Por Richard M. Ebeling

Uno de los términos más negativos y acusatorios usados en varios círculos políticos “progresistas” es el de “neoliberalismo”.

Ser llamado “neoliberal” es ser condenado a estar “contra los pobres”, a ser “apologista de los ricos” y un defensor de políticas económicas dirigidas a generar una mayor desigualdad de ingresos.

El término también es usado para condenar a todos aquellos que consideran la economía de mercado como la institución central de la sociedad humana, así como estar en contra de la “comunidad”, la responsabilidad compartida y la preocupación por cualquier cosa más allá de la oferta y la demanda. Un neoliberal, dicen los críticos, es alguien que reduce todo al mercado basado en dólares y centavos e ignora el lado “humano” de la humanidad.

Los opositores del neoliberalismo, así definido, claman que quienes lo proponen son “extremistas” defensores del laisses-faire, que es una economía de mercado sin restricciones por parte de regulaciones gubernamentales o políticas fiscales de redistribución. Que piden el regreso de las peores características de los “viejos días” antes de que el socialismo y el Estado intervencionista intentaran abolir o detener el desenfrenado y “antisocial” capitalismo

El hecho histórico es que dichas descripciones tienen poco o nada que ver con el origen del neoliberalismo, o lo que significaba para aquellos que lo formularon y su agenda política. Todo esto data de hace unos ochenta años, con la publicación en 1937 de un libro por parte del periodista y autor estadounidense, Walter Lippmann (1889-1974), titulado, Una investigación sobre los principios de la buena sociedad, y una conferencia internacional celebrada en París, Francia, en agosto de 1938 organizada por el filósofo francés, economista y liberal clásico, Louis Rougier, centrada en los temas del libro de Lippmann. Una transcripción de las actas de la conferencia se publicó más tarde en 1938 (en Francia) bajo el título: Coloquio Walter Lippmann.

A lo largo de su vida, Walter Lippmann fue uno de los columnistas y autores más famosos en los periódicos estadounidenses en el ámbito social, democracia, la sociedad libre, y el rol del gobierno en casa y en los asuntos internacionales. Durante su vida, sus opiniones sobre el gobierno y las políticas públicas se extendieron alrededor de todo el espectro político, desde el pro-socialista al crítico “individualista” del New Deal de Franklin Roosevelt. Luego, nuevamente, después de la Segunda Guerra Mundial, un firme defensor del gobierno “activista”, tanto a nivel nacional como internacional.

Pero en 1937, su libro sobre La buena sociedad fue una declaración contundente y lúcida sobre los peligros para una sociedad libre de los sistemas colectivistas y totalitarios –el comunismo soviético, el fascismo italiano y el nazismo alemán– que se estaban apoderando de Europa en la década de 1930. Además, Lippmann  advirtió del peligro adicional del “colectivismo progresivo” en forma de políticas regulatorias e intervencionistas que iban aumentando en las democracias occidentales, incluso en los Estados Unidos bajo el New Deal. 

La crítica de Lippmann al colectivismo político y económico, la cual conforma la primera mitad del libro de aproximadamente 400 páginas, aún vale la pena ser leída por cualquier amigo de la libertad. Él de forma elocuente explica cómo el colectivismo totalitario es una revuelta contrarrevolucionaria en contra de siglos de esfuerzos humanos para terminar con la tiranía y la pobreza, y las supersticiones ideológicas que racionalizaron el dominio de unos pocos sobre muchos otros. Ya sea en su forma fascista o comunista, el colectivismo es un regreso a las justificaciones que niegan la singularidad, la dignidad y libertad del individuo, así como la abolición de las instituciones de una sociedad libre que están destinadas a proteger a la persona ordinaria del dominio y control por parte del Estado.

Como parte de su crítica a una sociedad de planificación centralizada ineludiblemente acompañada de un Estado totalitario, Lippmann se basó ampliamente en los escritos de los economistas Austriacos, Ludwig von Mises y Friedrich A. Hayek, sobre la impracticabilidad de una economía completamente planificada. Además, de un modo que anticipó los escritos posteriores de Hayek sobre el uso descentralizado del conocimiento en una economía de mercado competitiva, Walter Lippmann explicó cómo multitudes de personas alrededor del mundo transmiten y utilizan el conocimiento disperso, para que las necesidades de todos nosotros como consumidores puedan ser satisfechas plenamente. Y cómo todo esto es posible a través del sistema de precios de mercado.

Él no es menos crítico del peligro de las formas parciales de planificación que impregnan las sociedades democráticas modernas a través de restricciones regulatorias, protecciones comerciales y subsidios a la producción que crean monopolios artificiales, industrias privilegiadas e individuos favorecidos. La intervención gubernamental corrompe y estrangula el funcionamiento del mercado en una sociedad libre. En la medida en que lo hace, el poder y la toma de decisiones son transferidas de los consumidores y de los empresarios basados en el mercado guiados por las necesidades que demanda el público a los políticos, burócratas y los grupos con intereses especiales, que trabajan en conjunto en contra de “La buena sociedad” de personas libres y prósperas.

Pero cuando Lippmann pasa a la segunda parte del libro “La reconstrucción del liberalismo”, deja claro que él no cree que el regreso a una economía de mercado del tipo laissez-faire o un gobierno con participación limitada en la sociedad sea posible o deseable. Menciona que las reformas que desea proponer están destinadas a asegurar una sociedad libre de abuso por parte de aquellos que tienen poder político e intereses especiales deseando utilizar al gobierno para sus propósitos personales a expensas de otros. Y mucho de lo que dice aquí es sobre restricciones, transparencia y la preservación constante del Estado de Derecho en una sociedad democrática para asegurar las libertades personales y civiles a menudo es razonable en un debate sobre la naturaleza y el papel del gobierno en la sociedad humana.

Pero argumenta que los economistas y liberales clásicos del siglo XlX y principios del XX trabajaban con la falsa y estilizada concepción de un mecánico “Homo economicus” en un mercado “perfectamente” competitivo que no concuerda con el modo en el que funciona el mundo real. Si el “liberalismo” se renueva como un sistema viable, aceptable para la mayoría de la sociedad, el gobierno debe tener un mayor control y supervisión sobre las corporaciones y su funcionamiento, ya que estas “grandes empresas” son peligrosas para la libertad. En otras palabras, cuestiona la aceptación de compañías de responsabilidad limitada y piensa que las leyes antimonopolio deben ser más estrictas.

El “poder” se distribuye de forma injusta y desigual en una economía de mercado sin regulaciones, permitiendo abusos contra los consumidores y los empleados por empresas privadas sin limitaciones. El gobierno debe regular el tamaño de las empresas, y cómo usan su poder de decisión debe ser supervisado por agencias gubernamentales. Los impuestos se deben establecer e imponerse para asegurar una equitativa distribución de la riqueza entre los miembros de la sociedad. Y los impuestos recaudados en su mayoría obtenidos de “los más ricos” deben emplearse en “salud pública, educación, conservación, trabajos públicos, seguridad pública” y otros programas y proyectos para el bienestar estatal.

En otras palabras, el reformado y “nuevo” liberalismo” que Walter Lippmann propone como alternativa a los colectivistas totalitarios que amenazan con extinguir la libertad y la democracia alrededor del mundo es: el estado de bienestar intervencionista que simplemente reconoce y le da mucha más importancia a la efectividad de la competencia del mercado para “llevar los bienes” y proporcionar formas importantes de elección y libertad personal que a los críticos del capitalismo más colectivistas.

Esta agenda se convirtió, como lo mencioné, en la base para la conferencia en París de 1938 dedicada al libro de Lippmann. Entre los participantes de la conferencia se encontraban Raymond Aron, Louis Baudin, F. A. Hayek, Michael Heilperin, Etienne Mantoux, Ludwig von Mises, Michael Polanyi, Wilhelm Röpke, Jacque Rueff, Alexander Rüstow y Alfred Schutz. En total hubo más de veinticinco asistentes.

En su introducción de apertura de la conferencia, Louis Rougier estaba claramente influenciado por los argumentos de Lippmann de un nuevo liberalismo reformado. Afirmó que el problema que ahora enfrentaban los “liberales” no era si debería existir intervención gubernamental en la economía de mercado, sino qué tipo de intervención.

Él se refirió a esas intervenciones que “encajaran” con una economía de mercado y a aquellas que no. Un mundo al estilo laissez-faire era cosa del pasado. Era necesario “aceptar el mundo como es”, especialmente porque las políticas económicas tienen que ser consistentes con “las demandas sociales de las masas”. Así que, un “nuevo” liberalismo debe reconocer la intromisión del Estado con “la regulación de la propiedad, los contratos, las patentes, la familia, el estatus de las organizaciones profesionales y las corporaciones comerciales”, y una variedad de otras intrusiones activas en el sistema de mercado.

Siguiendo los comentarios de apertura de Walter Lippman, en los cuáles reafirmó las principales tesis de su libro, la discusión se centró en cuál debería ser el nombre de esta alternativa al colectivismo totalitario. De un lado a otro, varios de los participantes discutían si lo que estaban hablando seguía siendo consistente con el “viejo liberalismo”, o era algo diferente. ¿Era aún congruente  con la idea tradicional de “individualismo”? ¿No era que el “liberalismo” había destacado siempre por otorgar la mayor libertad al individuo y por un gobierno estrictamente limitado a proteger esa libertad? ¿Era lo que se ofrecía en el libro de Lippmann, que fue el tema de la conferencia, un “nuevo” liberalismo?

Más tarde, hacia  el final de la conferencia, el economista francés Jacque Rueff sugirió, “liberalismo de izquierda”. Esto no sentó bien entre  muchos de los participantes. Así que, en su lugar, otras opciones fueron ofrecidas: “liberalismo positivo”, “liberalismo social” o “neoliberalismo”.

La diferencia entre los defensores de lo tradicional, laissez-faire, o liberalismo “clásico” y el emergente neoliberalismo se mostraron pronto en las siguientes sesiones de la conferencia. El economista austriaco Ludwig von Mises argumentó que esa regulación a los negocios para limitar su “grandeza” no era necesaria ni deseable. Le recordó a los demás asistentes que los monopolios y cárteles entre empresas privadas se debía invariable e históricamente a las intervenciones estatales para proteger empresas privilegiadas de la competencia del mercado. Y, en efecto, los gobiernos a menudo tenían que usar su poder para obligar a las empresas privadas a convertirse en cárteles creados políticamente que no eran queridos ni deseados por muchos competidores del mercado. Dijo Mises:

En muchos casos incluso esta intervención estatal no ha sido suficiente por sí misma para lograr la creación de cárteles. El Estado ha tenido que obligar a los productores a agruparse ellos mismos en cárteles mediante leyes especiales… Así que es imposible mantener la tesis según la cual la aparición de cárteles era el resultado natural de la acción de las fuerzas económicas. No es el juego libre de estas fuerzas lo que ha dado origen a los cárteles, sino la intervención del Estado. Por lo tanto, es un error lógico tratar de justificar la intervención del Estado en la economía por la necesidad de evitar la creación de cárteles, porque es precisamente el Estado quien ha llevado a la creación de cárteles a través de su intervención.

Del mismo modo, Mises insistía que cualquier problema con los anti-competitivos monopolios en el mercado no fueron resultado de las fuerzas normales del mercado, sino de las intervenciones del Estado. “No es el libre juego de las fuerzas económicas sino de las políticas gubernamentales anti-liberales que han creado condiciones favorables para el establecimiento de monopolios”, dijo Mises. “Es la legislación, son las políticas las que han creado la tendencia a los monopolios”.

En líneas similares, Mises también argumentó que sería económicamente perjudicial para el gobierno restringir la creación de corporaciones de responsabilidad limitada. Estas sirven como un medio del mercado para combinar grandes sumas de fondos invertibles que permiten emprender proyectos que satisfacen las demandas del mercado. De otra manera podría resultar imposible.

Mises se encontró con otros participantes de la conferencia quienes, en contra de lo dicho, insistieron en que el mercado tiende a formar poco saludables e indeseables concentraciones de poder e influencia económica e industrial, que sólo el Estado podría controlar. La regulación de negocios debe ser parte de la nueva agenda neoliberal. El famoso economista y sociólogo alemán, Alexander Rüstow, quien fue una de las influencias intelectuales en la política económica alemana posterior a la Segunda Guerra Mundial, llegó al extremo de decir que el problema era que el Estado era demasiado “débil” para evitar estas tendencias corporativas a la concentración industrial.

En otra sesión, el tema fue el bienestar social y el Estado intervencionista. Y aquí, de nuevo, el debate se centró en la forma en la que una economía de mercado podría “satisfacer” la demanda de “seguridad social” de “las masas”. En general, no hubo resistencia en principio a ciertas “redes de seguridad” mínimas por parte de los participantes que abordaron el tema en esta parte de la conferencia. En su lugar, la discusión fue sobre los “límites” del Estado de bienestar. ¿Cómo sería financiado?¿Qué peligros podrían surgir debido al déficit en el gasto para cubrir el gasto de redistribución del gobierno? ¿Qué incentivos no deberían existir para que la gente no encuentre atractivo vivir permanentemente del Estado?

Por ejemplo, el economista austriaco Friedrich A. Hayek argumentó que los beneficios de la seguridad social no deberían ser iguales o mayores a los que un desempleado o un trabajador desplazado recibiría si tuviera empleo. De otro modo, no se tendría un incentivo para reubicarse y encontrar un empleo con remuneración basada en el mercado. Y Jacque Rueff, destacó un tema en el que ya había hecho énfasis en la década de 1920. Rueftt habló de una clara relación entre la generosidad de los pagos de seguro de desempleo y la cantidad y duración en general del desempleo experimentado en varios países en la década de 1920 y durante la gran depresión.

Pero la antigua presunción liberal clásica de que no debería ser obligación del Estado subsidiar o apoyar financieramente a quienes estaban temporalmente desempleados nunca fue discutida. El hecho de que ésta era una de las tareas de las asociaciones civiles voluntarias, nunca fue mencionado.

Sin embargo, Mises le recordó a los demás que, “El desempleo, como un fenómeno masivo y duradero, es consecuencia de una política (por parte de los gobiernos y sindicatos) que se enfoca en mantener los salarios a un nivel superior del que resultaría del libre mercado”. En esto, Mises fue secundado por varios de los otros participantes.

Una clara diferencia a discutir entre los liberales clásicos tradicionales y los neoliberales era si la sociedad, en general, debía ser producto de las interacciones espontáneas de los participantes de la sociedad y del mercado por sí mismos, o ¿podrían los patrones no regulados de la evolución social tomar formas que requieran la intervención y la “corrección” del gobierno?

En una sesión dedicada a “las causas sociológicas, psicológicas, políticas e ideológicas de la decadencia del liberalismo”, Alexander Rüstow, estableció con insistencia que la evolución de los mercados había dado resultados que necesitaban orientación y corrección gubernamental. Argumentó que la tarea de las políticas gubernamentales no era asegurar el ingreso material más grande, sino “una forma de vida lo más satisfactoria posible”.

Los hombres necesitan libertad, sin duda, enfatizó Rüstow, pero también necesitan “unión”, un sentido de “pertenencia” social, similar a la familia. La sociedad necesita proveer ésto de algún modo, y en lo que a él respecta, ésto no puede dejarse sólo a las libres asociaciones del mercado. El Estado debe crear  formas de dar a la gente este sentimiento colectivo de pertenencia, al mismo tiempo que mantiene la libertad que las personas claramente desean. Ésto requiere de varias formas de planificación social en conjunto con la economía de mercado, incluyendo las zonas urbanas y rurales, y la planificación para una vida más equilibrada y armoniosa. Ya sea que un nuevo liberalismo, reformado e intervencionista, pudiera ofrecer el olvidado sentimiento colectivo de pertenencia, afirmó Rüstow, o el fascismo y el nazismo llenarían ese vacío en la psique  de los hombres.

Ludwig von Mises contradijo el argumento de Rüstow. La presunción implícita de Rüstow de que los campesinos de los años anteriores a la llegada del capitalismo eran más felices que los trabajadores industriales modernos en áreas urbanas con todos sus recursos disponibles y amenidades culturales era bastante dudosa. Mises sugirió que Rüstow había caído en las fantasías “románticas” y fuera de lugar de aquellos conservadores anti-mercado, quienes apelaban a imágenes de un idílico campo lleno de “comuneros” felices y una clase de nobles amables y gentiles antes de que el comercialismo destruyera la dicha humana. “Es un hecho innegable”, dijo Mises, “que en los últimos cien años millones de personas han abandonado las ocupaciones agrícolas por trabajos industriales, lo que ciertamente no puede ser considerado como prueba de que les da mayor satisfacción que la que les hubiera dado las actividades agrícolas”.

A pesar de todo lo que se había hablado sobre identidad y unidad grupal en los estados totalitarios, Mises continuó, el hecho es que los regímenes colectivistas en la Unión Soviética, la Italia Fascista y la Alemania Nazi, habían prometido mejores circunstancias materiales y oportunidades económicas a través de la planificación y el control sobre aquellos a quienes gobernaban.

Los individuos a menudo sufren de insatisfacciones psicológicas en una sociedad liberal, pero la tarea era dejar claro a la gente que la libertad y la prosperidad basada en el mercado ofrecen las mejores oportunidades para cada uno de encontrar sus mejores respuestas a estas necesidades y deseos de asociación humana.

Entonces, ¿cuál fue el resultado de la conferencia? y ¿qué nos dice sobre el significado del neoliberalismo? Muchos de los liberales clásicos durante el periodo entre las dos guerras mundiales, estaban abatidos y desesperados por el aparente crepúsculo de la sociedad libre. Una variedad de totalitarismo sobre el tema colectivista estaba en ascenso en Europa.

Cuando la conferencia de Walter Lippmann ocurrió en agosto de 1938, Hitler había anexado a Austria en marzo de ese año, y había comenzado la crisis que llevó a la conferencia de Munich en septiembre, la cual  resultó en el desmembramiento de Checoslovaquia bajo la amenaza de que Hitler invadiría ese país. El miedo a la guerra estaba por todas partes; esto venía acompañado por la preocupación de que la guerra traería el final a los últimos residuos de la época liberal que había existido antes de la Primera Guerra Mundial.

Prácticamente todos los participantes de la conferencia eran liberales con una orientación fuertemente dirigida al mercado, que consideraban la competitividad del capitalismo esencial para la libertad y la prosperidad, y que todas las formas de planificación socialista eran inviables y atentaban contra la libertad personal y civil.

Pero a excepción de unos cuantos participantes, como Ludwig von Mises, todos los asistentes concluyeron que para “salvar” el liberalismo político y económico de su destrucción total, un “neoliberalismo” debía ser formulado, desarrollado y ofrecido al mundo aparentemente hipnotizado por las promesas del comunismo Soviético y el Fascismo italiano y alemán.

Ya sea por convicción reflexiva sobre la naturaleza del mercado o por conveniencia política ante un rechazo general de un liberalismo estilo laissez-faire en la sociedad occidental, muchos de aquellos quienes debatieron durante los tres días de la conferencia concluyeron que, para contraatacar las tendencias colectivistas, preservar las instituciones esenciales y el funcionamiento de un sistema de mercado relativamente libre, debía combinarse con aspectos del Estado protector que lo harían aceptable a “las masas”.

El neoliberalismo no nació como un intento para racionalizar y restaurar un capitalismo al estilo laissez-faire, sino como una idea para introducir una amplia red de programas regulatorios y redistributivos que podrían salvar políticamente algunos de los aspectos esenciales de un orden de mercado competitivo. La tarea difícil, a los ojos de la mayoría de los asistentes, era descubrir cómo hacer esto sin que el sistema intervencionista amenazara con salirse de control y llegara a degenerarse en un tipo de sistema fragmentado de privilegio colectivo, saqueo y corrupción que el mismo Walter Lippmann dijo podría ser una puerta trasera que se dirigía a una sociedad planificada.

En introspectiva, la agenda neoliberal que emergió del Coloquio Walter Lippmann fue un intento de hacer cuadrado el círculo: la combinación de la libertad individual y la asociación competitiva del libre mercado con políticas paternalistas, regulaciones  y controles gubernamentales sobre cómo las personas deben interactuar y los resultados permitidos de dichas interacciones.

Al hacerlo, aquellos sinceros amigos de la libertad y el orden del mercado terminaron concediendo todas las premisas básicas de sus rivales colectivistas: el mercado, cuando se le deja solo, tiende hacia una concentración corporativa poco saludable y a la explotación de los empleados y trabajadores, así que requiere regulación del tamaño de los negocios y sus prácticas; no se puede confiar en el mercado para asegurar estabilidad, seguridad o bienestar y por lo tanto un gobierno “activo” debe proporcionar estas cosas, dentro de límites fiscales lógicos; el libre mercado no es suficiente para el hombre y la condición humana, así que el gobierno debe regular, guiar y restringir el desarrollo social para crear “unidad” y comunidad más allá de la oferta y la demanda.

El neoliberalismo no había nacido como un intento “extremista” para racionalizar e implementar un capitalismo sin restricciones y un sistema social inhumano. Fue concebido para la creación de una sociedad más humana y justa precisamente rechazando el liberalismo laissez-faire y su dependencia a las asociaciones libre de la sociedad civil para mitigar los problemas e incertidumbres de la vida diaria. Y estaba destinado a ser un sistema que sería aceptable y aceptado por “las masas” en una sociedad democrática.

Es cierto que gran parte de la agenda neoliberal fue implementada exitosamente en varios países después de la Segunda Guerra Mundial, así como en la Alemania occidental, provocó un “milagro económico” de recuperación de la destrucción de la guerra, desatando las fuerzas del mercado y el espíritu empresarial.

Sin embargo, el triunfo del Estado de beneficios e intervencionista, comenzando en la era inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial y hasta el presente, también se debe en parte a los amigos neoliberales de la libertad, quienes ofrecieron sus propias justificaciones para varias de las políticas que sus oponentes de “izquierda” también defendieron. Sólo que ellos esperaban mantenerlos dentro de “límites manejables” para que una vibrante economía de mercado pudiera seguir funcionando de forma efectiva.

Por lo tanto, los “progresistas” de hoy en día, están rechazando y condenando otra versión de ellos mismos que ha querido confiar más en la competitividad de los mercados y menos en la regulación y redistribución por la que ellos tienen preferencia; y todo dentro del contexto en el que aquellos “progresistas” hacen todo lo posible por negar cualquier parecido familiar.

Los orígenes, la agenda y las consecuencias del neoliberalismo, apuntan hacia la necesidad de una nueva agenda para la libertad: una que reconozca y reafirme la idea del ideal de ese liberalismo verdadero de laissez-faire y de la sociedad civil voluntaria.


Richard M. Ebeling es profesor distinguido de BB&T de ética y liderazgo en la libre empresa en The Citadel en Charleston, Carolina del Sur. Fue presidente de la Fundación para la Educación Económica (FEE) de 2003 a 2008.