Donald J. Trump luce cansado, es lo que percibo. Camina más despacio, se le notan los hombros caídos, y siento que su voz ha perdido fuerza. Es algo reciente, de dos meses para acá. Por tanto no es cuestión de edad, ni de algún malestar físico, sino reflejo -creo- de una carga política, de cosas que no le han salido como esperaba justo cuando se aproxima, el próximo sábado, la celebración apoteósica de los 250 años del Acta de Independencia del gran país que le toca presidir.
Trump regresó al poder con una aspiración trascendente. Quería dejar huella, ser un presidente excepcional, un hombre cuyo lugar en la historia se midiera en décadas.
El momento se prestaba. El orden internacional de posguerra está dislocado, las instituciones multilaterales han perdido peso, y Estados Unidos -a los ojos del mundo- mostraba rasgos de una potencia en declive. En declive económico, sin un horizonte visible, y evidencias de decadencia moral.
A Trump le salió bien esa apuesta.
Su estrategia inicialmente funcionó
En el Medio Oriente su enfoque fue acertado. Atrajo hacia Washington a los principales líderes de la región justo cuando China los cortejaba. Se apoyó en los países del Golfo, contribuyó a que Israel jugara un papel estabilizador y por un tiempo pareció un presidente capaz de imponer orden en un espacio en el que sus antecesores se conformaron con administrar el caos.
En Europa, el éxito fue menos directo, pero funcionó. Al herir el orgullo europeo —amenazas arancelarias, rumores de retiro de tropas, dudas públicas sobre la aplicación del Artículo 5 de la OTAN, las amenazas sobre Groenlandia— llevó al continente a actuar. Esa presión le dio a Ucrania tiempo. Tiempo para que Europa encontrara maneras propias de sostener a Kiev, para dar aliento al ingenio de los cosacos modernos, y para que Putin, atenazado por un creciente número de bajas, comenzara a dar muestras de agotamiento.
En casa, el balance también se inclinaba al éxito. La frontera, convertida en símbolo de la disfunción federal, fue definitivamente sellada. La batalla cultural contra el “síndrome woke” fue contenida. Y el impulso al reshoring industrial, el intento de reconstruir esa capacidad manufacturera que se había ido esfumando durante décadas, sigue avanzando, y da muestras de acierto.
Donde se soltaron las tuercas
Pero el diablo, como siempre, está en los detalles. Y los detalles de 2026 no han sido auspiciosos.
La operación en Venezuela fue, en su ejecución, casi impecable: un golpe rápido y quirúrgico que capturó a Nicolás Maduro en cuestión de horas y lo puso a disposición de la justicia en Nueva York. Fue audaz, fue veloz, y durante una semana pareció exactamente el tipo de éxito limpio del que se construyen leyendas.
Pero la brillantez en la ejecución no se tradujo en una conducción acertada. Casi seis meses después, la transformación prometida no avanza y cada vez más se parece a una administración colonial. El régimen, con su ineficiencia y capacidad represiva sigue allí; el interés petrolero norteamericano luce más una incursión pecuniaria que como parte de un verdadero proyecto de estabilización; la población penosamente sobrevive, y ahora los dos terremotos dejan —según cálculos extraoficiales, ya que el régimen no reporta cifras— decenas de miles de muertos y desaparecidos, dejando ver las costuras.
En Irán -por su significación estratégica— ha sido aún peor.
Los ataques de febrero, que decapitaron al régimen dando muerte al Ayatolá y a buena parte de su alto mando, no dieron paso al desenlace anticipado. Tampoco el bloqueo del Estrecho de Ormuz. Los tiempos simplemente no dieron. Se aproximaba el aniversario, y EE. UU. se tuvo que conformar con un diferimiento que permitiera abrir ese brazo de mar por el que transita el 20% del abastecimiento petrolero mundial.
Luego las trabas en el Congreso de EE. UU. Allí el Save America Act —la prioridad legislativa número uno que el propio Trump se autoimpuso, centrada en exigir prueba de ciudadanía para votar— está estancada. Más allá de sus méritos, que los tiene, la ley -dirigida a exigir la identificación de cada votante antes de emitir su voto- no avanza y el presidente ha tomado como rehén al resto de su propia agenda legislativa.
Cuando las cosas no cuadran
Todo esto llega en un momento crucial.
Ese mismo sábado tendría que haber sido la ocasión perfecta para que un presidente con aspiraciones históricas mostrara avances trascendentes. Sin embargo, da signos de improvisar.
En su declaración —hecha ante agricultores en el Rose Garden, a horas de dos terremotos en los que presumiblemente murieron decenas de miles de venezolanos, y provocó una ola de solidaridad mundial— dijo que el país, Venezuela, está floreciendo bajo la tutela estadounidense, que los inversores están llegando en masa, y la gente prácticamente está “bailando en las calles”, sonó a algo cercano al despropósito, una afirmación cruel, tan alejada de los escombros de La Guaira y la mortandad, que hasta medios afines se vieron obligados a desmentirla.
Ahí está la señal. No en la afirmación en sí, que es el estilo habitual de Trump, sino en el momento elegido y la angustia que la sinrazón delata.
Un hombre seguro de sus logros no recurre al lenguaje triunfalista en medio de una gran tragedia; recurre a él -en momentos trágicos- cuando siente que se le está escapando de las manos el relato triunfal de su gestión.
Venezuela no se está estabilizando según lo previsto. Por el contrario, está en manos de los mismos capos, en medio de una creciente precariedad. Irán no cayó. La batalla legislativa -en torno a la insignia de su mandato- está trabada en una cámara que su propio partido controla.
Nada de eso, por sí solo, quiebra a un hombre. Pero se acumula, y ese peso no se queda en los papeles ni en las encuestas: se le mete en las entrañas.
De allí, quizás, el desánimo que transpira, los hombros caídos, el paso más lento, la voz que ha perdido su timbre usual. Es reflejo -especulo- de un estado de ánimo de quien está consciente de la creciente distancia entre lo que soñó ser y lo que hasta ahora ha alcanzado.
Y todo llega justo con la celebración, en el preciso momento cuando quisiera brillar.


