El Reino Unido será irreconocible a finales de este siglo si nada cambia, y rápido. La población británica sufrirá una transformación demográfica irreversible fruto de décadas de inmigración masiva: los británicos blancos se convertirán en minoría en 2063. Para 2079, los inmigrantes y sus descendientes serán mayoría en el país. Y para el año 2100, cerca de uno de cada cuatro habitantes en el Reino Unido profesará el islam, una proporción que alcanzará a uno de cada tres entre los menores de 40 años.
La semana pasada, nuevos datos publicados por la Oficina Nacional de Estadística confirmaron que estas tendencias ya están en marcha. Más de uno de cada tres bebés nacidos en Inglaterra y Gales en el último año tiene una madre nacida fuera del Reino Unido. En Inglaterra, la cifra supera ya el 40%, récord histórico y casi diez puntos más alta que hace menos de una década.
Londres encabeza este proceso de transformación: en seis distritos de la capital —City, Brent, Newham, Harrow, Ealing y Westminster— más del 80% de los bebés tiene al menos un progenitor nacido en el extranjero. Pero el fenómeno no se limita a la capital. Ciudades como Luton, fuera de Londres, alcanzan cifras similares, con un asombroso 79% de los bebés nacidos en familias con al menos un padre o madre extranjero.
En decenas de localidades por todo el país, desde Southampton hasta Derby, de Reading a Milton Keynes, la mayoría de los bebés nacen ya en familias enraizadas en otras culturas y tradiciones.
Este cambio, más allá de lo demográfico, plantea preguntas fundamentales sobre la democracia británica, la identidad nacional y la cohesión social. Durante tres décadas, los británicos han exigido de manera reiterada menos inmigración y una integración más lenta. Sin embargo, las élites políticas, tanto laboristas como tories, han ignorado esta demanda mayoritaria.
La inmigración masiva también debilita el sentimiento nacional. La previsión de que para 2079 la mayoría de la población esté formada por extranjeros y sus descendientes plantea un futuro con una identidad británica diluida, sin raíces profundas en la historia, la cultura y la memoria colectiva de la nación. ¿Cómo puede mantenerse una nación sin un mínimo de identidad compartida?
A esta amenaza se suma la dimensión cultural. Ya no llegan inmigrantes europeos con tradiciones similares, sino en su mayoría procedentes de países como Pakistán, Afganistán, Irak o Nigeria, con culturas, valores y religiones muy diferentes. Este fenómeno ya se aprecia en localidades como Luton, Slough o Watford, donde la convivencia y la prosperidad se han resentido.
El caso más dramático y reciente del choque cultural en el Reino Unido son las redes de violadores pakistaníes en ciudades inglesas, donde actitudes profundamente misóginas y clanes familiares reprodujeron prácticas que devastaron comunidades enteras.
Mientras tanto, en Westminster nadie parece dispuesto a debatir estas cuestiones. Las élites prefieren cruzar los dedos y esperar que este experimento radical de inmigración masiva y descontrolada «funcione» por sí solo.