Hoy se conmemora el 136º aniversario de la inauguración de la Torre Eiffel, el monumento que se erigió como un desafío a la ingeniería y que, con el tiempo, se convirtió en el símbolo indiscutible de Francia y una de las maravillas más reconocibles del planeta.
El 31 de marzo de 1889, Gustave Eiffel, el ingeniero visionario detrás de esta estructura, izó la bandera francesa en su cima, marcando el fin de una obra colosal que había comenzado dos años, dos meses y cinco días antes. Construida como la pieza central de la Exposición Universal de París, la torre no solo celebraba el centenario de la Revolución Francesa, sino que también demostraba el poder de la innovación humana.
Con sus 324 metros de altura (incluyendo la antena añadida en 2022 que la elevó a 330 metros), la Torre Eiffel sigue siendo un imán para millones de visitantes: en 2022, recibió a casi 6 millones de personas, y las cifras no han dejado de crecer. Desde sus inicios, ha acumulado más de 300 millones de visitas, un testimonio de su perdurable atractivo. Este aniversario es una oportunidad para reflexionar sobre su historia, su impacto y las historias que han tejido su leyenda.
La construcción de la torre fue una proeza técnica sin precedentes. Sus 18,038 piezas de hierro forjado, unidas por 2.5 millones de remaches, fueron ensambladas con una precisión milimétrica en la fábrica de Eiffel en Levallois-Perret, cerca de París. A pesar de las críticas iniciales —muchos la consideraron un «monstruo de hierro» que arruinaba la estética parisina—, su utilidad científica y su belleza singular la salvaron de un destino efímero: originalmente, estaba destinada a ser desmantelada tras 20 años.
Hoy, bajo el cielo primaveral de París, la Torre Eiffel se alza como un faro de historia y modernidad. Sus tres plataformas con miradores, accesibles por siete ascensores panorámicos o 1,665 escalones para los más valientes, ofrecen vistas que cortan el aliento. Pero más allá de los números y las postales, este monumento guarda secretos y anécdotas que lo hacen aún más fascinante.
Curiosidades de la Torre Eiffel
- Un apartamento en las alturas: Gustave Eiffel no solo diseñó la torre, sino que se reservó un pequeño apartamento privado cerca de la cima. Este espacio, que usaba para descansar y recibir a figuras como Thomas Edison, sigue siendo una joya oculta, visible hoy a través de una ventana con figuras de cera que recrean su época.
- Crece con el calor: La torre no es estática: en verano, el calor puede hacer que se expanda hasta 17 centímetros, mientras que en invierno se contrae ligeramente, un fenómeno que los ingenieros de Eiffel calcularon con precisión.
- Salvada por las ondas: Planeada para ser temporal, la torre encontró su salvación como antena de transmisión. Desde experimentos de radio en 1898 hasta su rol en la televisión moderna, su utilidad científica la mantuvo en pie.
- Un lienzo de pintura: Cada siete años, la torre recibe unas 60 toneladas de pintura para protegerla del óxido. Su color ha evolucionado con el tiempo, y hoy luce un tono exclusivo conocido como «marrón Torre Eiffel».
- Amor insólito: En 2007, Erika LaBrie, una estadounidense, «se casó» simbólicamente con la torre, adoptando el apellido Eiffel en un acto que destacó su estatus como objeto de fascinación más allá de lo convencional.
- Pararrayos natural: La antena en la cima captura más de 100 rayos al año, sirviendo como un escudo para París y un laboratorio natural para estudiar la electricidad.
A lo largo de sus 136 años, la Torre Eiffel ha sido testigo de hazañas audaces —como el descenso en bicicleta de Pierre Labric en 1923 o el intento fatal de Leon Collet de volar bajo ella en 1926— y ha inspirado réplicas en todo el mundo, desde Blackpool hasta Tokio. Su iluminación nocturna, protegida por derechos de autor desde 1989, sigue siendo un espectáculo que enciende la Ciudad de la Luz cada noche.
En este aniversario, París celebra no solo una estructura de hierro, sino un símbolo de resiliencia, creatividad y audacia. Como dijo Gustave Eiffel en su día: «Creo que la torre tendrá su propia belleza». Más de un siglo después, nadie puede dudar de que tenía razón.









