Por Yoani Sánchez

Las noticias llegan fragmentadas y confusas, pero en Cuba la gente tiene la «oreja parada» si del proceso electoral en Venezuela se trata. En medio de los problemas cotidianos, de los cortes eléctricos que se extienden por toda la Isla y de una inflación que ha hundido el poder adquisitivo de buena parte de la población, cuesta creer que lo que ocurre en el extranjero pueda ser tema de interés aquí. Pero la cita del 28 de julio no es cualquier cosa ni es en cualquier país.

A inicios de este siglo, la alianza entre La Habana y Caracas tenía visos de eternidad. El generoso subsidio petrolero que Hugo Chávez otorgó a la Isla, permitió al régimen cubano frenar parte de las reformas económicas a las que se vio obligado con la crisis tras la caída de la Unión Soviética. Como en todo matrimonio político, ambas partes, no solo unieron fuerzas en la economía, la diplomacia internacional y el discurso ideológico sino que también se sintonizaron en sus métodos.

El chavismo se fue pareciendo cada vez más al castrismo. La persecución a los opositores, la ilegalización de partidos, el fusilamiento de la reputación de los adversarios y el exilio como única opción para quienes se le oponían pasaron a ser en Venezuela situaciones cotidianas. El secuestro de las instituciones democráticas, el desmontaje de la prensa libre y los berrinches políticos en los foros internacionales completaron el cuadro de similitudes. Pero, a diferencia de Cuba, en la nación bolivariana quedó abierta una pequeña rendija electoral para sacudirse a Nicolás Maduro.

Ahora, cuando faltan unas pocas semanas para la realización de los comicios presidenciales en Venezuela, los cubanos aguantamos la respiración. Sabemos que cualquier justificación puede brotar del palacio de Miraflores para cancelar el proceso electoral y también conocemos las mil y una triquiñuelas que pueden sacarse de la manga los autoritarios para evitar salir del poder. Entre la expectativa y el temor nos movemos. Nadie, como nosotros, sabe lo que está en juego.

No solo se trata de unas elecciones que podrían cambiar el derrotero nacional de los venezolanos sino que sus consecuencias hacia el interior de nuestra Isla son imposibles de calcular. No solo se trata del probable recorte del suministro de petróleo venezolano a Cuba, ya de por sí menguado en los últimos meses, sino que hay que añadir el mensaje que llegará a tantos de mis compatriotas que han perdido la esperanza de sacudirse de encima una dictadura.

Si Maduro se enfrenta a las urnas es muy probable que pierda estrepitosamente, al menos eso señalan las encuestas. Pero antes de ese día, puede desde inventarse un conflicto militar que le haga decretar el estado de excepción hasta invalidar al principal candidato opositor que le hace sombra, Edmundo González Urrutia. Todo es posible, pero cualquier salida de ese tipo hundirá su régimen, aún más, en el descrédito y las sanciones económicas.

Mientras tanto, en Cuba, millones de ojos están atentos a los vaivenes electorales de Caracas. Un día nos levantamos escépticos pensado: «algo hará, seguro que lo cancela todo antes de perder», pero al otro, la veta optimista se impone y nos decimos «si ellos lo logran, va y nosotros también». Quedan más de dos meses. Hay tiempo para la esperanza y tiempo para la decepción. Pase lo que pase, la onda expansiva llegará hasta esta Isla.