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Si te afecta el problema de otro, el problema es tuyo

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Cuando digo, en el trabajo psicoterapéutico, que si el problema del otro te afecta, el problema es tuyo, muchos pueden pensar en la solidaridad. Sin embargo, realmente pensar que el problema del otro te afecta es cuestionar la actitud neurótica de culpar a los demás y justificar los propios problemas, angustias y frustraciones como causados, dictados y provocados por el otro. Las actitudes solidarias también pueden explicarse por el hecho de verse afectado por los problemas del otro. Pero, esta actitud de solidaridad se genera por una observación de la necesidad del otro, el foco de la observación está en el otro, muy diferente de lo que ocurre cuando se atribuye al otro el núcleo de la propia dificultad, del propio problema.

Por: Vera Felicidade de Almeida Campos – Meer / Traducción libre del inglés de Morfema Press

Las diferencias en actitudes de solidaridad, empatía, ira y atribución de culpa o miedo, por ejemplo, se explican por contextualización, por estructuras relacionales. En el contexto de la disponibilidad, percibir al otro, al similar, genera encuentro. En contextos autorreferenciales, en los que uno es el centro del mundo, los deseos y comportamientos se determinan reduciéndolos a la contingencia y las actitudes se generan por las propias necesidades y frustraciones. En estas estructuras, el otro es el detonante de la ira, el miedo, la envidia, la codicia, actitudes comprometidas con los resultados y justificaciones de las propias incapacidades, frustraciones y miedos. En las relaciones afectivas, en las relaciones familiares, es muy común encontrar opresor y oprimido, víctima y verdugo. Estas caracterizaciones y estas posiciones generan culpas, omisiones y angustias.

En la dinámica relacional, en las experiencias psicológicas, ajustarse a quienes desprecian, humillan y entorpecen, suele ser una imposición de sobrevivencia. Este «no hay salida» resulta del reduccionismo a las propias necesidades. Negando todas y cada una de las posibilidades, reducido a la supervivencia, el ser humano se deshumaniza. Esta alienación lo transforma en objeto; por eso se siente receptáculo, blanco de todo lo que se le arroja; él es siempre la víctima y así logra evadir la responsabilidad y la autonomía. La pérdida de autonomía es percibida por él como un punto de justificación; es el beneficio final: la culpa es del otro, del sistema, de la sociedad, de la familia, de la escuela y en fin, de los demás. En estas situaciones es muy difícil percibir que si el problema del otro te afecta, el problema es tuyo.

La participación y la omisión generan soluciones tanto como pueden problematizar. La desconsideración suscita cuestionamientos y denuncias, tanto como pasiva o coopta. La diversidad de actitudes definirá la sumisión y la pasividad; hará perceptibles los límites o normas impuestas, arbitrarias y prejuiciadas, así como la posibilidad de transformarlos asumiendo las propias motivaciones e identidad. Siempre que el problema de otra persona te afecta, te hace infeliz, te preocupa o te culpa, el problema es tuyo. Darse cuenta de este proceso, cuestionar ambigüedades y certezas es liberador porque tener problemas bajo el control de uno mismo, a su disposición, es lo que permite el cambio, la reestructuración y la liberación.

Muchas veces, ante prejuicios como la discriminación por ser negro, por ser gordo, por ser inmigrante, es casi inútil decir que si el problema del otro te afecta, el problema es tuyo. Sin embargo, este aparente despropósito desaparece cuando se cuestionan los valores, cuando se discute la aceptación de la propia identidad, la propia apariencia e historia, la autonomía y la seguridad.

Ser masacrado/humillado o abusado en situaciones repentinas no permite vivencias de justificaciones dadas por la persona que es víctima de ellas. El abuso, la agresión y la malicia son enfáticos y apodícticos. Estas situaciones se enfrentan o se olvidan, por lo que no se consideran resultado del problema propio o del otro. Los desplazamientos y los deslices para crear justificaciones son imposibles ante lo inesperado y lo irrazonable. No se trata de autorreferencialidad, sino de una realidad que se niega, se oculta o se extirpa y transforma. Si hay repetición, la frecuencia de lo ocurrido puede generar justificaciones y explicaciones, culpas e infinitos desplazamientos en los que se experimenta la autorreferencia, y por tanto todo pasa a ser explicado como “culpa del otro”.

Cada vez que el problema de otra persona te afecta, el problema es tuyo. Asumiendo estos datos relacionales, sabiendo que nada está aislado, estructura la autonomía, la libertad y la disponibilidad necesarias para cualquier acción que pretenda cuestionar los prejuicios y las discriminaciones sociales, acciones que son fundamentales para la experiencia de la vida misma.

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