Terremotos y cisnes negros

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Hablar de cisnes negros es una forma cómoda de nombrar aquello que desordena nuestras certezas. Pero no todo desastre merece ese nombre. En la formulación de Nassim Nicholas Taleb, el cisne negro no es simplemente un evento grave, ni una catástrofe de gran magnitud; es, ante todo, un acontecimiento que se juzga improbable antes de ocurrir, que produce un impacto extraordinario y que, una vez que sucede, suele ser reescrito como si hubiera podido anticiparse.

Yvan Serra

A la luz de esa definición, el terremoto ocurrido en Venezuela el 24 de junio no se puede ver como un cisne negro, entendiendo al país como sistema. La cobertura de esos días describió dos grandes sismos consecutivos, de magnitud 7.2 y 7.5, con efectos severos sobre la región centro-norte del país. Sin embargo, la posibilidad de un evento sísmico destructivo no pertenece al territorio de lo inimaginable, sino al de los riesgos conocidos en un país expuesto de manera recurrente a este tipo de fenómenos.

Esa distinción importa. Porque una cosa es no estar preparados para un desastre y otra muy distinta es no haber podido concebirlo. El primer caso remite a fallas institucionales, urbanas y preventivas; el segundo, a una verdadera ruptura del horizonte de expectativa. En Venezuela, el problema no fue la imposibilidad de prever el riesgo general, sino la persistencia de una convivencia pasiva con él, sin traducir ese conocimiento en prevención efectiva.

La imprevisibilidad, en este caso, no fue geológica sino institucional. Un país sísmico no puede alegar sorpresa cuando ocurre un terremoto importante. Puede, sí, exhibir distintos grados de vulnerabilidad, precariedad o descoordinación frente al evento. Pero esas debilidades no convierten automáticamente al fenómeno en un cisne negro; más bien revelan la distancia entre conocimiento acumulado y capacidad real de respuesta.

Ahora bien, este acontecimiento que no encaja del todo en la categoría de cisne negro a escala nacional sí puede hacerlo en otra escala más íntima y decisiva: la de la vida de las personas. Para una familia que pierde su vivienda, sus bienes, la continuidad de su rutina o a uno de los suyos, el terremoto irrumpe como una ruptura absoluta. Para esas vidas concretas, el evento no aparece como una probabilidad administrable, sino como una fractura total del mundo cotidiano. Los reportes humanitarios posteriores al 24 de junio registraron muertos, heridos, desplazamientos y destrucción extendida, confirmando que el impacto humano fue extremo.

Allí reside el punto más fértil del argumento. Taleb pensó el cisne negro en clave sistémica, pero la experiencia humana siempre desborda los sistemas de clasificación. Un mismo hecho puede ser relativamente esperable para una sociedad y, al mismo tiempo, devastadoramente inesperado para quienes lo sufren de forma directa. No todo lo raro es un cisne negro; no todo lo terrible es imprevisible; no todo lo imprevisible se distribuye de la misma manera entre escalas de análisis.

Esa doble mirada —macro y micro— permite, además, evitar un error frecuente del lenguaje público: llamar “cisne negro” a cualquier catástrofe para vaciar de responsabilidad a quienes debieron anticipar sus efectos. Nombrar un desastre como si hubiera sido inconcebible puede funcionar como coartada. Si el evento era, en principio, pensable dentro del repertorio de amenazas reales del país, entonces la discusión relevante no es metafísica, sino política: qué se hizo, qué no se hizo y por qué el conocimiento del riesgo no derivó en capacidades más robustas de prevención, mitigación y respuesta.

Queda, por supuesto, una pregunta abierta. ¿Cambiará este terremoto la conducción del país, sus prioridades públicas o su manera de gestionar el riesgo? Por ahora no hay certeza de que eso ocurra. La historia enseña que los desastres de gran escala pueden abrir ventanas de cambio, pero también pueden ser absorbidos por la inercia institucional y por la rutina de sistemas políticos que procesan la tragedia sin reformarse a sí mismos. La incógnita no es menor: de su respuesta depende que el sismo permanezca como una conmoción pasajera o se convierta en un punto de inflexión.

La conclusión, entonces, exige precisión. El terremoto no fue un cisne negro para Venezuela como país, porque su posibilidad ya pertenecía al orden de lo esperable en una sociedad asentada sobre riesgo sísmico conocido. Pero sí lo fue, en sentido existencial, para miles de personas cuya vida quedó alterada de manera irreversible por un hecho que, para ellas, estaba fuera de toda probabilidad vivida. Tal vez allí se concentre la lección más dura: hay eventos que no son imprevisibles para los Estados, pero sí lo son, devastadoramente, para los seres humanos.

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