En momentos en que Venezuela busca desesperadamente capital para reconstruir su industria petrolera, una propuesta que hace tres décadas permitió atraer miles de millones de dólares en inversión extranjera vuelve a ocupar un lugar central en el debate energético nacional: la reducción temporal de las regalías petroleras.
Por: Julio A. López – The Daily Journal
La propuesta no proviene ni de un teórico ni de un observador externo. La plantea Evanan Romero, ingeniero graduado de la Universidad del Zulia, con estudios de maestría en petróleo en la Universidad de Tulsa y más de cuarenta años de experiencia en la industria energética venezolana.
A lo largo de su carrera, Romero ha desempeñado funciones como investigador, profesor universitario, director de PDVSA y viceministro de Energía y Minas. Su trayectoria lo convirtió en uno de los protagonistas de una de las etapas más importantes del desarrollo petrolero venezolano: la apertura de la Faja Petrolífera del Orinoco en la década de 1990.
A comienzos de los años noventa, el gobierno venezolano enfrentaba un desafío similar al actual. El país poseía enormes recursos petroleros, particularmente en la Faja del Orinoco, pero no contaba con el capital necesario para desarrollar los campos, construir mejoradores, instalar infraestructura de transporte ni ejecutar las inversiones requeridas para convertir esas reservas en producción comercial.
La solución se encontró en la Ley de Hidrocarburos de 1943.
Según explicó Romero, la legislación vigente en la época otorgaba al Ministerio de Energía y Minas la facultad de ajustar temporalmente las regalías cuando un proyecto demostrara que, bajo las condiciones económicas existentes, no resultaba financieramente viable.
Ese mecanismo permitió reducir las regalías hasta niveles cercanos al 1 % en determinados proyectos estratégicos. La medida no fue concebida como un beneficio permanente para las empresas, sino como un incentivo temporal destinado a posibilitar inversiones que, de otro modo, nunca se habrían realizado.

La estrategia funcionó.
Miles de millones de dólares comenzaron a fluir hacia Venezuela, lo que permitió el desarrollo de importantes proyectos en la Faja Petrolífera del Orinoco y la construcción de infraestructura que, posteriormente, contribuyó al crecimiento de la producción nacional.
Una vez que los proyectos alcanzaron rentabilidad, las condiciones fiscales se ajustaron y el Estado comenzó a recibir mayores ingresos provenientes de la actividad petrolera.
Tres décadas después, el país parece encontrarse ante una realidad similar.
La competencia tampoco es la misma que en los años noventa.
Hoy Venezuela debe competir por capital con países como Guyana, Brasil, Estados Unidos, Canadá, Argentina y varias naciones del Medio Oriente, muchas de las cuales ofrecen condiciones fiscales más atractivas para los inversionistas.
En ese contexto, Romero sostiene que el país debe evaluar cuidadosamente si mantener esquemas fiscales elevados favorece realmente la recuperación económica o si, por el contrario, una reducción temporal de las regalías podría acelerar la llegada de inversiones, generar empleo y aumentar la producción nacional.
La discusión trasciende el ámbito petrolero.
Cada dólar invertido en la industria energética tiene efectos multiplicadores en el resto de la economía. La construcción de infraestructura, la contratación de servicios, la demanda de bienes industriales y la generación de empleos directos e indirectos terminan por beneficiar a sectores mucho más amplios que el estrictamente petrolero.
Para Romero, el objetivo fundamental debe ser crear las condiciones que permitan atraer capital, tecnología y conocimiento al país.
La pregunta que enfrenta Venezuela no es únicamente cuánto puede cobrar en regalías, sino cuánto crecimiento económico está dispuesto a sacrificar para mantener condiciones fiscales que podrían desalentar la inversión.
Después de años de crisis económica, migración masiva y deterioro de la infraestructura nacional, millones de venezolanos esperan oportunidades de empleo, mejores salarios y condiciones que les permitan reconstruir su futuro en el país.
La experiencia de los años noventa demuestra que, en determinadas circunstancias, reducir temporalmente las regalías no implica renunciar a la riqueza nacional. Puede significar, por el contrario, crear las condiciones necesarias para generar mayor producción, más inversión, más empleo y, eventualmente, mayores ingresos para el Estado.
Ese es el debate que Venezuela deberá afrontar en los próximos años si aspira a recuperar plenamente su condición de potencia energética. Y, según Evanan Romero, la respuesta podría encontrarse en una lección que el país ya aprendió hace más de tres décadas.


