En la década de 1950, un químico emprendedor se embarcó en una búsqueda incansable en un laboratorio de San Diego, California. Su objetivo: desarrollar un compuesto innovador que desafiara las propiedades del agua y proporcionara una solución efectiva para un problema de corrosión persistente.
Después de una serie de intentos meticulosos, el científico logró un avance revolucionario en su cuadragésimo intento, dando vida a una fórmula extraordinaria que cambiaría el curso de la protección y el mantenimiento de superficies metálicas en todo el mundo.
La historia del WD-40 es interesante. El nombre proviene de «Water Displacement, 40th attempt» («Desplazamiento de Agua, 40º intento» en español). Fue creado por Norm Larsen, un químico, en 1953 mientras trabajaba para la Rocket Chemical Company en San Diego, California.
Larsen estaba intentando crear un disolvente para proteger los misiles de la corrosión. Después de 39 intentos fallidos, finalmente creó una fórmula que funcionó. El producto resultante no solo desplazaba el agua, sino que también tenía propiedades lubricantes.
En 1958, la compañía decidió poner el producto en aerosol en latas y comercializarlo para uso doméstico y comercial. Desde entonces, el WD-40 se ha convertido en un producto popular y versátil utilizado para lubricar, aflojar piezas atascadas, proteger contra la corrosión y más. Su aplicación se ha extendido a múltiples usos, desde el hogar hasta la industria.
En consecuencia, el fruto de la perseverancia y la determinación se materializó en un descubrimiento químico que trascendió su propósito inicial. Esta innovadora solución, gestada tras múltiples intentos y dedicación, no solo revolucionó la protección contra la corrosión, sino que también se convirtió en un recurso indispensable en numerosos ámbitos, marcando así un hito en la historia de la ciencia y la industria.


