Por Vanessa Valecillo en Libertad Digital

El régimen de Putin deja un gran reguero de opositores asesinados, envenenados o silenciados. La mayoría en extrañas circunstancias.

Hace 22 años que Putin dejó de ser espía del KGB y se instaló en el poder. Se lo sirvió Boris Yeltsin en bandeja de plata sin saber que no le volvería a coger el teléfono.

Cuando las puertas de oro se cerraron tras de sí, se recluyó en un mundo hermético en el que todo crítico con su régimen ha sido asesinado bajo sus métodos. Una dictadura que para el corresponsal español en Moscú, Marc Marginedas, tiene un componente añadido: «Putin llega al poder en un momento en el que Rusia está desgarrada por la lucha entre mafias. Se podría decir que fue la mafia que consiguió imponerse al resto. Han llegado ahí con métodos propios del crimen organizado. Lo que les importa es someter».

Él mismo lo ha sufrido en sus carnes, «sintiendo la presencia de los servicios del Kremlin muy cerca». Tanto, que al inicio de la invasión decidió salir de forma precipitada de Moscú dejando allí todas sus pertenencias sin saber cuándo podrá volver.

Envenenamientos y emboscadas por investigar la verdad

El periodismo es una amenaza para la propaganda mediática del régimen. La periodista, Anna Politovskaya, se erigió como un símbolo de la prensa libre tras su asesinato en 2006 en el ascensor de su casa, cuando subía las bolsas de la compra. Llevaba tiempo en el punto de mira de Putin por sus artículos críticos sobre la guerra de Chechenia.

Cinco personas fueron condenadas como autores materiales pero nunca se logró investigar quién ordenó el crimen. Su familia aún hoy lo sigue intentando a pesar de que su abogada también ha sido envenenada. Su estela fue seguida por Aleksander Livitnenko; un antiguo agente del KGB, envenenado cuando decidió investigar el crimen y descubrió vínculos entre los sicarios y el Kremlin.

Su viuda, Marina Livitnenko, lamenta que «a día de todavía a día, quede la idea de que se intentó suicidar, o de que traficaba con material radiactivo» a pesar de que la justicia europea señaló a Rusia como culpable de envenenarle en 2006. Poco importó que se hubiera exiliado a Londres por motivos de seguridad.

Claros indicios de lo que era el régimen de Putin que, sin embargo, fueron pasados por alto por occidente. Fidel González Raso fue fotoperiodista en la Rusia de Yeltsin y ha experimentado en sus carnes el cambio en las libertades. Ha sido gradual, pero rápido. A su juicio, «se debería haber estado más vigilante con Rusia. Europa ha estado relajada y más pendiente de lo que sucedía en Oriente Medio que en el imperio ruso»

Denunciar la corrupción en Rusia

Aunque considera que el asesinato de Livitnenko era una pista para Europa, no fue la única. En 2009, el abogado Sergei Magnitsky fue encarcelado, torturado y asesinado en prisión por denunciar la corrupción de jueces y policías. En concreto, un agujero de 230 millones que le costó la vida mientras estaba bajo custodia. Esto atrajo la atención internacional y propició investigaciones sobre derechos humanos, que nunca pasaron las fronteras rusas; interceptadas y frenadas por la censura informativa

En 2013, Mijaín Jodorkovksi, el que era considerado el hombre más rico de Rusia, fue condenado a 9 años de prisión por denunciar prácticas corruptas en el Kremlin. Para no correr la misma suerte, otro multimillonario, Boris Berezovski, se exilió a Londres. Al igual que le ocurrió a Livitnenko, no por eso tuvo garantizada la seguridad. Allí fue perseguido y sobrevivió a varios atentados pero, finalmente, murió ahorcado.

A pesar de que las prácticas del régimen son vox pópuli fuera de Rusia, Putin continúa con sus actos internacionales con total normalidad. Así lanza un mensaje periódico a una sociedad instalada en «la fatalidad». Según Marginedas, «los rusos tienen la percepción de que poco se puede hacer porque no sólo no hay sustituto, si no que entienden que arrinconar a Putin, es peligroso»

Navalny y los 4.300 detenidos en las protestas

No hay oposición. Y cuando la ha habido, se ha cortado de raíz. Boris Nemtsov, quiso postularse como rival de Putin y fue asesinado a balazos en 2015. Nikolay Glushkov, también disentió del régimen y falleció por causas aún sin esclarecer en 2018.

Aleksey Navalny ha sido la última víctima de envenenamiento del Kremlin. Este abogado y politólogo decidió fundar la ONG Fundación Anticorrupción con la que se convierte en objetivo prioritario. Actualmente está en prisión desde donde agita a las masas a revelarse contra Putin.

En los últimos días, el régimen ha detenido a más de 4.300 personas por manifestarse en contra de la invasión a Ucrania y ha intensificado los controles a la salida del país. «En el control de seguridad de los aeropuertos están preguntando a los viajeros cuál es su posición sobre la guerra y te registran incluso el ordenador», explica Marc.

Los rusos están retenidos en sus propias fronteras por un mandatario que ya el pasado julio, en plena pandemia, implantó una reforma constitucional para perpetuarse en el poder hasta 2036. Fue uno de los últimos avisos ante los que Europa y la comunidad internacional, miraron hacia otro lado.