No desperdiciemos esta oportunidad, por Rafael Egáñez Anderson 

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En Washington está ocurriendo algo que, lejos de alarmarnos, quizás deberíamos aprender a observar con la misma calma con que observamos cualquier proceso institucional que funciona. Mientras toma forma una nueva relación petrolera y económica entre Venezuela y Estados Unidos, el propio Congreso estadounidense ha comenzado a interesarse por algunos de los mecanismos utilizados para construirla, particularmente por la participación que tendría el Office of Strategic Capital del Pentágono dentro de la estructura empresarial asociada al nuevo acuerdo.

El asunto tiene un antecedente institucional interesante ya que el Congressional Research Service señalaba todavía en mayo de este año que una de las cuestiones que el Congreso debía considerar era precisamente si otorgaría al Office of Strategic Capital autoridad para realizar inversiones accionarias; el propio Departamento de Defensa presentó posteriormente una propuesta legislativa solicitando esa capacidad de manera expresa, y ahora, después del anuncio relacionado con Venezuela, legisladores han pedido explicaciones y un briefing sobre la operación. Y estemos claros aquí sin cambiar ni una palabra, nada de esto significa que el acuerdo haya sido anulado ni que exista una decisión definitiva contra él; significa simplemente que las instituciones están haciendo lo que hacen las instituciones cuando una decisión importante comienza a producir consecuencias, preguntar, comprender, revisar y determinar su alcance.

Quizás allí exista una primera enseñanza para nosotros, no tenemos que interpretar la revisión como confrontación, ni convertir cada pregunta en una denuncia ni cada observación en un intento por destruir lo que comienza, porque revisar también puede significar comprender y comprender puede permitir mejorar, y mejorar puede ser precisamente la manera de proteger lo que vale la pena conservar.

Hace unos días escuché a mi maestro decir algo que no he podido dejar de pensar. En una sesión abierta dijo que debemos respetar las estrellas en el hombro de quienes en Estados Unidos tomaron la decisión de cambiar la ruta económica y democrática de Venezuela y me detuve en esa imagen, no en la grandeza del gesto ni en la heroicidad de la decisión, sino en la estrechez, si en la estrechez del espacio reducido en el que alguien, dentro de una institución, dentro de una burocracia, dentro de un sistema de intereses cruzados, encontró la manera de mover una pieza que llevaba años paralizada y eso me pareció más honesto que cualquier discurso sobre alianzas estratégicas, porque los cambios de esta naturaleza casi nunca ocurren porque alguien tuvo el poder completo para hacerlos; ocurren porque alguien tuvo apenas el espacio suficiente para intentarlo, y lo intentó.

Venezuela lleva demasiado tiempo esperando los gestos grandes, los acuerdos perfectos, las condiciones ideales, sin darnos cuenta de que quizás lo que necesitamos aprender a reconocer y a valorar son los hombros estrechos de quienes empujan igual.

Quizás estamos llegando a uno de esos momentos extraños en los que, después de tanto daño, comienza a abrirse una posibilidad y no sabemos hasta dónde llegará ni cuánto durará, como tampoco sabemos si tendremos otra oportunidad semejante, y por eso creo que debemos comenzar a preguntarnos algo que va mucho más allá de quién gobierna Venezuela ¿qué vamos a hacer con lo que se ha logrado?

María Corina Machado ya habló. Ha planteado públicamente que Venezuela necesita transparencia, seguridad jurídica, rentabilidad para la inversión y finalmente, legitimidad democrática capaz de darle estabilidad a todo este proceso; su posición no niega que la inversión que está llegando sea importante sino que, para hacerla duradera, será necesario construir alrededor de ella instituciones confiables. Eso permite que la conversación pueda avanzar, porque ya no se trata solamente de pedir una posición frente a lo que está ocurriendo, sino de preguntarnos cómo podemos tomar esta apertura, acompañarla y comenzar a sembrar alrededor de ella iniciativas capaces de ayudar a que las próximas decisiones sean mejores, que exista una voz venezolana que pueda estudiar, revisar, proponer, comunicar y colaborar sin necesidad de convertirse en un obstáculo para lo que está comenzando.

No se trata de declarar equivalentes responsabilidades que no lo son, ni de aceptar aquello que durante tantos años millones de venezolanos han rechazado, ni mucho menos de renunciar a convicciones para fabricar una reconciliación artificial mas bien se trata de algo diferente y es que tomemos lo que se ha construido, incluyendo el enorme espacio abierto junto a Estados Unidos, y utilicémoslo para comenzar a edificar la República que todavía no tenemos.

Porque quizás podamos construir desde ahora espacios capaces de reunir el conocimiento que existe disperso, petroleros, empresarios, economistas, abogados, universidades, expertos internacionales, trabajadores, gremios, sociedad civil y venezolanos dentro y fuera del país, no para sustituir a quienes negocian, no para detener firmas, no para pretender ejercer facultades que corresponden al Estado, sino para entender mejor, aportar ideas, comparar modelos, estudiar experiencias internacionales, comunicar lo que está ocurriendo de una manera más clara y ayudar a que cada nueva negociación pueda incorporar lo aprendido en la anterior porque no se trata de revisar para impedir; se trata de revisar para comprender, aprender y hacer mejor lo que apenas comienza.

Y allí María Corina puede continuar teniendo una voz importante mientras llega el momento en que los venezolanos puedan nuevamente decidir electoralmente su futuro, aunque este puede ser un espacio mucho más amplio que ella sola, una convocatoria nacional que no pertenezca a una sola persona ni a una sola fuerza política.

Porque paradójicamente una parte del problema económico venezolano parece comenzar a encontrar caminos, el petróleo vuelve a tener interlocutores, aparecen inversiones, se discuten contratos, el mundo vuelve lentamente a mirar hacia Venezuela y eso es bueno. Debemos querer que funcione, debemos querer que llegue el capital, debemos querer que regresen empresas, conocimiento, tecnología, infraestructura y capacidad productiva, y debemos procurar que quienes estén considerando Venezuela puedan entender mejor al país, reducir la fricción de entrada y encontrar interlocutores serios con una visión clara de hacia dónde podemos ir.

Pero resolver la economía no resolverá necesariamente a Venezuela ya que podríamos volver a producir millones de barriles, recibir inversiones, recuperar infraestructura, aumentar ingresos y regresar al crecimiento y, sin embargo, conservar intacto el problema que nos ha acompañado durante buena parte de nuestra historia, un ciudadano sin suficiente capacidad para conocer, comprender y participar en la vigilancia del poder que administra la riqueza que teóricamente le pertenece y es allí donde debería comenzar la próxima lucha democrática, no solamente en conquistar el gobierno sino en aprender a controlar al gobierno, incluso al nuestro.

Y para hacerlo creo que deberíamos plantearnos desde ahora tres tareas nacionales que no pueden esperar al día después de la transición, porque si esperamos a ese día llegaremos a él sin los instrumentos que lo harán distinto a todo lo anterior.

La primera es construir verdaderos mecanismos ciudadanos de participación, revisión, seguimiento y auditoría del Estado. Si existen acuerdos que comprometen petróleo, recursos naturales, ingresos futuros o activos de la República, el venezolano debería poder conocerlos, no dentro de diez años sino ahora, y para eso necesitamos una arquitectura de transparencia independiente del gobierno de turno, con participación técnica de universidades, gremios, sociedad civil e instituciones autónomas, con publicación periódica de contratos, regalías, producción, beneficiarios finales y grado de cumplimiento, con auditorías externas e información comprensible para cualquier ciudadano; no se trata de gobernar desde una comisión, sino de algo mucho más sencillo y mucho más profundo: que nunca más gobernar Venezuela signifique administrar a Venezuela en secreto.

Y quizás podemos comenzar a sembrar parte de esa arquitectura incluso antes de tener el poder de convertirla en ley, creando iniciativas independientes capaces de observar experiencias, elaborar propuestas, estudiar contratos cuando sean públicos, comparar modelos fiscales y regulatorios, generar recomendaciones y servir de puente entre Venezuela y quienes están llegando nuevamente a invertir. Lo que estamos acordando hoy puede ser determinante durante treinta o cuarenta años, y tenemos derecho a saber qué se acuerda, con quién, cuánto recibe Venezuela y qué obligaciones quedan para nuestros hijos, pero conocerlo no debe tener como propósito destruirlo: debe permitirnos aprender de ello, corregir cuando sea necesario, reconocer cuando algo esté bien hecho y construir sobre aquello que funciona.

La transparencia no debería ser una concesión del próximo gobierno sino parte de la nueva arquitectura democrática, y quizás esa sería una de las primeras señales verdaderamente poderosas de que algo cambió y es crear mecanismos destinados a observar y acompañar no solamente al poder que queremos sustituir sino también al poder que algún día ejerceremos nosotros y esa es la democracia que todavía no hemos tenido.

La segunda tarea es crear ahora un Fondo Nacional de Ahorro y Estabilización, no dentro de cinco años como otros países que comenzaron y aprendieron después, sino antes de que llegue el dinero, porque si esperamos a que llegue ya será demasiado tarde para establecer las reglas que impidan que se repita el ciclo que conocemos casi como parte de la memoria del venezolano, llegan los ingresos, aumenta el gasto, el Estado crece, la política comienza a competir por la renta, el país confunde riqueza con ingreso y cuando cae el precio descubrimos que gastamos aquello que creíamos poseer y creeme que eso está profundamente metido en nuestra historia y hemos pagado su precio en sangre, en diásporas, en luchas y en muertes por lo que no necesitamos vivirlo nuevamente.

Noruega encontró la manera de evitarlo convirtiendo una parte de su riqueza petrolera en ahorro para generaciones futuras y estableciendo reglas para limitar cuánto de ese patrimonio puede utilizar el presupuesto; Chile creó un fondo de estabilización para amortiguar los ciclos; Kazajistán construyó también mecanismos para administrar una riqueza extraordinaria que podía transformarlo o deformarlo. No tenemos que inventar nada desde cero, existen experiencias que podemos estudiar, adaptar y mejorar, y lo que necesitamos es la humildad institucional de aprender de quienes lo hicieron mejor habiendo entendido tambien de que a estas alturas, deberiamos saber que queremos como modelo de desarrollo.

Un porcentaje obligatorio de los ingresos extraordinarios de hidrocarburos, administración profesional independiente, auditoría internacional, balances públicos y una condición sencilla: que ningún gobierno pueda convertir nuevamente una bonanza petrolera en su presupuesto político particular, porque extraer petróleo significa transformar un activo que estaba debajo de la tierra en dinero, y si consumimos completamente ese dinero simplemente extinguimos patrimonio; si lo transformamos en educación, infraestructura, tecnología y activos financieros, convertimos un recurso agotable en riqueza permanente. Una parte debe estabilizar la economía frente a futuras caídas y la otra pertenece literalmente al futuro, a nuestros hijos, a nuestros nietos, a nuestro legado por vivir en esta tierra de gracia que nos dio todo.

La tercera tarea es la más difícil porque no es económica ni jurídica y es profundamente venezolana. Tenemos que reconciliar nuestra propia identidad alrededor del petróleo, y para entender por qué conviene recordar que el 24 de octubre de 1829, Simón Bolívar firmó en Quito el decreto que establecía que las minas de cualquier clase corresponden a la República, texto que se convertiría en uno de los fundamentos históricos del régimen venezolano sobre los hidrocarburos. No fue Gómez, no fue CAP, fue Bolívar y hay en ese documento un detalle extraordinariamente simbólico, el mismo decreto establecía que ciertos derechos pagados por las minas debían formar un fondo destinado a financiar cátedras de minería y mecánica, de modo que en 1829 ya aparecía una intuición que seguimos intentando resolver casi dos siglos después,  que la riqueza extraída del suelo debía dejar conocimiento y capacidad detrás de ella.

Pero a partir de allí construimos una relación tremendamente compleja con nuestros recursos. El petróleo terminó siendo mucho más que petróleo, se convirtió en soberanía, en nacionalismo, en poder, en gasto, en Estado, en promesa social, en instrumento político y finalmente también en una manera de dividirnos, de modo que durante décadas hemos discutido quién es suficientemente nacionalista para administrarlo, quién lo entregó, quién lo defendió, quién lo nacionalizó, quién lo abrió, quién negocia con Estados Unidos y quién no debería hacerlo y mientras discutíamos todo eso fuimos perdiendo de vista la pregunta que más importaba ¿qué recibió verdaderamente el ciudadano venezolano de todo aquello?

Quizás ha llegado el momento de cambiar la pregunta, porque el petróleo no tiene ideología, un pozo no es de izquierda, una refinería no es de derecha, una concesión no es patriótica por ser estatal ni antipatriótica por incorporar capital privado y las soluciones políticas no llegan en barco al puerto de La Guaira, y lo verdaderamente soberano debería ser otra cosa, que el recurso produzca el máximo beneficio posible para los venezolanos, bajo reglas conocidas, instituciones fuertes, contratos transparentes y participación ciudadana. Ya basta de convertir cada decisión económica en una batalla existencial, ya basta de comenzar nuevamente cada veinte años, de nacionalizar lo que otro abrió y abrir lo que otro nacionalizó, de utilizar el petróleo para decidir quién pertenece y quién no pertenece a la nación. Necesitamos construir reglas y dejar que las reglas sobrevivan a nosotros.

Y allí existe una oportunidad histórica que va mucho más allá de conducir un espacio político. María Corina posee hoy una voz importante y una legitimidad construida durante años de confrontación; esa voz puede ayudar durante este período a convocar, proponer, preguntar, conectar y contribuir a la construcción de las reglas de una convivencia posterior a esa confrontación, no para olvidar, no para borrar responsabilidades, no para fingir que todos pensamos igual, sino precisamente para que nunca más necesitemos pensar igual para poder vivir dentro del mismo país y esa convocatoria no tiene por qué pertenecer a una sola persona ni a una sola fuerza política, puede ser una convocatoria nacional.

Que podamos discutir petróleo sin discutir quién es venezolano, que podamos cambiar de gobierno sin cambiar las reglas, que podamos recibir inversiones sin sentir que entregamos la República, que podamos defender nuestra soberanía sin aislarnos del mundo, que podamos producir riqueza sin entregársela completamente al Estado y que podamos tener un Estado poderoso sin volver a tener ciudadanos impotentes.

Para eso necesitamos las tres cosas que podemos comenzar a construir desde ahora, participación, revisión y transparencia alrededor del poder; ahorro nacional sobre la renta y reconciliación histórica alrededor del petróleo. Tal vez esa sea la transición verdaderamente importante, porque Estados Unidos nos ayudó a abrir una puerta y lo está haciendo incluso desde la estrechez de su propio hombro institucional y lo que estamos viendo estos días en Washington debería ser entendido también desde allí, como una operación de enorme importancia que atraviesa los mecanismos naturales de revisión de una democracia que funciona, lo que significa que nosotros deberíamos aspirar precisamente a eso, a poder apoyar una oportunidad y revisarla, a poder celebrar una inversión y querer entenderla, a poder defender el acuerdo con quienes se haya firmado y simultáneamente preguntarnos cómo hacerlo todavía mejor, a poder señalar una debilidad sin convertirla inmediatamente en una condena y a poder reconocer un acierto aunque provenga de alguien con quien políticamente no coincidimos. Eso sería profundamente nuevo para nosotros.

Los inversionistas pueden ayudarnos a recuperar la industria, las compañías pueden volver a producir petróleo, el capital puede reconstruir infraestructura, Estados Unidos puede ayudar a crear condiciones que hasta hace poco parecían inimaginables, pero existe algo que solamente nosotros podemos reconstruir y es la confianza del venezolano en que Venezuela también le pertenece, y para eso quizás necesitamos comenzar a sembrar desde ahora iniciativas que permitan estudiar, comunicar, conectar y proponer espacios donde quienes conocen puedan explicar, donde quienes invierten puedan escuchar, donde quienes negocian puedan encontrar experiencia, donde quienes tienen dudas puedan preguntar y donde una sociedad pueda ir comprendiendo qué se está construyendo en su nombre, no un gobierno paralelo, ni una oposición al desarrollo; no una instancia destinada a decir que no a una inteligencia venezolana organizada alrededor de la posibilidad de decir veamos, entendamos, ayudemos y hagámoslo mejor, porque quizás el verdadero desafío de esta etapa no sea únicamente atraer la próxima inversión sino construir la capacidad nacional para recibirla.

No desperdiciemos esta oportunidad intentando simplemente administrar mejor la próxima bonanza ni tampoco destruyendo el logro. Hagamos algo infinitamente más importante, construyamos desde ahora las instituciones, las conversaciones y los mecanismos que permitan que el desarrollo sobreviva a quienes hoy lo están impulsando, porque las elecciones llegarán y los venezolanos deberán poder decidir su futuro, pero hasta entonces no tenemos por qué permanecer inmóviles, podemos sembrar, podemos estudiar, podemos conectar, podemos proponer, podemos construir confianza, podemos tener una voz, y esa voz no tiene por qué levantarse contra lo que está naciendo sino para ayudarlo a crecer mejor.

Después de casi dos siglos discutiendo quién tiene derecho sobre lo que existe debajo de nuestra tierra, quizás ha llegado finalmente el momento de ocuparnos de quién debe tener voz sobre lo que ocurre encima de ella y hacerlo no para detener a Venezuela sino para ayudarla finalmente a avanzar.

Rafael Egáñez Anderson

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