Gobernar sin duelo, por Rafael Egáñez Anderson

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Hay una característica que distingue al ser humano de cualquier otra forma de organización y es la capacidad de ser transformado por el sufrimiento. La tragedia destruye muchas cosas, pero también destruye el ego, y cuando el ego se rompe ocurre un fenómeno extraordinario, el individuo deja de sentirse invulnerable, descubre sus límites, aprende a escuchar y comprende mejor el dolor ajeno porque primero ha tenido que enfrentarse al propio, por eso, después de una pérdida, muchas personas no vuelven a ser las mismas, no porque la tragedia las haya hecho más fuertes, sino porque las hizo más humildes.

He pensado mucho en esa idea mientras observo la respuesta del Estado venezolano frente al terremoto. No me refiero a los equipos de rescate, a los médicos, a los bomberos, a los funcionarios o a los miles de venezolanos que, una vez más, salieron a ayudar sin preguntar por ideologías, ellos representan precisamente lo mejor de nuestra condición humana, mas bien me refiero al Estado como entidad, y hay algo en su manera de comunicarse, de presentarse y de relacionarse con el sufrimiento colectivo que llama profundamente la atención, todo parece cuidadosamente diseñado para demostrar control, cada mensaje transmite capacidad operativa, cada intervención busca proyectar fortaleza. 

Todo parece construido para evitar cualquier señal de fragilidad; sin embargo, cuando un país atraviesa una tragedia, la fortaleza no siempre es lo primero que la sociedad necesita, más bien, necesita humanidad.

Existe una diferencia enorme entre informar y acompañar. Informar consiste en decir cuántos recursos fueron movilizados, cuántas carreteras fueron abiertas o cuántos hospitales permanecen operativos, y todo eso es indispensable mientras que compañar significa algo distinto, hacer sentir a quien perdió a un hijo, a una madre o su hogar que el Estado comprende la dimensión de ese dolor, que no está hablando únicamente una estructura administrativa sino una comunidad política que reconoce el sufrimiento de los suyos, ahí la autoridad no pierde legitimidad cuando reconoce el dolor mientras que si la pierde cuando parece incapaz de sentirlo.

Quizá ese sea uno de los mayores problemas de Venezuela, durante años hemos discutido sobre instituciones, economía, infraestructura, sanciones, petróleo, elecciones y modelos de desarrollo, discusiones todas necesarias, pero quizá hemos pasado por alto una pregunta más elemental, qué ocurre cuando el Estado deja de comportarse como una comunidad humana y comienza a actuar exclusivamente como una estructura que necesita protegerse a sí misma? 

Los psicólogos describen bien ese mecanismo, cuando el ego se siente amenazado, deja de escuchar, se vuelve defensivo, justifica, niega y controla el relato, porque su prioridad deja de ser comprender la realidad y pasa a ser preservar su propia identidad; no puedo evitar pensar que algo parecido puede ocurrirle a las instituciones, como si existiera un ego institucional, un ego que interpreta toda muestra de vulnerabilidad como una amenaza, que confunde empatía con debilidad y que cree que reconocer incertidumbre disminuye la autoridad, cuando ocurre exactamente lo contrario.

Las grandes tragedias de la historia han demostrado que las sociedades no recuerdan solamente quién distribuyó alimentos o reconstruyó puentes, sino también quién fue capaz de ponerle rostro humano al poder. Eso explica por qué algunos discursos permanecen durante generaciones y otros desaparecen apenas termina la emergencia, no es una cuestión de retórica sino de autenticidad. 

En los días posteriores a una catástrofe, un país no necesita únicamente un administrador eficiente sino sentir que quien ejerce el poder es capaz de experimentar el mismo duelo que vive la nación, porque el liderazgo no consiste únicamente en dirigir recursos sino en representar emocionalmente a una sociedad cuando esa sociedad ya no encuentra palabras para explicar su propio dolor.

Quizá la reconstrucción de Venezuela no comenzará el día en que se levante el último puente o se repare la última carretera, quizá comenzará el día en que el Estado descubra que la compasión no debilita la autoridad sino que la hace legítima, y que ningún poder pierde dignidad por inclinar la cabeza frente al sufrimiento de su pueblo, la pierde cuando permanece incapaz de hacerlo.

Rafael Egáñez Anderson

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