Vía Aleph
El texto del artículo adopta deliberadamente un marco distinto del dominante. No niega los riesgos de la automatización; cuestiona que debamos seguir tratando el empleo humano como un fin en sí mismo cuando la tecnología puede empezar a permitir separar trabajo, renta y dignidad. Que algunas personas encuentren en su profesión una vocación profunda –yo tengo la suerte de estar entre ellas– no convierte esa experiencia en norma universal ni justifica organizar toda la vida social en torno a la obligación de trabajar para sobrevivir cuando la tecnología nos puede ofrecer en los próximos años nuevas alternativas. La cuestión de fondo no es si la IA transformará el trabajo, sino si sabremos repartir con justicia la libertad material que puede generar.
El marco dominante sobre inteligencia artificial, que nos inunda con titulares catastrofistas en prensa, reproduce un dogma de manera acrítica: si la IA destruye empleo, estamos ante una catástrofe. Ese marco confunde un medio con un fin. El trabajo remunerado ha sido durante siglos el principal mecanismo de acceso a la renta, pero de ahí no se deduce que deba seguir siendo el centro organizador de la vida humana cuando las máquinas asumen una parte creciente de las tareas que antes exigían nuestro esfuerzo. La cuestión no es defender el empleo a toda costa, sino proteger a las personas cuando el empleo deja de ser necesario. Esa es la discusión que deberíamos estar teniendo frente a la ola que viene.
El pánico a la automatización choca con una realidad incómoda. El informe State of the Global Workplace 2025 de Gallup —encuestas en más de 160 países— revela que solo el 21% de los trabajadores del mundo está comprometido con su empleo. El 62% no está comprometido (lo que popularmente se ha etiquetado como “quiet quitting”) y el 17% está activamente desvinculado. Esa desconexión costó 438.000 millones de dólares en productividad perdida solo en 2024.
En Europa las cifras son peores: apenas un 13% de compromiso, la región con menor engagement del mundo, frente al 73% de trabajadores no comprometidos y un 15% activamente desvinculado. Francia registra un 8% de compromiso, España un 9% e Italia un 10%. Esto no demuestra que la mayoría odie su empleo, pero sí que una parte enorme lo vive con distancia, resignación o desgaste. Si a eso le sumamos que el 56% de los empleados españoles reconoce acabar su jornada con altos niveles de estrés según el Barómetro del Talento 2025 de ManpowerGroup, la conclusión es clara: una proporción muy significativa de personas tolera su trabajo por necesidad económica, no como actividad vocacional. Defender a ultranza la conservación de esas tareas no es defender a los trabajadores; es defender una estructura que ya no funciona para la mayoría.
Conviene recordar algo elemental. En España, el 42 % de la población trabajaba en agricultura en 1960; hoy apenas el 4%. En Estados Unidos, del 60% en 1850 al 2% actual, mientras la producción total se multiplicó. No llamamos a ese proceso catástrofe; lo llamamos transformación estructural. Hubo desarraigo y dolor social, pero nadie desearía volver a un mundo donde la mayoría viviera doblando la espalda de sol a sol. Y esa transición se produjo sin ninguna red de seguridad comparable a la que podríamos diseñar hoy. No añoramos el trabajo penoso perdido; discutimos cómo se repartieron los beneficios. Y eso es exactamente lo que vuelve a plantear la IA: no si las máquinas harán trabajo, sino quién se queda con los dividendos de ese trabajo.
El contraargumento habitual, más allá de la economía, dice que sin empleo el ser humano pierde su propósito. La investigación sobre jubilación lo matiza con fuerza. En Estados Unidos, el MassMutual Retirement Happiness Study (2024) encontró que el 67% de los jubilados se declara más feliz desde que dejó de trabajar. Un metaanálisis europeo de 2025 con 32 estudios confirmó un efecto positivo y significativo de la jubilación sobre el bienestar, y otra revisión con más de 557.000 sujetos concluyó que jubilarse reduce el riesgo de depresión en torno al 20%. La distinción clave es voluntaria frente a forzosa: cuando la persona elige y su renta está asegurada, la mayoría redefine su sentido vital lejos de la obligación laboral. No es una prueba definitiva sobre una futura sociedad postrabajo, pero sí desmonta la intuición de que sin empleo remunerado llega necesariamente el vacío.
No es casual que la palabra jubilación venga del latín iubilare: gritar de alegría. Por supuesto, hay personas que no desean jubilarse y que encuentran en su profesión una fuente insustituible de propósito; el argumento no es prohibir el trabajo ni pretender que desaparezca, sino, ahora que una nueva tecnología muy poderosa va a ir sentando, junto a la robótica, las condiciones para ello, hacerlo opcional. Precisamente por eso la clave no es eliminar el trabajo, sino garantizar el ingreso.
Lo que la jubilación demuestra es que, con estabilidad económica, la mayoría de las personas no cae en la inercia sino que reorganiza su vida con sentido. Durante algunas décadas seguirá existiendo, además, un porcentaje relevante de trabajos que tendremos que seguir haciendo los humanos —desde los cuidados a la supervisión de sistemas complejos—, y los asumirán principalmente quienes encuentren en ellos vocación o deseen un nivel de ingresos mayor. Esa es exactamente la hipótesis que exploran los pilotos de renta básica.
Conviene recordar que cada gran mecanismo de protección social fue recibido con el mismo escepticismo. Cuando Bismarck impulsó en la década de 1880 las primeras pensiones de jubilación en Alemania, buena parte de la oposición liberal las denunció como un paso hacia la dependencia del Estado; el economista y parlamentario Eugen Richter llegó a calificarlas como una deriva “no socialista, sino comunista”. El propio Bismarck respondió a esas críticas con una mezcla de pragmatismo y desdén: “llámenlo socialismo o como quieran; para mí es lo mismo”. Décadas después, Franklin Roosevelt recibiría acusaciones muy similares al desarrollar la Seguridad Social en Estados Unidos. Hoy nadie cuestiona seriamente el derecho a una pensión. La renta básica ocupa ahora el mismo lugar incómodo que las pensiones ocuparon hace ciento cuarenta años: una idea que parece imposible hasta que deja de serlo.
Es cierto que la IA también creará empleos que hoy no podemos imaginar, como cada revolución tecnológica anterior. Pero hay una distinción clave: a diferencia del telar o del motor de combustión, la IA es la primera tecnología capaz de mejorar sus propias capacidades. Eso significa que los saltos de productividad que permite no serán puntuales sino acumulativos, y en muchos sectores el volumen de trabajo humano necesario para sostener la producción caerá más rápido de lo que el consumo puede absorber —salvo quizá en ámbitos como la sanidad o los cuidados, donde la demanda insatisfecha es enorme—.
En ese contexto, mecanismos como la renta básica no son solo una cuestión de justicia: son también una herramienta para sostener la demanda y evitar que el propio sistema económico se contraiga por falta de consumidores con capacidad de gasto. Esto no implica que la transición vaya a ser inmediata ni lineal, sino que obliga a replantear los fundamentos del sistema actual.
Negar que la IA pueda causar un impacto laboral doloroso sería ingenuo. Pero la cuestión central no es frenar la automatización, sino capturar y redistribuir sus ganancias de productividad. Los pilotos de renta básica universal (aunque hechos en un contexto muy diferente al que tendremos en los próximos años) lo confirman con datos, no con teoría. En Finlandia (2017-2018), los receptores mejoraron su salud mental sin abandonar el mercado laboral. El gran estudio de OpenResearch en Estados Unidos reveló un matiz decisivo: quienes recibieron renta garantizada trabajaron algo menos de media, pero fueron un 10% más propensos a buscar empleo y mostraron mayor preferencia por trabajos significativos. La seguridad material no eliminó la agencia; redujo la desesperación y amplió la capacidad de elegir. El reciente programa irlandés de renta para artistas cerró el círculo: más tiempo dedicado a la creación, menos ansiedad y un retorno social estimado de 1,39 euros por cada euro invertido.
Dos vías ya están seriamente sobre la mesa y una tercera empieza a abrirse camino. La primera es gravar los beneficios extraordinarios de la automatización: la tasa robot que Bill Gates propuso en 2017, compleja de diseñar pero difícilmente descartable como principio de justicia distributiva. La segunda es captar rentas de la infraestructura energética y de datos de la IA: la Agencia Internacional de la Energía proyecta que el consumo eléctrico de los centros de datos se duplicará hasta alcanzar unos 945 TWh en 2030 —desde los 415 TWh de 2024—, y si la nueva economía descansa sobre recursos compartidos y finitos, tiene sentido que una parte de ese valor retorne a la sociedad. La tercera, aún sin mecanismos maduros, es quizá la más poderosa en términos de justicia: un dividendo de datos. Los grandes modelos de IA no se han entrenado en el vacío; se han alimentado de millones de artículos, blogs, fotografías, foros y líneas de código generados por personas corrientes durante décadas. Ese contenido fue utilizado masivamente sin un esquema claro de compensación. Un dividendo de datos no sería una limosna estatal, sino algo más parecido a unos royalties atrasados por el capital intelectual colectivo que todos hemos aportado. California formuló explícitamente esa idea en 2019, inspirada en el Fondo Permanente de Alaska, y Jaron Lanier lleva una década argumentando que los datos son trabajo no remunerado. La implementación es compleja, pero el principio es difícilmente rebatible.
Pensemos en un traductor de chino atrapado hoy en la monotonía de adaptar a nuestro idioma manuales técnicos de aspiradoras y otros productos tecnológicos para llegar a fin de mes. Con las necesidades cubiertas y la IA asumiendo la parte mecánica, esa persona podría elegir traducir poesía china clásica, enseñar o emprender. No es que todo el mundo vaya a convertirse en artista. El argumento es más modesto y más potente: una sociedad rica en automatización puede permitir que mucha más gente organice su vida alrededor de vocaciones, cuidados o proyectos propios, y no solo alrededor de lo que el mercado remunera con urgencia.
Hay además un efecto que el discurso del miedo ignora por completo: desacoplar la supervivencia del empleo podría desencadenar la mayor ola de emprendimiento de la historia. Hoy, la mayoría de las personas no emprende porque el coste del fracaso es insoportable. Sin colchón material, innovar es un privilegio de quien ya tiene patrimonio o redes. Un ingreso garantizado suficiente, combinado con herramientas de IA cada vez más baratas, abriría la puerta a miles de personas que usarían esa misma inteligencia artificial para crear negocios, resolver problemas y generar riqueza desde la creatividad, no desde la desesperación. La libertad económica real no consiste solo en poder consumir; consiste también en poder arriesgar sin jugarse la supervivencia.
La frase bíblica “ganarás el pan con el sudor de tu frente” (Génesis 3:19) no es un mandato vocacional eterno: fue concebida como consecuencia del pecado original, no como modelo de vida plena. De hecho, el pensamiento clásico lo entendía perfectamente. Para la tradición estoica y pensadores como Séneca, la verdadera tragedia del ser humano no era la ausencia de trabajo, sino el derroche de nuestro escaso tiempo vital en ocupaciones vacías que nos alejan del dominio de nosotros mismos. El otium (el tiempo para el cultivo personal, la razón y la virtud cívica) era el estado natural del ciudadano libre, mientras que el negotium (el negocio, literalmente la negación del ocio) se toleraba apenas como una servidumbre necesaria.
Fue mucho después cuando la historia dio un giro perverso. Max Weber documentó magistralmente cómo la ética protestante y el naciente capitalismo industrial se encargaron de convertir esa consecuencia en la máxima virtud social. De repente, el agotamiento productivo (del que algunos, que somos más bien adictos al trabajo, sabemos bastante) pasó a ser un imperativo moral. Bertrand Russell ya se rebeló contra este engaño en 1932; al exigir la jornada de cuatro horas, denunció con lucidez que la veneración del trabajo incesante era, en el fondo, la moral de los esclavos.
Durante dos siglos, esa inversión moral se mantuvo porque la tecnología aún exigía trabajo humano masivo. Hoy, por primera vez en la historia, empezamos a tener la capacidad tecnológica para revertir esa anomalía y materializar nuestra liberación —aunque el ritmo al que la IA asuma tareas sigue siendo incierto y dependerá tanto de avances técnicos como de decisiones políticas—. Lo único que nos falta es la arquitectura institucional para garantizar que los inmensos dividendos de la automatización lleguen a toda la sociedad y no solo a las empresas que desarrollan la tecnología. La pregunta que definirá nuestro tiempo no es si la inteligencia artificial nos quitará el trabajo. La verdadera encrucijada es mucho más profunda: si la IA, junto a la robótica, elimina, en los próximos años y décadas, la necesidad del esfuerzo humano forzoso, ¿utilizaremos esa victoria para expandir la libertad de la mayoría, o para atrincherarnos en la defensa de empleos que ya no aportan valor mientras la riqueza se concentra aún más? La diferencia entre una distopía de exclusión y el renacimiento de una sociedad libre no la va a decidir un algoritmo. La decidiremos nosotros.
Fernando Nieto Lobato
Director de Innovación Digital de la Institución Educativa ALEPH y director de estrategIA



