Luego del 23 de enero de 1958, en su natural ambición de volver a ser presidente de Venezuela, pero esta vez no por medio de un golpe de Estado, sino de la voluntad popular, Romulo Betancourt tenía en frente a factores muy poderosos totalmente opuestos a su persona, no digamos a su posible candidatura y eventual regreso al gobierno. Entre la mayoría de los altos mandos de las Fuerzas Armadas, de los empresarios, miembros del clero, naturalmente en los otros partidos (URD, Copei y el Partido Comunista), e incluso en muchos dirigentes de su propia organización, inspiraba odio, recelo y desconfianza.
Por: Pedro Benítez – Al Navío
Un sector lo culpaba por el golpe del 18 de octubre de 1945 y el agitado trienio del primer gobierno adeco. Los conservadores no dejan de verlo como un comunista “encapillado”, mientras los comunistas lo acusaban de renegado al servicio del imperialismo estadounidense.
En un momento en cual el país respiraba el ambiente de unidad nacional que había hecho posible el derrocamiento de la dictadura perezjimenista, el famoso “espíritu del 23 de enero”, su sola presencia evocaba la discordia y el enfrentamiento. Como dice Manuel Caballero en su biografía, su solo nombre “era una incitación al desencadenamiento de las pasiones”.
No obstante, Betancourt era perfectamente consciente de todo eso.
Mientras crecía la agitación en Caracas, el 19 de enero llegó a Nueva York Rafael Caldera expulsado por la dictadura. Esa circunstancia dio pie a las conversaciones que sostuvo en esa ciudad con Jovito Villalba y Betancourt, en lo que sería la antesala del Pacto de Punto Fijo. Los líderes de los tres partidos más importantes de Venezuela estuvieron de acuerdo en la necesidad de una tregua política, y de entenderse en aspectos esenciales a fin de asegurar la futura estabilidad democrática y la gobernabilidad del país. La alternativa era más años de cárceles y exilios.
Betancourt le manifestó al líder copeyano que no tenía ambición de volver a la Presidencia. Caldera le contestó con toda franqueza lo que pensaba: en razón de la extendida hostilidad hacia su persona, sería imprudente presentarse como candidato presidencial. Rómulo no solo no se tomó el comentario a mal, sino que estuvo de acuerdo. Además, le dijo: “Rafael, tú eras el candidato de la unidad antes de la caída del dictador y lo sigues siendo”. A Jóvito le aseguró no tener ambición alguna: “Ahora te va a tocar a ti”.
La propuesta
Luego de la huida de Marcos Pérez Jiménez la madrugada del día 23, fue el último de los tres líderes en retornar al país. En realidad, ni la nueva Junta de Gobierno, ni el alto mando militar, tenían claro la conveniencia de su regreso.
Pero finalmente, el 9 de febrero llega al aeropuerto de Maiquetía donde lo recibe la plana mayor de su partido. De ahí sube a la Plaza Diego Ibarra del Silencio donde ante una multitud de 20 mil personas da un célebre discurso unitario. Allí abogó por eliminar del lenguaje público el odio, la procacidad y el insulto. Propuso: “…una tregua política mediante la cual deberán los partidos políticos reorganizarse en forma serena y sin ninguna impaciencia”. Elogió a sus viejos adversarios, a la Iglesia, al Ejército, a la Junta de Gobierno, y lamentó que el expresidente Isaias Medina no estuviera vivo para ver ese día.
Su primer objetivo fue retomar el control de Acción Democrática (AD). Lo cierto del caso, es cuando llegó del exilio, solo contaba con la adhesión y el respaldo de un grupo pequeño de dirigentes políticos, obreros y campesinos. En la dirección nacional contaba solo con el voto de Luis Beltran Prieto Figueroa, su incondicional desde 1936, un hombre venerado en aquel partido. El resto estaba compuesto por jóvenes dirigentes estudiantiles a los que no conocía personalmente, pero a los que ya consideraba contagiados por el “sarampión marxista”. Ellos iban a ser uno de sus principales escollos durante ese año.
Sin embargo, poco a poco fue desplegando su habilidad política. Mientras líderes de otros partidos acudían a Miraflores a solicitar cargos en ministerios o embajadas para amigos, simpatizantes o afiliados, Betancourt sólo pedía puestos menores en la administración pública, aparentemente insignificantes, pero con una estrecha vinculación con la población. Así fue colocando gente suya en jefaturas civiles, comisarías y delegaciones agrarias, mientras visitaba día a día pueblos del interior del país con el propósito de restaurar un partido que había sido muy golpeado por la represión y restablecía sus vínculos personales con los dirigentes regionales.
Paralelamente, dedicó tiempo a dar charlas sobre problemas económicos ante las cámaras de comercio y gremios profesionales por todo el territorio nacional, exhibiendo un conocimiento y una mesura que impresionaba a todos sus oyentes. Hablaba con expresión siempre serena, sin amenazar a nadie, sin atacar a nadie, salvo de vez en cuando a los comunistas. Eso sí, nunca dejaba traslucir aspiración alguna ejercer el gobierno, ni nada se le pareciera.
En esa tarea pasó largos meses, sin desmayo, preparando el terreno para unas elecciones que sabía inevitables, y en la selección de hombres leales en posiciones claves del aparato de AD.
Así, poco a poco, fue demoliendo las resistencias entre los empresarios. Lo mismo hizo con las Fuerzas Armadas, y aunque pocos lo sabían, ya había hecho ese trabajo en el Departamento de Estado. Con el respaldo de sus aliados en el sindicalismo estadounidense y de amigos como Nelson Rockefeller, aprovechó los años del exilio para intentar persuadir a los gringos de que lo más conveniente a sus intereses era respaldar una democracia que construyera escuelas y repartiera tierras entre los campesinos, que a otra dictadura.
”Nixon no. Go home”
No obstante, para Venezuela ese 1958 fue todo menos sereno. Con motivo de la visita del vicepresidente Richard Nixón a Caracas en mayo, las fracciones universitarias de AD, URD y el Partido Comunista (PCV) organizaron violentas manifestaciones al grito “¡Nixon no! ¡Go Home!”, que impidieron al visitante cumplir su agenda y hasta pusieron en riesgo la integridad física tanto de él como del resto de la comitiva. La situación fue tan crítica que hasta los marines estacionados en Puerto Rico fueron movilizados.
La noche de los incidentes, Betancourt fue a un programa en la televisión donde condenó los hechos. Eso provocó una crisis en AD. El sentimiento antiestadounidense que dominaba entonces, no solo en Venezuela sino en Latinoamérica, era tan feroz que, hasta el presidente de la Junta de Gobierno, el almirante Wolfgang Larrazábal, afirmó públicamente: “si yo fuera estudiante, también diría lo mismo”.
Al día siguiente, con una jarra de juego de guayaba servida en la mesa, recibió en su casa a los dirigentes juveniles de su partido. Allí lo increparon en los términos más airados por su actitud ante Estados Unidos y discutieron su visión sobre el imperialismo. Según los testimonios de Héctor Pérez Marcano y Americo Martin, que estuvieron presentes, el compañero Jesús Villavicencio le manoteó la cara a Romulo. Pero este no perdió la compostura, no rompió su característica pipa, y serenamente les contestó: “Bueno compañeros, hasta los mejores toreros tienen una mala tarde”.
A esas alturas, Betancourt sabía que AD era el partido mayoritario del país, así que quería evitar cualquier división hasta las elecciones.
Luego, en septiembre de ese 1958, en la convención para elegir las nuevas autoridades del partido, su grupo, la Vieja Guardia, se alió con sus rivales del ARS a fin de desalojar al ala izquierda de la dirección. De este sector solo solo quedaron Simón Sáez Mérida y Domingo Alberto Rangel. Menos de dos años después, casi todos serían expulsados del partido.
En esa misma convención la izquierda insistió en discutir las causas del derrocamiento de Rómulo Gallegos y la falta de reacción del partido aquel 24 de noviembre de 1948, pero a fin de evitar remover situaciones internas embarazosas, Betancourt les reclamó por estar convirtiendo la reunión en una casa de vecindad.
En la mira
Cuenta Pérez Marcano que en esa convención Betancourt no se sentaba en el presídium con los dirigentes nacionales, sino entre los delegados que venían del interior del país donde se movía “como un peso mosca” cuadrando votos a su favor.
Paralelamente a esto, hubo dos intentos de golpe que pudieron torcer el rumbo de 1958 en Venezuela. El 22 de julio el ministro de la Defensa, general Jesús María Castro León, presentó un ultimátum a la Junta de Gobierno exigiendo suspender las elecciones previstas para diciembre, y proscribir tanto a AD como al PCV. Pero miles de personas salen a las calles de Caracas en respaldo a la Junta, que cuenta con el apoyo de la Marina de Guerra y de todos los partidos. Betancourt estuvo en la mira de los golpistas que asaltaron su casa para detenerlo, pero una vez más se les escapó.
El día 7 de septiembre, la Policía Militar se insubordinó frente al Palacio de Miraflores, pero nuevamente el intento fue frustrado.
El otro obstáculo que Betancourt tuvo que sortear fue la demanda de un candidato de unidad nacional. A fin de ganar tiempo, propuso celebrar mesas redondas en las sedes de los partidos para examinar la posibilidad.
Pero el líder adeco sabía que los otros dos partidos querían presentar sus propios candidatos, así que maniobró para que AD no postulara el suyo antes, y así no aparecer como el que quebraba la aspiración unitaria. Rafael Simón Jiménez, en su libro «La jugada maestra de Rómulo Betancourt» (2023) cuenta:
“De manera que Villalba y Caldera, sin imaginárselo, ni proponérselo, terminaron siendo los grandes aliados de Rómulo Betancourt en su propósito de ser candidato y presidente de Venezuela. Los jefes de URD y COPEI al rechazar nombres y métodos para la construcción de la candidatura unitaria, terminarían por desmantelar las resistencias que las distintas fracciones de AD hacían a la candidatura del presidente del partido, que jugaría la estrategia de desgaste proponiendo una y otra fórmula de avenimiento y consenso, a sabiendas de que sería rechazada y al final, incluso los adversarios internos más intransigentes tendrían que resignarse a lo inevitable”.
El 3 de octubre se reunió la convención nacional de Copei y presentó como candidato presidencial a Caldera. Ese mismo día Larrazábal anunció que aceptaba la postulación de URD y renunció a la Junta de Gobierno. El 4 de octubre, en Barquisimeto, los dirigentes adecos Pedro Paris Montesinos y Manuel Vicente Ledezma, declararon a la prensa que, si URD y Copei insistían en lanzar y mantener candidatos propios a la presidencia de la república, AD se vería obligado a presentar también a uno de los suyos. Betancourt tenía la oposición rotunda en la tendencia de la izquierda encabezada por Domingo Alberto Rangel, y la oposición moderada de los acaudillados Raúl Ramos Giménez. Pero en el CDN del 12 octubre, convenció a todos, con excepción de los citados, de la necesidad de su candidatura presidencial. «Soy el único adeco -dijo que está en capacidad de derrotar a Larrazábal, que será un fenómeno electoral. La batalla será entre la organización y emoción”.
Un acuerdo trascendental
El 31 de octubre, en la residencia de Caldera en Sabana Grande, la quinta Puntofijo, se firmó el trascendental acuerdo, por el cual se pensaba amarrar a AD, pero resultó ser lo contrario.
Como por entonces no había estudios de opinión, la impresión generalizada era que el almirante Larrazabal ganaría con facilidad, dada su inmensa popularidad en Caracas. La tarde del domingo 7 de diciembre de 1958, Luis Lander, jefe de campaña de Betancourt, le dijo que los primeros resultados no lucían auspiciosos. Pero este le contestó: “deja que lleguen los votos a lo lomo de mula de los campesinos, para que tu veas como ganó esa vaina”.
Su victoria electoral de 1958 fue una clase magistral del arte de aspirar sin que parezca que se aspira. La política del disimulo; la práctica de ocultar las verdaderas intenciones. Engañar a los rivales y evitar conflictos innecesarios.
Un mes después, Fidel Castro entró en La Habana. El 23 de enero de 1959 visitó Caracas. El 13 de febrero Rómulo Betancourt juró como presidente constitucional de Venezuela. El año 58 resultaría ser solo el ensayo de lo que ocurriría durante los siguientes cinco años.


