La Otra Cara: El Santuario de los 147, por José Luis Farías

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El Santuario no era un santuario. Era una trampa de concreto. Una jaula con nombre de fe, encaramada en lo alto de un cerro de La Guaira, donde el viento salado llega con olor a mar y a olvido. Allí, el Estado venezolano, ese que promete protección y entrega muerte, decidió encerrar a los que el imperio devolvía como paquetes rotos.

El 24 de junio, día de batallas y patrias, el vuelo 164 de la aerolínea Laser aterrizó en Maiquetía con 147 venezolanos. No eran números. Eran personas. Hombres y mujeres que habían cruzado el Darién a pie, que habían visto la muerte de cerca en las patrullas de los traficantes, que habían dormido en las calles de Tijuana soñando con la tierra prometida del norte. Eran los que se fueron, los nueve millones que el hambre y la represión expulsaron de su propio país, los que cruzaron fronteras con la esperanza de que al otro lado hubiera algo más que el vacío que dejaban atrás.

Pero el sueño americano, ese espejismo que ha guiado a generaciones de desesperados, se había vuelto pesadilla. La política migratoria del presidente Trump, esa maquinaria fría que no distingue entre el que huye y el que llega, había decidido que estos 147 ya no eran bienvenidos. Los persiguieron en la tierra de la libertad, los arrancaron de los trabajos que hacían, de las casas que alquilaban, de las vidas que empezaban a construir. Los metieron en aviones y los devolvieron al país que los había expulsado. Como si el regreso fuera un castigo, como si Venezuela, la misma que los había obligado a irse, debiera recibirlos con los brazos abiertos.

Pero los brazos que los recibieron no eran de bienvenida. Eran de acero. Fríos, duros, como las esposas que les habían quitado al bajar del avión, pero que seguían apretándoles las muñecas en la memoria. Los metieron en el Hotel Santuario La Llanada, una vieja casona de tres pisos más sótano. «El sismo convirtió su techo en piso», me dice Emilio, un poblador de La Llanada que ha visto pasar las décadas desde su ventana. No es una metáfora. Es la verdad geológica de un edificio que, como tantos en Venezuela, había estado esperando su sentencia.

Emilio recuerda la historia de ese lugar como quien recuerda las capas de una cebolla, cada una con su propio olor, su propio nombre, su propio olvido. Fue seminario, o convento, en los años en que la fe tenía forma de sotana y los niños aprendían el temor de Dios en el mismo patio donde ahora se pudrirían los sueños de los deportados. Desde la década de los sesenta, fue el colegio San Benito, donde los niños aprendían las tablas de multiplicar y el Padre Nuestro, y recibían el vaso de leche escolar en el recreo, como si la vida fuera una promesa que se cumple todos los días. Más tarde, el colegio Benposta, otra capa, otro nombre, la misma estructura de concreto que seguía en pie mientras los años pasaban como el agua sobre las piedras.

Y entonces llegó el deslave de 1999. El agua, esa vieja enemiga de los pobres, se llevó todo lo que encontró a su paso y dejó el edificio inhabitable. Pero el gobierno, ese que siempre encuentra un uso para lo que otros han abandonado, lo convirtió en un centro para la recuperación de indigentes y drogadictos, bajo el nombre de la Misión Negra Hipólita. Una caridad de Estado, pensaron algunos. Una forma de encerrar a los que sobran, dijeron otros. Y luego, más recientemente, fue rebautizado como Hotel Hospitalario Negra Hipólita, un nombre que sonaba a curación y olía a reclusión.

Allí, con la promesa de exámenes médicos que nunca llegaron, los encerraron. A una buena parte de los 147. A los que el imperio había devuelto como paquetes rotos. Como suele suceder en los Estados que han hecho de la mentira su oficio, les quitaron los celulares, los documentos, el último hilo que los ataba al mundo. Les arrancaron las voces, las fotos de los hijos, los números de teléfono de las madres que esperaban en sus casas, sin saber que los suyos ya estaban en una ratonera de concreto. Les quitaron el derecho a decir «estoy aquí» o «no estoy bien» o «por favor, no me dejen solo». Los dejaron mudos, huérfanos de identidad, flotando en el limbo de los que ya no son de aquí pero tampoco de allá.

Policías en las puertas. Custodia, dijeron. Jaula, fue la verdad.

Y el gobierno, ese mismo que los había abandonado cuando se fueron empujados por el hambre y la represión, ese mismo que les cerró las puertas del país cuando intentaban sobrevivir en el extranjero, ahora los custodiaba como si fueran presos. Como si la deportación no fuera suficiente humillación; hacía falta también el encierro. Una cuarentena, según decían. Hacía falta también el olvido. Hacía falta que, cuando la tierra temblara, nadie supiera que estaban allí, que sus nombres no figuraran en ninguna lista, que sus cuerpos se pudrieran bajo el concreto sin que nadie reclamara. Porque el Estado, ese leviatán que todo lo prevé, había previsto también su desaparición. No la de los cuerpos, que esos sí aparecerían, sino la de los nombres. La de las voces. La de la verdad.

Emilio lo vio desde su ventana. Vio llegar los autobuses, vio bajar a los hombres y mujeres con las maletas en la mano y la mirada perdida, vio cerrarse las puertas detrás de ellos. Y cuando la tierra rugió, vio cómo la vieja casona de tres pisos más sótano se plegaba sobre sí misma, el techo convertido en piso, el concreto hecho polvo, los sueños hechos silencio.

El doble temblor no fue un acto de Dios. Fue un acto de justicia geológica contra la desidia. El edificio, carcomido por el salitre y los años, se vino abajo como un castillo de naipes mojado. 147 expatriados atrapados, según las cifras que circularon en las redes sociales. 147 vidas que el imperio había devuelto y que el Estado, en su negligencia infinita, había decidido enterrar bajo el silencio de los informes oficiales.

Un informante interno, de esos que se guarda en el anonimato porque sabe lo que le espera si su nombre se pronuncia en voz alta, habla de otra cifra: 53 expatriados. Y no estaban solos. En el derrumbe también quedaron atrapados tres trabajadores del centro: la directora, vecina de El Teleférico, y dos miembros del personal de mantenimiento que cuidaban de aquellos a quienes el gobierno llamaba «indigentes» y «drogadictos». Y catorce funcionarios del SEBIN que servían de custodios del centro que, más que un hotel, hacía las veces de centro de reclusión. Pero nada oficial.

Catorce custodios. Catorce hombres y mujeres que, como los deportados, quedaron sepultados bajo el mismo concreto, bajo el mismo polvo, bajo el mismo silencio. La ironía, amigos míos, no tiene límites. Los que custodiaban se convirtieron en los custodiados. Los que vigilaban las puertas quedaron atrapados dentro de la jaula. Y todos, deportados y custodios, se convirtieron en polvo.

Roberto, otro vecino, lo vio desde su ventana. Vio cómo el techo se convertía en piso, cómo el concreto se hacía polvo, cómo los gritos se hacían silencio. Vio a los vecinos de La Llanada correr hacia los escombros con las manos desnudas, con la desesperación de los que saben que el tiempo se agota, mientras el eco que rebotaba entre los dos cerros multiplicaba las voces de quienes imploraban por un hijo, por un hermano, antes de perderse en el polvo. Consternado, se sumó a ayudar. Y vio también cómo los cuerpos de seguridad le cerraban el paso. Horas después, los funcionarios del SEBIN pusieron sus propios cuerpos en la entrada, bloqueando el acceso a las madres que buscaban a sus hijos, a las esposas que buscaban a sus maridos, a los hijos que buscaban a sus padres. Habían llegado desde distintas partes del país, y se encontraron con una muralla de uniformes y silencio.

En la noche, el cerco se hizo más denso. Numerosos agentes del SEBIN y del CICPC, acompañados por altos funcionarios de esos cuerpos policiales, tomaron el sitio. Impusieron un cordón que ni siquiera la prensa española y de otros países pudo traspasar. Vistieron de silencio todo lo sucedido. ¿Qué escondían? ¿Por qué tanta opacidad? Todavía se especula sobre qué fue lo que ocultaron bajo el polvo y la noche.

Porque el Estado, ese leviatán que todo lo prevé, había previsto también el bloqueo. No al rescate. Bloqueo a la verdad.

El Estado, con su cinismo de siempre, soltó la cifra oficial: solo 12 sobrevivientes. Doce. Como los apóstoles. Un número redondo, bíblico, mentiroso. Porque los sobrevivientes que lograron hablar, los que vieron el rostro de la muerte y escupieron el polvo, dicen que eran 30. Treinta almas arrastrándose entre el acero retorcido. «Vi a otros en el hospital», dicen. «Vi a otros en la zona», dicen. La cifra oficial es una tapa de ataúd que no quiere abrirse.

Pero la pesadilla no es el derrumbe, hermano. La pesadilla empieza después, cuando las familias salen a la calle. Veinticinco hospitales. Veinticinco morgues. Veinticinco puertas que se cierran con el mismo ruido sordo. Un nombre aparece vivo en una lista, muerto en la morgue y desaparecido en la de enfrente. La misma identidad flotando en tres estados de la pena, y los funcionarios del SEBIN, con sus caras de hielo, poniendo el cuerpo en la entrada para que la madre no pase, para que el hijo no entre. Bloqueo. No al rescate. Bloqueo a la verdad.

Ahora miremos de cerca las grietas, porque ahí está la crónica. Johana Pineda protegió a su muchacho de 7 años con el propio cuerpo mientras el techo los buscaba. Lo sacó con vida, pero al esposo lo rescataron tarde. Murió en la camilla, con el eco de la tierra aún sonando. El niño, en medio de la oscuridad, escuchó el «Te amo» de su mamá y respondió con una frase que pesa más que todos los escombros: «Mamá, yo no me quiero morir». Eso no es política. Eso es el grito de un niño al que le negaron hasta la última palabra.

Anderson Salcedo, 21 años, estuvo 40 horas bajo el concreto. Cuarenta horas contando los latidos de su propio corazón para no enloquecer. Lo rescataron vivo, pero la vida le cobró el precio. Le amputaron ambas piernas. Adiós al futuro, adiós a la carrera que empezaba. Ahora es un torso que respira y pregunta por los otros 146.

Y está Luis Daniel Castillo, el más terco de todos. El que, al ver que ninguna autoridad organizaba el rescate, que ningún funcionario bajaba del jeep blindado a mover una piedra, decidió caminar. Caminó solo, sin teléfono, sin papeles, sin zapatos quizás, desde La Guaira hasta Caracas. 40 kilómetros de asfalto caliente. Un muerto viviente buscando auxilio entre los vivos indiferentes.

Una semana después, no hay cronología. No hay lista. No hay informe. El Estado venezolano, ese que custodia con policías y abandona con terremotos, no ha sido capaz de decir quiénes son los 147 nombres que metió en aquella ratonera. La tragedia no es el sismo. La tragedia es la falla en el deber de custodia. Esa palabra fría, legal, que aquí se traduce en madres que siguen tocando puertas, en hijos que escuchan «te amo» y responden que no quieren morir, en un muchacho que camina solo por la autopista porque en esta patria de mentiras, el único héroe es el que se levanta y busca la verdad a pata pelada.

Los desaparecidos no están bajo el cemento. Están en la letra pequeña de un informe que nadie se atreve a escribir. Porque escribirlo, hermano, sería reconocer que el Santuario fue una tumba, y el Estado, el sepulturero.

Martín bajó al jardín y sobrevivió. Alberto bajó a la panadería y murió de preguntas. Isabel bajó al estacionamiento y vive con la pregunta de por qué. Damely perdió a su hija y enfrentó al poder. Los niños de Los Criollitos nunca llegarán al home. Pero los 147 del Santuario no bajaron a ningún lado. Estaban encerrados en un hotel que el Estado les había asignado como «custodia». No tuvieron la oportunidad de bajar, de salir, de escapar. Su condena fue la reclusión. Y su muerte, la negligencia.

Porque el Santuario, amigos míos, no era un santuario. Era una trampa de concreto. Y el Estado, el mismo que prometió cuidarlos, fue el que los enterró.

Para Johana Pineda, que protegió a su hijo con el cuerpo.

Para Anderson Salcedo, que perdió las piernas.

Para Luis Daniel Castillo, que caminó 40 kilómetros.

Para los 147 que el imperio devolvió y el Estado enterró.

Para Emilio y Roberto, que lo vieron desde su ventana.

Para los que saben que la verdad, como el polvo, siempre termina moviéndose.

Para todos los que, como el polvo, se niegan a desaparecer.

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