Hacía menos de un mes que el líder del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP), Adolf Hitler, había sido nombrado canciller, aunque los nazis todavía distaban mucho de ser la fuerza mayoritaria en el Parlamento. No había sido un nombramiento fácil: el presidente Paul von Hindenburg lo había designado a regañadientes el 30 de enero de 1933, presionado por los partidos conservadores que pensaban utilizarlo como instrumento para sus políticas y también como freno frente a lo que veían como un peligroso avance de la izquierda representada por los comunistas. Los nazis habían celebrado esa victoria política con una marcha con antorchas por las calles de Berlín, con Hitler y sus colaboradores observándolos desde uno de los balcones de la cancillería. Sin embargo, todavía distaban de haber logrado la suma del poder, porque solo dos miembros del partido de Hitler integraban el gabinete, aunque sí en posiciones importantes. Una de ellas sería clave en los días que se avecinaban: la de Herman Göring, como ministro sin cartera con control sobre las fuerzas policiales de casi todo el país. Así las cosas, para consolidarse, Hitler necesitaba un hecho resonante que obligara a sus aliados a delegarle todas las funciones. Los historiadores todavía discuten si lo que ocurrió fue una casualidad o una operación de falsa bandera ideada por los propios nazis para precipitar los acontecimientos.
Por: Daniel Cecchini – Infobae
El reloj marcaba las 21.26 de la fría noche del 27 de febrero de 1933 cuando la central de bomberos de Berlín recibió la llamada de un ciudadano alarmado —cuyo nombre no ha pasado a la historia— que avisaba que se estaba quemando el edificio del Reichstag. Cuando llegaron los primeros bomberos, el fuego que se había iniciado en la sala de concesiones ya estaba devorando la inmensa mole de la sede del Parlamento y las llamas y el humo teñían de un naranja sucio el cielo de la capital alemana. Una multitud se reunió para contemplar, atónita, el espectáculo que, al día siguiente, más de una crónica calificaría de “dantesco”, sin saber que también estaba asistiendo a otro infierno, el del principio del fin de la democracia en Alemania y el nacimiento del Tercer Reich.
La policía al mando de Göring actuó con una llamativa rapidez. Esa misma noche descubrió y arrestó de inmediato al presunto autor del incendio: Marinus van der Lubbe, un albañil neerlandés de 24 años recién llegado a Alemania, desocupado y oportunamente comunista, para más datos. La versión oficial señaló que los agentes encontraron a van der Lubbe dentro del edificio y que rápidamente confesó la autoría del incendio. Lo que no se informó fue que el albañil se declaró culpable de iniciar el fuego después de ser brutalmente torturado en las mazmorras de la jefatura de policía de la capital alemana.
La excusa ideal
Hitler y Göring llegaron al edificio incendiado antes de que las llamas se apagaran. “Este es el comienzo de una revolución comunista. Ahora atacan. No tenemos tiempo que perder”, dijo Göring. Poco después, Hitler anunció: “A partir de ahora no vamos a mostrar ninguna misericordia. Quien se interponga en nuestro camino será sacrificado”.
Después de la guerra, el general alemán Franz Halder hizo una declaración jurada ante los aliados. “En un almuerzo con ocasión del cumpleaños del Führer en 1943, las personas alrededor del Führer dirigieron la conversación hacia el incendio del Reichstag y su valor artístico. Escuché con mis propios oídos como Göring irrumpió en la conversación y gritó: el único que realmente sabe sobre el edificio del Reichstag soy yo, porque yo lo prendí fuego. Y diciendo esto, dio una palmada”, relató.
Cierto o no, al día siguiente del incendio, Hitler le arrancó al presidente alemán el “Decreto del Incendio del Reichstag”, que declaraba el estado de emergencia y anulaba la mayoría de las disposiciones sobre derechos fundamentales de la Constitución de 1919 de la República de Weimar.
A partir de allí su escalada hacia el poder absoluto fue tan vertiginosa como imposible de detener. En este clima de intimidación, el 5 de marzo de 1933 —menos de una semana después del incendio— se realizaron las elecciones federales que fueron el paso previo y casi definitivo a instaurar la dictadura nazi. La fecha dejó una profunda impronta en la historia alemana, no solo porque fueron los últimos comicios de la República de Weimar, sino porque serían también las últimas elecciones en las que se utilizó el sistema de representación proporcional por listas, y las últimas realmente competitivas que se realizarían en una Alemania unida hasta las elecciones de 1990, tras la caída del Muro de Berlín.
Goebbels y la manipulación
Para ganar esas elecciones, el canciller Hitler utilizó todos los recursos del Estado que tenía a su alcance, lo que sería determinante para la victoria. La naturaleza de esa maniobra quedó escrita de puño y letra por uno de los hombres más encumbrados del nazismo, Joseph Goebbels —que luego se convertiría en ministro de Propaganda del régimen—, en una anotación de fines de febrero en su diario personal: “Ahora será fácil llevar a cabo la lucha, porque podemos recurrir a todos los recursos del Estado. La prensa y la radio están a nuestra disposición”. Así, el bombardeo “informativo” y propagandístico de los nazis aplastó hasta dejar en silencio a cualquier discurso opositor.
La estrategia surtió efecto a medias. El resultado electoral fue contundente pero todavía insuficiente para que Hitler pudiera manejar a su antojo el país: los nazis obtuvieron el 43,91 por ciento de los votos, que le otorgaron 288 de las 647 bancas en el parlamento, contra el 18,25 por ciento de los socialdemócratas, el 11,25 por ciento del Partido del Centro, y el 7,97 por ciento del Partido Nacional del Pueblo Alemán, mientras que el resto de las bancas se repartió entre partidos minoritarios y regionales. Frente a esta situación, el Gobierno prohibió al Partido Comunista y arrestó a miles de sus miembros.
Para acabar con las últimas resistencias, Hitler dio el siguiente paso. El 23 de marzo, el parlamento dominado por los nazis se reunió con una nueva ley en la agenda, la “Ley del Poder” o “Ley Habilitante”, que le permitía a Hitler promulgar leyes sin interferencias del presidente ni del parlamento durante cuatro años. La votación se llevó a cabo en un clima de fuerte intimidación a los parlamentarios opositores, con el edificio rodeado por miles de camisas pardas de las SA, la fuerza parapolicial de los nazis. Al final del día, la ley que acabó con la democracia en Alemania fue aprobada con 444 votos a favor y 94 en contra. Hitler tenía la suma del poder en sus manos.
El oportuno incendio del Reichstag había sido decisivo para el éxito de ese arrasador avance de Hitler sobre las libertades democráticas de los alemanes. Ya en ese momento, corrió la versión de que las llamas las habían iniciado los propios nazis y que la captura del albañil Marinus van der Lubbe y la acusación contra los comunistas eran parte de un plan cuidadosamente elaborado. La censura del régimen impidió que cualquier medio se hiciera eco de semejante denuncia.
Un vidente imprudente
Hay un hecho poco conocido que roza lo esotérico y que también abona la versión que califica al incendio de Reichstag como un atentado de falsa bandera: la muerte, pocos días después, en un hecho nunca esclarecido, de Erik Jan Hanussen, clarividente, astrólogo y hombre cercano a Hitler y a varios jerarcas nazis, algunos de los cuales lo apreciaban y otros más bien lo contrario. El cuerpo de Hanussen fue descubierto el 7 de abril de 1933 por una cuadrilla de obreros que trabajaba en un bosque, a 19 kilómetros al sur de Berlín y cerca del camino que unía la capital con la ciudad de Baruth. El muerto estaba muy bien vestido, pero su elegancia se veía irremediablemente dañada por dos disparos de pistola en la cabeza y los gusanos que comenzaban a trabajarle la cara.
Cuando los agentes de la policía local le informaron al comisario Hermann Albrecht, policía de la Kriminalrat de Berlín, este ya sabía de quién se trataba, por lo que la investigación no pasó de ser una farsa. Para cumplir con todas las formalidades del caso, el comisario citó al chofer y a otros conocidos del astrólogo para que reconocieran el cadáver. Los procedimientos debían realizarse con total transparencia, porque la pesquisa no iba a pasar de ahí.
El tal Hanussen se llamaba en realidad Harschel Steinschneider y provenía de una familia de artistas judíos, algo que Hitler sabía muy bien, pero hacía la vista gorda porque había sido el hombre que, a principios de la década de los ’20 le comunicó personalmente una profecía que lo tenía como protagonista. Fueron apenas siete palabras que al futuro Führer le sonaron como música en los oídos: “La nación alemana estará a su merced”, le dijo el astrólogo.
Si esa profecía le había valido a Hanussen el favor del líder nazi, fue otra la que le costó la vida. Porque su caída en desgracia tiene una fecha precisa, el 26 de febrero de 1933, y el lugar también puede establecerse con exactitud: el Palacio del Ocultismo. Esa noche, en la llamada Habitación de Cristal del Palacio, en una sesión para solo 12 personas sentadas alrededor de una mesa especialmente preparada para que el vidente emergiera de un agujero en el centro a emitir sus profecías, Hanussen hizo un anuncio que pareció enigmático: “Se producirá un incendio, y un gran edificio se consumirá entre llamas, entonces, los enemigos de Alemania atacarán”, dijo.
Maten al mensajero
Como todas las predicciones, era tan imprecisa que se podía asociar a cualquier acontecimiento, pero en este caso la realidad pareció confirmarla casi de inmediato. Apenas 21 horas después de que el vidente hiciera el anuncio, se produjo el incendio del Reichstag. Cuando la profecía de Hanussen tomó estado público, el edificio ya estaba quemado, y si bien hubo quienes pensaron que el adivino había acertado gracias a sus artes de anticipación o porque algún espíritu le había avisado desde el más allá, en la jerarquía nazi provocó un revuelo muy diferente. Con “los enemigos de Alemania atacarán”, la supuesta predicción de Hanussen parecía señalarlos a ellos como autores del atentado. Y hubo un alto jerarca de las SA que no demoró en concluir que el adivino no había recibido ningún aviso de ultratumba sino un dato muy preciso suministrado por un soplón de carne y hueso.
Empezó entonces una verdadera caza de brujas, o de soplones. El jerarca que sospechó se llamaba Karl Ernst, que de inmediato acusó de responsable de la filtración a su jefe en las SA de Berlín- Brandeburgo y gran amigo de Hanussen, el conde Wolf-Heinrich von Helldorf. Los dos altos oficiales de la fuerza parapolicial de Hitler llevaban meses de sordos enfrentamientos, por lo que Ernst aprovechó la situación para hacer destituir a von Helldorf y quedarse con su puesto. Pero además de desplazar a su antiguo jefe, Ernst pensó que para hacer control de daños era necesario callar a Hannussen, cuya supuesta profecía evidenciaba que estaba al tanto del plan nazi para quemar el Reichstag.
El “vidente” incapaz de ver su propia muerte fue secuestrado por orden de Ernst el 24 de marzo de 1933 y desde entonces su paradero se convirtió en un misterio hasta que, dos semanas después, su cadáver agusanado y con dos disparos en la cabeza apareció en un bosque de las afueras de Berlín. Así quedó garantizado su silencio eterno. A pesar de su cercanía con Hannussen, Hitler no dijo jamás una palabra sobre su secuestro ni propició una investigación seria sobre su muerte.
Göring en Núremberg
Finalizada la Segunda Guerra Mundial, durante los juicios de Núremberg, Hemann Göring fue interrogado, entre otras cosas, sobre la afirmación del general Halder respecto a sus palabras durante el cumpleaños de Hitler en 1943. Los acusadores incluso le leyeron lo que el militar había dicho en su declaración jurada luego de ser tomado prisionero por los aliados: “Escuché con mis propios oídos como Göring irrumpió en la conversación y gritó: ‘El único que realmente sabe sobre el edificio del Reichstag soy yo, porque yo lo prendí fuego. Y diciendo esto, dio una palmada’”.
Sentado en el banquillo de los acusados, Göring contestó con una frase cargada de obscena ironía: “No tenía razón o motivo alguno para incendiar el Reichstag. Desde el punto de vista artístico no me arrepiento en absoluto de que la Cámara se quemara; tenía la esperanza de construir una mejor. Por lo que sí lo lamento mucho es porque me vi obligado a buscar un nuevo lugar de encuentro para el Reichstag, y al no ser capaz de encontrar uno tuve que renunciar a mi Ópera Kroll. La ópera me parecía mucho más importante que el Reichstag”, dijo.


