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La monstruosa reforma del aborto en Gran Bretaña y los responsables de esta deriva

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Ayer, la izquierda británica perpetró un nuevo y grave ataque contra el derecho a la vida, que es uno de los pilares de la democracia.

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Según señala Catholic Vote, esta reforma, promovida por el Partido Laborista (un partido socialista que es el socio británico de la Alianza Progresistauna reforma despenaliza el aborto hasta el nacimiento e incluso durante el parto en Inglaterra y Gales. Esta medida es una auténtica monstruosidad, como también lo es el aborto provocado en cualquier otro momento del embarazo.

Estamos ante un nuevo ejemplo de pendiente resbaladiza: tras legalizar el aborto, ahora se abren las puertas al infanticidiocomo ya ocurrió en 2022 en tres estados de EEUU (California, Vermont y Michigan), en manos del Partido Demócrata, que es el socio estadounidense de la Alianza Progresista.

Esa coincidencia no es casual, obviamente: la izquierda ha convertido la cultura de la muerte (como San Juan Pablo II definió acertadamente a la promoción del aborto) en uno de sus principales estandartes. Lamentablemente, en el resto del mapa político hay una lamentable tendencia a ceder ante esa promoción de la muerte por la izquierda. Eso explica la deriva proaborto del Partido Popular Europeo (que gobierna en la Comisión Europea de la mano de los socialistas) y el apoyo al aborto por parte de Marine Le Pen y de la mayoría de los diputados de su partido, Rassemblement National, el año pasado cuando la izquierda promovió su incorporación a la Constitución francesa.

Como he dicho al comienzo, el derecho a la vida es uno de los pilares de la democracia. Llevo años denunciando que sin un firme respeto por la vida humana, incluida la de los seres humanos en su edad prenatal, la democracia se degrada y se abren las puertas a nuevos abusos. Los ejemplos, por desgracia, son abundantes: ahí tenemos los ataques a la libertad de expresión, a la presunción de inocencia, a la independencia judicial y a la libertad de prensa, ataques promovidos por los mismos que empezaron situando su diana sobre los niños por nacer.

Obviamente, no hay democracia que resista el afán de su clase política por demolerla frente a la pereza o la cobardía de quienes deben defenderla. La democracia, obviamente, no es un sistema perfecto, como no puede serlo ningún sistema político, ya que todos dependen de seres humanos. Hay una frase atribuida a Winston Churchill que afirma: «la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han intentado«. Basta con ver a nuestro alrededor para comprobar hasta qué punto esto es cierto. Los que creen que con una dictadura como la de Putin se podría resolver algo así suelen pasar por alto que Rusia es uno de los países con mayor tasa de abortos del mundo. Ese club de dictaduras donde el aborto bate marcas cuenta también con miembros como la China comunista, Cuba y Vietnam.

Hace dos años, Francisco José Contreras, un referente del liberalismo conservador y un gran defensor de la vida humana, criticó así la equivocada respuesta de algunos en una entrevista con Álvaro Peñas en Deliberatio.eu:

«Ante esta deriva woke del Occidente progresista y toda la destrucción que conlleva, se corre el peligro de, como dirían los anglos, “tirar al niño con el agua del baño”. Como la idea de derechos humanos se está volviendo absurda por ampliación infinita y porque cada semana se inventa un nuevo derecho (algunos aberrantes, como el aborto o el “cambio de sexo”), pues entonces tiramos a la basura la idea misma de los derechos humanos. Eso es un error, porque los derechos humanos clásicos, los verdaderos, siguen teniendo mucho sentido. Son precisamente la garantía de protección del ciudadano frente al totalitarismo siempre posible o la omnipotencia del Estado. Hay que seguir defendiendo el derecho a la vida, la libertad religiosa, de expresión, de pensamiento y asociación, o la igualdad ante la ley. No podemos renunciar a la idea de derechos individuales por el hecho de que los woke se inventen un derecho absurdo cada semana».

Suscribo las palabras de Contreras. Obviamente, reparar los daños que la izquierda está haciendo a la democracia no va a ser fácil. Será un camino arduo y que precisará de grandes dosis de tenacidad, de una gran fuerza de voluntad y también de una considerable firmeza de principios. Quienes proponen atajos autoritarios para resolver esto tienen la misma credibilidad que un vendedor de crecepelo. De hecho, hasta ahora por la vía que ellos proponen no se ha resuelto absolutamente nada en el ámbito del derecho a la vida, y tampoco han tenido la gentileza de explicar con qué fuerza (militar, cabe suponer) cuentan para liquidar esa democracia a la que señalan como culpable y reemplazarla por otro régimen que, supuestamente, resolvería todos los problemas.

Por el contrario, dentro de la democracia se han ganado batallas en defensa de la vida tan importantes como la desaparición del aborto como derecho en EEUU en 2022 y la abolición del aborto eugenésico en Polonia en 2020. Podrían haberse ganado más, ciertamente, pero hay que reconocer que algunos partidos conservadores no están mostrando un especial interés por este tema. Basta con ver que en Italia y la República Checa no ha habido cambios al respecto.

Con esto debemos asumir un hecho triste pero evidente: la izquierda no es la única responsable de esta deriva: también lo es la pereza, la dejadez y la debilidad de principios de gran parte de la derecha, además de la torpeza de aquellos que -más allá de la derecha- usan el aborto como un mero pretexto para blanquear sus recetas autoritarias, haciendo así un gran favor a los promotores de la cultura de la muerte.

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