Soledad Morillo Belloso

La disputa entre Rubio y Miller sobre Venezuela no es un desacuerdo puntual ni una diferencia de enfoque. Es una fractura profunda dentro del trumpismo, una colisión entre dos centros de poder que no se toleran, que no se complementan, que no se reconocen. Ambos son poderosos, ambos tienen redes y  recursos, ambos influyen directamente en decisiones presidenciales. Esto no es una pelea por un país como Venezuela, sino por la definición misma del poder.

Rubio, hijo del exilio y de las cicatrices heredadas de la Guerra Fría, mira a Venezuela como un nodo dentro de una red de amenazas que se extiende desde Moscú hasta La Habana, desde Teherán hasta Beiging. Para él, Venezuela es un enclave geoestratégico, un punto donde se cruzan rutas de inteligencia, operaciones de narcotráfico, redes de desinformación y alianzas militares. Su obsesión no es el petróleo sino la geopolítica: la contención de potencias rivales, la estabilidad del Caribe, la reconstrucción de un orden hemisférico erosionado, el liderazgo en Occidente. Rubio piensa en mapas, en décadas, en estructuras. Su lógica es la del águila que calcula, que presiona, que sanciona, que busca reinsertar a Venezuela en un sistema de alianzas que él considera vital para la seguridad de Estados Unidos y del continente.

Miller, en cambio, no piensa en mapas sino en fronteras pseudo morales. Su racismo y su xenofobia no son rasgos personales aislados: son una doctrina política, una forma de dividir el mundo entre quienes merecen protección y quienes merecen castigo. Para él, Venezuela no es un Estado fallido ni un enclave ruso: es un símbolo de “contaminación”, de “desorden”, de aquello que debe ser disciplinado con fuerza. Su apoyo al gobierno interino es del estilo “control del  banana country”. Miller opera desde la lógica de la estrategia del espectáculo, del gesto que intimida, de la acción que se convierte en mensaje interno. Su mirada es ideológica, visceral, performativa. Venezuela es un escenario donde puede exhibir músculo, reforzar la narrativa de “mano dura”, disciplinar enemigos y aliados, demostrar que el trumpismo gruñe y actúa sin titubeos.

Por eso chocan. Porque Rubio quiere rediseñar el tablero y Miller quiere castigar al tablero. Rubio piensa en cómo se mueve el poder; Miller piensa en quién merece ejercerlo. Rubio mira hacia afuera; Miller mira hacia adentro. Rubio quiere un hemisferio alineado; Miller quiere un hemisferio obediente. Rubio busca estructura; Miller busca shock, para controlar.

Y sí, esta disputa va muchísimo más allá del control de los recursos naturales. El petróleo, el gas, el oro, el arco minero son apenas piezas dentro de un conflicto mayor. Lo que está en juego es la forma de ejercer el poder: si con cálculo o con impacto, si con estrategia o con menosprecio, si con alianzas o con intimidación. Venezuela, rota y saqueada, se convierte en el espejo donde estas dos visiones se revelan. Un país convertido en advertencia, en símbolo, en campo de pruebas.

Ambos son poderosos. Ambos tienen seguidores, redes, influencia, acceso. Ambos pueden inclinar decisiones presidenciales.

Por eso este pleito no termina. Por eso se alarga. Por eso pica y se extiende. Porque lo que está a la vuelta de la esquina son elecciones en Estados Unidos. Y son muy importantes. Hay mucho en juego.

Los votantes americanos que respaldan a Rubio son, en su mayoría, gente que cree en la idea clásica —casi escolar— de Estados Unidos como faro de estabilidad y “melting pot”. No son ingenuos, pero sí disciplinados. Les gusta el orden, la previsibilidad, la noción de que la política es un oficio y no una guerra. Son ciudadanos que crecieron con la idea de que el liderazgo responsable es el que evita incendios, no el que los provoca para demostrar fuerza. En Rubio ven a un político que habla el idioma de las instituciones, del cálculo, del equilibrio entre firmeza y gobernabilidad. Son votantes que valoran la diplomacia dura pero no incendiaria, que prefieren la estrategia al rugido, que creen que la influencia estadounidense debe ejercerse con presión, sí, pero también con método. Gente que quiere que el país siga siendo un actor global fuerte y respetado, no un gladiador permanente. Gente que, incluso cuando está molesta, conserva un sentido de proporción.

Los votantes que respaldan a Miller son distintos. Son ciudadanos que sienten que el país está bajo asedio cultural, económico, político, moral. Viven la política como una defensa del hogar, como una barricada. No quieren matices: quieren certezas. No buscan equilibrio: buscan victoria. En Miller ven al ideólogo que no se disculpa, al operador que no negocia, al hombre que convierte la política en una batalla por la supervivencia de un país que, según ellos, ha sido debilitado por élites complacientes y enemigos internos. Son votantes que creen que la fuerza es la única herramienta eficaz, que la moderación es una forma de debilidad y rendición, que la política debe ser un instrumento de purga y corrección. Gente que quiere que Estados Unidos actúe sin titubeos, que se imponga, que marque territorio. Gente que siente que el mundo es hostil y que la única respuesta válida es la confrontación.

Rubio atrae a quienes creen que el país debe liderar con estabilidad; Miller atrae a quienes creen que el país debe liderar con fuerza. Uno convoca a quienes quieren preservar; el otro convoca a quienes quieren combatir. Uno habla a la cabeza; el otro habla al instinto.

Y en el medio de este pleito por el poder, Venezuela. Es una pieza en el tablero. Pero no es la pieza más importante. Es un territorio que se usa para demostrar fuerza, para enviar mensajes, para ajustar cuentas geopolíticas. Un país convertido en símbolo, en advertencia, en campo de pruebas. Un país que no decide, sino que es decidido. Un país que mira cómo otros discuten su destino como si fuera una ficha movible, intercambiable, sacrificable. Un país que, aun en su tragedia, sigue siendo apenas un capítulo dentro de una disputa mayor.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

Por Soledad Morillo Belloso

Me controlo. Pero el control, a estas alturas, es como intentar sostener agua entre los dedos: se escurre, se rebela, se burla de mí. No hay un solo milímetro de mi cuerpo —ni de mi piel, ni de mis huesos, ni de esa zona secreta donde uno guarda lo que ama y lo que teme— que no duela. Todo está en indignación, en incendio, en ese temblor que no se ve pero que te desordena por dentro.

Tengo setenta años. He visto deslaves que parecían bestias bajando de la montaña con hambre de pueblo. He visto ríos crecer como si recordaran que eran dioses. He visto casas abrirse como libros rotos después de un terremoto. He visto madres buscando hijos entre barro, hombres cargando ancianos, comunidades reconstruyéndose con las uñas. Tragedias que marcaron generaciones y se volvieron cicatrices en la memoria nacional.

Pero jamás había visto un desastre donde el Estado se evaporara así, con esta frialdad que corta, con esta cobardía que ofende, con esta ausencia que pesa más que los escombros. Una cosa es la fuerza de la naturaleza. Otra es la renuncia del poder, el abandono deliberado, la indiferencia que se siente como una bofetada en pleno duelo. El Estado, que debería ser puente y refugio, se volvió sombra que se retira, que se esconde, que deja al pueblo desnudo. O que, peor, llega a impedir, a saquear. Como si en medio del derrumbe alguien hubiera apagado la luz y cerrado la puerta por dentro. Como si el país entero hubiera quedado huérfano.

Que no debe sorprendernos, me dicen. Y es cierto. Pero esa certeza duele más. Porque esto es la crónica de una tragedia anunciada. No es un rayo en cielo despejado. Es el resultado de años en los que fuimos escribiendo advertencias como quien deja migas de pan en un bosque que se está quemando.

Años alertando que estaban carcomiendo al Estado como termitas que trabajan de noche, silenciosas, invisibles. Años diciendo que cada institución se volvía cascarón, que cada estructura se vaciaba, que cada ministerio era ya sólo un nombre pintado en una puerta oxidada. Años viendo cómo el Estado se convertía en una fachada sostenida por alambres, una maqueta mal hecha que apenas servía para posar en cámara.

La carcoma no empezó ayer. Empezó cuando confundieron poder con propiedad. Cuando el Estado dejó de ser casa común y pasó a ser botín. Cuando la burocracia se volvió pantano donde todo se hunde: eficiencia, responsabilidad, urgencia, vida misma. Y nosotros insistimos. Escribimos. Gritamos. Documentamos. Dijimos que estaban desmontando las vigas maestras, serruchando las columnas, dejando al país sin huesos.

Y ahora, en medio del desastre, todo eso sale a flote. Porque lo que se cayó no fue sólo tierra, edificios o carreteras. Lo que se cayó fue el Estado mismo, ese que debería haber estado ahí, firme, respirando junto al pueblo. Pero no estaba. No está. Y no estará mientras sigan gobernando desde la soberbia y el afán de lucro delincuencial e inmoral.

Mister President Trump: se lo digo sin rodeos. No sume toneladas a la tragedia. No convierta un país herido en un país aplastado. No añada peso donde ya no queda aire.

Escuche a quienes están tratando de explicarle: a los técnicos que conocen la tierra, a los rescatistas que saben dónde está la vida, a los expertos que llevan años advirtiendo que el Estado venezolano estaba siendo carcomido desde adentro. Escuche a los estrategas que intentan explicarle que el escenario cambió y que su plan de tres fases no va más.

Lo que hoy vemos no es sorpresa. Es la consecuencia de una demolición lenta, metódica, anunciada. Y usted tiene en sus manos la posibilidad de no empeorar lo insoportable. No convierta la tragedia en espectáculo. No la use como moneda política. El tablero cambió.

Se lo digo con la voz de quien ha visto demasiados desastres y negligencias: no sume toneladas a la desgracia.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

Soledad Morillo Belloso

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