La fiesta de la democracia, por Ricardo Ciliberto Bustillos 

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En política no tienen cabida las comparaciones. La historia, los  hechos y las circunstancias –un tanto parecidas- sirven de  lecciones y orientaciones, más no para sentar semejanzas. En  consecuencia, siempre será un grave error intentar o buscar afinidades que, al fin y al cabo, resultarán inexistentes. 

Sin embargo, cuando hablamos de transición política en  Venezuela, a algunos, quizás en un modo atropellado y si se  quiere radical, les parece que cinco meses han sido suficientes para despachar este régimen y, por consiguiente, establecer la  anhelada democracia. Para estos promotores de la inmediatez o la celeridad, además de blandir el hacha de la revancha y el  desquite, bien vale la pena retroceder un poco, mirarse en el  espejo de Chile, no para imitarlo (cosa imposible), sino para que  sirva de enseñanza e inspiración. 

Entrada la noche del lunes 12 de marzo de 1990, en los inicios  del otoño austral, en el Estadio Nacional de Santiago, con una  asistencia de al menos 75.000 almas, el recién juramentado  presidente de la República, Patricio Aylwin, único orador en  aquella fiesta de la democracia (así la denominaron), lanzó una  frase histórica que debemos asumir como referente: “Sí,  señores, sí compatriotas, civiles o militares: Chile es uno solo”  Obviamente, que aludía al evidente ambiente de discrepancias y retaliación que prevalecía en la población debido a los 17 años  de dictadura militar de Augusto Pinochet. Después de unas  iniciales rechiflas, silbidos y gestos de desaprobación, recalcó  contundentemente lo dicho, y entonces sobrevino una  estruendosa ovación por la unidad y la reconciliación.

La transición chilena, entre otras, debe motivarnos en este  complicado camino. Lo que allá se llamó “Acuerdo Nacional para  la Transición a la Plena Democracia”, suscrito en agosto de  1985, dio sus frutos en 1990, al efectuarse unas elecciones  libérrimas en las que resultó victorioso Patricio Aylwin. 

Nosotros aplaudimos la suscripción del llamado “Manifiesto de  Panamá” el pasado 28 de mayo. Un documento que da inicio a  un proceso de transición, liderado por María Corina Machado en  el que, nos guste o no, conlleva a negociaciones, acuerdos y -sobre todo- a la reconciliación de todos los venezolanos, aunque  algunos pretendan, malintencionadamente, confundirlo con  olvido o con la no aplicación de la necesaria justicia. 

La sensatez y la inteligencia deben prevalecer en este intrincado  proceso. El de Chile, sin caer en indebidas y chocantes  comparaciones, hubo de superar múltiples dificultades. Tuvieron  que ceder, recoger aspiraciones y aceptar muchas condiciones  y exigencias. Aquí la realidad es totalmente distinta.  Convenimos que en estos menesteres estamos desde hace 26  años y algo hemos aprendido, además que el régimen se  encuentra en exceso desacreditado, aquí e internacionalmente. Y no es que esto último sea una ventaja determinante, pero  ayuda muchísimo, si se compara con el abrumador apoyo, el  prestigio y el respeto que tiene la señora Machado. 

Como “La Fiesta de la Democracia” en Chile, muy pronto  tendremos la nuestra, y seguro que la celebraremos sin presos  políticos y bajo unas elecciones libres, pacíficas y confiables. El  asunto está en tener confianza, no desviarnos de los propósitos 

y precisar de mucha, mucha unidad. El Manifiesto o Acuerdo de  Panamá así lo exige y la futura democracia también.

Ricardo Ciliberto Bustillos

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