífica, civilizada, apegada a la constitución y las leyes, sin triquiñuelas ni mal habidas demoras ni aplazamientos. No tienen otra alternativa.

La “Invasión Ciudadana” no es más que el hacer acto de presencia en los lugares destinados como centros de votación, ejercer nuestro derecho al sufragio y estar pendientes de cualquier intento de subvertir el orden y -obviamente- de impedir cualquier alteración de los resultados.

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