Por Yunior García Aguilera

Cualquiera con un mínimo de sentido común, más allá de su inclinación zurda o diestra, sabe que Maduro es un impresentable

Hay una frase tatuada sobre el ícono Marilyn Monroe: los caballeros las prefieren rubias. Pero, según Casa de las Américas, en La Habana los prefieren maduros. La oficialista institución del régimen cubano ha sacado una declaración titulada Entre Monroe y Ayacucho, suplicando el apoyo de los intelectuales al dictador venezolano. Según el documento, la humanidad solo tiene dos alternativas: o estás del lado de las dictaduras latinoamericanas o eres un fascista.

No queda claro si en el título se refieren a Norma Jeane (a quien Abel Prieto, poseído por Trump, considera una actriz sobrevalorada), o si hablan de la socorrida doctrina del quinto presidente norteamericano. Tampoco se define bien si lo de Ayacucho es por la famosa batalla independentista o por el significado de esa palabra en quechua: rincón de los cadáveres. Lo cierto es que La Habana tiembla ante el posible desmerengamiento de su grifo petrolero.

Cualquiera con un mínimo de sentido común, más allá de su inclinación zurda o diestra, sabe que Maduro es un impresentable. No ya por sus frases estúpidas, ni por lanzar su cuerpo de media tonelada sobre un colchón de seguidores flacos. Maduro es indefendible por hostigar tiránicamente a su oposición, por ser un peón de intereses ajenos a Venezuela, por su desprecio a la democracia y por haber llevado a un país riquísimo hacia una escandalosa pobreza.

Cuando Nicolás decidió inhabilitar a María Corina, hasta sus aliados en la región lo señalaron con el dedo. Lula expresó que “no tiene explicación jurídica ni política prohibir a un adversario ser candidato”. Petro lo instó a respetar los acuerdos de Barbados. Pero Caracas se puso en modo Castro, hablando de “grosera injerencia” e “izquierda cobarde”. Maduro escupió sobre la mesa la palabra “magnicidio”, una carta que el barbudo cubano habría usado unas 638 veces.

Es evidente que casi nadie confía en que el régimen de Caracas vaya a jugar limpio. El vicepresidente del Psuv, Diosdado Cabello, advirtió de manera tajante que la oposición no volvería a gobernar “ni por las buenas, ni por las malas”.

Existen informes de cómo la inteligencia cubana habría manipulado elecciones anteriores. En el año 2013 el cubano Raciel García Ceballos fue señalado como el líder de un equipo que, desde Cuba, controlaba los datos de los venezolanos. Presumiblemente, alrededor de 1,2 millones de posibles votantes opositores habrían sido reubicados en colegios electorales alejados de sus residencias.

Otro escándalo fue el de la empresa cubana Albet S.A., encargada del sistema de cedulación en Venezuela. Como no poseían ni los conocimientos ni los recursos tecnológicos necesarios, subcontrataron a la empresa mexicana Gemalto para hacer el trabajo duro. Cuba se embolsillaba sin esfuerzo cifras millonarias, así como el control de todos los datos de los venezolanos. No en balde, el ex presidente español Felipe González reafirmó el pasado miércoles que “Maduro ha convertido a Venezuela en una colonia cubana”.

La inmensa mayoría de las encuestas dan como vencedor al candidato opositor Edmundo González. Solo unas pocas le conceden el triunfo a Maduro. Entre esas contadas excepciones está DataViva, a quien Nicolás alabó como “científica, seria y de carácter internacional”. Pues resulta que esta encuestadora fue creada hace apenas un año, solo ha publicado ocho encuestas, todas están realizadas en Venezuela y sus muestras son elegidas en bases de misiones, es decir, entre la población que más depende de las ayudas del Gobierno. Si buscas DataViva en Facebook, descubres que tiene 23 seguidores y 7 likes. Si la buscas en X, la cuenta está suspendida desde hace meses.

Muchos se preguntarán: si no se van por las buenas ni por las malas, ¿para qué ir a las urnas? ¿Acaso no sería legitimar un proceso fraudulento? El asunto es que la abstención, hasta ahora, ha demostrado tener solo un valor simbólico. En la práctica, renunciar a las urnas sería regalarles ese espacio, sin que ellos muevan ni una uña. Algunos hablan de la posibilidad de que Maduro haya pactado su salida. En ese hipotético caso, tal vez la inteligencia cubana se encargue de “sembrarlo”, como a Chávez.

Si la Casa de las Américas quiere llorar, que lo haga sobre el submarino nuclear y los tres barcos de guerra rusos que se pasean por sus puertos. Si quieren que algún intelectual adicto al mojito los apoye, sigan hablando de Palestina, pero eviten hacerlo de Maduro. Porque Maduro apesta, y ese olor se siente a la derecha, a la izquierda y en los “cinco puntos cardinales”. Ah… ¿qué no son cinco?