Hay momentos en la historia en los que la política deja de ser el arte de lo posible para convertirse en la radiografía descarnada del alma humana. En esas horas magnas, las máscaras caen, los cálculos mezquinos de los despachos se desmoronan y los pueblos, con la intuición infalible de los grandes momentos estelares, reconocen con nitidez quirúrgica quiénes están dispuestos a entregar la vida por la libertad y quiénes solo juegan a perpetuar sus privilegios de casta sobre las ruinas de una tragedia.
Lo que hoy experimenta Venezuela frente a los manejos oscuros, los pactos de cúpula y las puñaladas traperas de aparatos tradicionales en contra del liderazgo incorruptible de María Corina Machado y de la voluntad soberana del pueblo, no es un accidente táctico. Es la repetición exacta de un drama milenario: el eterno combate entre el mercader y el profeta, entre el burócrata del cambalache y el conductor de almas.
Desde las páginas de la filosofía política clásica, de Maquiavelo a Hannah Arendt, se sabe que las élites decadentes le temen infinitamente más a la pérdida de su control corporativo que a la tiranía misma. Para el tahúr de partido, la política es una mesa de dominó donde se reparten cuotas, cupones de influencia y espacios de negociación a espaldas del sufrimiento real.
Cuando emerge un liderazgo genuino, profundo y masivo —un liderazgo que no pide permiso a las cúpulas ni transige con las migajas del poder instituido—, los aparatos tradicionales entran en pánico. Ven amenazado su pequeño monopolio. En su ceguera moral, creen que pueden apagar un sol con un comunicado de prensa, fracturar la confianza de millones con un cálculo de pasillo o secuestrar la esperanza colectiva mediante la descalificación sibilina.
Buscan que el venezolano se sienta huérfano, que dude, que baje los brazos. Pretenden inyectar el virus paralizante del desaliento, ese que susurra que «todos son iguales» o que «las cúpulas siempre ganan». Pero cometen el error fundamental de subestimar la hondura espiritual de un pueblo que ya cruzó el umbral del despertar cívico.
La historia universal está pavimentada con los restos náufragos de aquellos que creyeron poder ganarle una pulseada a la historia mediante la traición artera.
La traición, cuando se disfraza de pragmatismo político, siempre adolece de miopía metafísica: no entiende que la legitimidad no se decreta en una reunión secreta ni se compra con las migajas del favor burocrático; la legitimidad brota de la coherencia, del sufrimiento compartido y de la verdad sostenida contra viento y marea.
María Corina Machado no representa simplemente una candidatura o una jefatura de partido; encarna el punto de confluencia de una nación entera que decidió romper las cadenas de la mentira. Por eso, cualquier intento de apuñalar esa causa por la espalda no es solo una felonía contra una persona; es una traición directa al anhelo de libertad de cada venezolano que ha llorado a un hijo partido en la diáspora, que sufre la escasez o que resiste en pie de lucha.
Filosóficamente hablando, el poder basado en la manipulación y la traición es intrínsecamente frágil porque carece de trascendencia. Se sostiene sobre el cálculo de corto plazo, sobre el miedo y sobre el egoísmo. En cambio, la fuerza de un pueblo movilizado por la justicia y guiado por la coherencia es una fuerza de carácter profundo.
El camino está trazado con sangre, sudor y esperanza inquebrantable. Y transitaremos este trayecto sin pausa, con la frente en alto y la convicción invicta, de la mano de Dios hasta el final.
Vamos por más…
José Ignacio Gerbasi
@jgerbasi


