Lo más posible, por Ricardo Ciliberto Bustillos

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A la gran reflexión colectiva, sobre todo la concerniente a  la complicada situación política, económica y social, se suma ahora la del medio ambiente, el desarrollo urbano  y vial y su vinculación con los “espasmos” de la tierra. Otro dolor de cabeza que debe ser tratado con la  seriedad que amerita, y no con simples analgésicos de  ocasión. 

La discusión acerca de la culpabilidad por los recientes desastres, así como las deplorables consecuencias de lo  sucedido el pasado 24 de junio, está sobre el tapete. Es  lógico que la población se pregunte si es al Estado, a los  particulares o a la propia naturaleza los que deberían asumir sus causas e incidencias. Sobre este asunto, sería interesante recordar una contraposición histórica,  por demás muy pedagógica. 

El primero de noviembre de 1755, Lisboa fue víctima de  un descomunal sismo, acompañado -casi  simultáneamente- de un inédito maremoto. Decenas de  miles de personas perdieron la vida o resultaron heridas; 

los muelles y las embarcaciones en el estuario del río  Tajo sufrieron incalculables daños y la propia ciudad fue  en gran parte devastada. A propósito de este doloroso  evento, el destacado escritor y filósofo francés Voltaire  (1694-1778) publicó un “Poema sobre el Desastre de  Lisboa” en el cual sostenía una dura crítica frente al 

optimismo filosófico de aquellos tiempos y sobre todo a  al planteamiento de que este era “el mejor de los mundos posibles”. En otras palabras, que todo tenía un  fundamento, un porqué y un plan “divino”, al punto de hacerse defensor de una especie de “destino” rayano en  lo cotidiano e inalterable. De otro lado, Jean Jacques  Rousseau (1712-1778), de origen suizo, libre pensador y  figura destacada del “siglo de las luces”, replicó con su  “Carta sobre la Providencia” en el que subrayaba que la  culpa de estos estragos es de los hombres y no de la  naturaleza. “Esta produce el fenómeno físico (el sismo) pero la sociedad produce el desastre”. Por supuesto que aludía a las malas construcciones, hacinamientos,  poblamiento de las orillas y manipulación de los cauces  de los ríos, etc. 

Ambos argumentos tienen en la actualidad una vigencia  extraordinaria. Nadie puede dominar la naturaleza (Voltaire), pero el ser humano puede amortiguar sus  efectos y mitigar sus daños (Rousseau). 

El caso del Estado La Guaira resulta un ejemplo vivo de todo lo malo que hemos hecho y que en adelante podemos hacer bueno, si nos trazamos o formulamos un  plan juicioso, factible, respetuoso de la naturaleza y echando mano a un urbanismo moderno y adecuado. 

De cierto, una calamidad que podemos disminuir si  sabemos, con inteligencia y ponderación, asumir  medidas, normas, elementos, diseños e ingeniería  pertinentes. El Estado y los particulares, en este caso,  deberían iniciar este inaplazable y complicado camino de  construir una “Nueva La Guaira”.

Dos posturas que pueden congeniar perfectamente: No  se trata de imponerse a la naturaleza (como  supuestamente espetó Bolívar en 1812), tan solo nos  corresponde reducir – lo más posible – sus nefastas y  dolorosas consecuencias. En el ámbito de la salud, no  seremos dioses para inmortalizar al hombre, pero, al  menos, somos capaces de prolongar la vida en buenas  condiciones. Lo mismo puede aplicarse a los fenómenos  naturales: Podemos -repetimos– atenuar sus repercusiones, más no impedirlas en su totalidad. La  Guaira, en este sentido, espera por una respuesta acorde e inmediata.

 Ricardo Ciliberto Bustillos 

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