En pleno Caribe, donde el USS Gerald R. Ford, el portaaviones más avanzado de la Marina de EE.UU., ha irrumpido esta semana junto a la Quinta Flota, avivando tensiones con Venezuela y operaciones antinarcóticos, surge una pregunta inevitable: ¿Quién fue Gerald Ford, el hombre que bautiza esta mole de acero?
Nacido el 14 de julio de 1913 en Omaha, Nebraska, como Leslie Lynch King Jr., Ford —hijo de un padre ausente y de una madre valiente— creció en Grand Rapids, Michigan.
Apellido adoptado de su padrastro, un pintor de brocha gorda. Joven estrella del fútbol americano en la Universidad de Michigan, donde jugó como centro, Ford soñaba con la NFL, pero Yale lo tentó con una maestría en Derecho. Terminó como abogado y entrenador de boxeo en la Ivy League.
La Segunda Guerra Mundial lo catapultó: se alistó en la Marina, sirvió en el portaaviones USS Monterey y sobrevivió a un tifón en el Pacífico. Condecorado con una Estrella de Bronce, volvió como héroe.
En 1948, irrumpió en la política como congresista republicano por Michigan. Leal, moderado y trabajador, acumuló 25 años en la Cámara Baja, llegando a líder de la minoría. «El tipo más honesto de Washington», decían.
El Watergate lo elevó al olimpo: en 1973, tras la renuncia de Spiro Agnew por corrupción, Nixon lo nombró vicepresidente. Un año después, con Nixon hundido en escándalos, Ford juró como presidente el 9 de agosto de 1974. Único en la historia: ni elegido presidente ni vicepresidente.

Su mandato (1974-1977) fue un vendaval. Perdonó a Nixon un mes después, un acto de «misericordia nacional» que le ganó enemigos y le costó la reelección en 1976 ante Jimmy Carter. Enfrentó inflación galopante, el fin de Vietnam y la crisis energética. Corto de estatura (1.83 m, pero torpe en las escaleras), se volvió meme por caídas públicas, aunque era un atleta consumado.
Derrotado, se retiró a Rancho Mirage, California, con Betty, su esposa de toda la vida. Escribió memorias, jugó golf y vivió hasta los 93 años, muriendo en 2006.
Hoy, mientras su homónimo surca el Caribe —entra en la zona el 11 de noviembre para misiones de disuasión—, Ford nos recuerda: el poder no siempre brilla, pero la integridad navega contra tormentas. ¿Su legado? Un recordatorio de que hasta los presidentes tropiezan, pero el mar perdona.



