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Por qué la red Starlink podría convertir al espacio en el nuevo monopolio de las comunicaciones humanas

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Decenas de satélites Starlink esperan su despliegue en el interior de una nave de SpaceX. A unos cientos de kilómetros de la superficie terrestre, parecen piezas de una misma máquina gigantesca. Y, en cierto modo, lo son.

Gizmodo

Elon Musk, fundador de SpaceX, Tesla, X y xAI, está construyendo una constelación orbital sin precedentes: 42.000 satélites capaces de transmitir datos a 200.000 millones de bits por segundo. Su meta no es solo conectar el planeta, sino reemplazar toda la infraestructura de cables y antenas terrestres.

Por primera vez en la historia, una sola empresa podría controlar las rutas invisibles por donde circulan las comunicaciones, la economía digital y la inteligencia artificial del mundo.

El nuevo poder del siglo XXI

Durante décadas, el poder estuvo en la tierra: en los pozos de petróleo, en las fábricas, en las rutas marítimas. Hoy se mide en bytes. Nueve de las diez personas más ricas del planeta pertenecen al mismo sector: tecnología, datos e inteligencia artificial. Solo Bernard Arnault, de LVMH, sigue representando el viejo mundo del lujo.

Musk, con su dominio de los cielos, ha convertido el espacio en la próxima frontera económica. Si el siglo XIX fue el de los ferrocarriles y el XX el del petróleo, el XXI podría ser el siglo de las órbitas.

Starlink no es solo un negocio de Internet satelital: es la infraestructura invisible sobre la que se asienta el futuro digital. Y Musk ya tiene una ventaja que nadie más puede alcanzar.

El negocio más grande del planeta (y del espacio)

Lanzada en 2015, Starlink nació con la promesa de llevar Internet a cada rincón del planeta. Hoy, con casi 9.000 satélites activos, ya domina el mercado global frente a competidores como OneWeb (Eutelsat) o el Proyecto Kuiper de Jeff Bezos.

El salto de SpaceX fue técnico y económico. Musk logró recuperar los cohetes tras el lanzamiento, reduciendo el costo por kilo de carga en órbita de miles a apenas cientos de dólares. Ahora, con su nuevo superlanzador Starship, podrá colocar cientos de satélites en un solo vuelo.

El plan final es abrumador: una red de 42.000 satélites interconectados que transmitan datos a menor costo que cualquier red terrestre. Y no solo eso: los nuevos modelos incluirán centros de datos en órbita, procesando información de inteligencia artificial directamente desde el espacio.

En otras palabras, una nube literal: servidores flotando sobre nosotros.

Un poder sin precedentes

Starlink está valorada en 400.000 millones de dólares y pronto podría independizarse de SpaceX para cotizar en bolsa. Los analistas prevén que su valor podría superar al de Nvidia. Si eso ocurre, Musk no solo se convertiría en el primer “trillonario”, sino en el dueño de la infraestructura más crítica del siglo XXI.

Porque, al contrario que Google, Amazon o Microsoft, que dependen de cables y centros de datos en tierra, Starlink controla el medio por donde circulan esos datos. Desde un punto de vista técnico, Musk tendría el poder de ralentizar, priorizar o bloquear comunicaciones a escala global.

Su relación con el gobierno estadounidense también añade un matiz geopolítico: Starlink no podría operar sin las licencias de la Federal Communications Commission (FCC) ni los lanzamientos de la NASA y la Fuerza Espacial de EE.UU.. Pero, al mismo tiempo, Estados Unidos depende de Musk para mantener su liderazgo en el espacio.

Esa interdependencia crea algo nuevo: una simbiosis entre el Estado más poderoso del mundo y un empresario con poder orbital.

¿Un monopolio del espacio?

En 2025, Estados Unidos rompió todos los récords: 154 lanzamientos espaciales, frente a 69 de China, 13 de Rusia y solo 5 de Europa. El 90 % de las toneladas puestas en órbita pertenecen a empresas estadounidenses, la mayoría de ellas a Starlink.

El resultado es claro: Musk controla el 80 % de los satélites operativos del planeta. Y, a diferencia de Google o Meta, su red no se aloja en ningún país. Flota sobre todos ellos.

Ese detalle —la ubicación legal del espacio— podría ser el mayor desafío del siglo: ¿a quién pertenece la red que cruza nuestras fronteras desde el cielo?

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