Por Elizabeth Sánchez Vegas
Se firmó en Miraflores. Diecisiete pozos, sesenta y cinco mil millones de barriles, un secretario del Tesoro norteamericano de visita y la pregunta que todo el mundo hizo en voz baja, y algunos también en voz alta: con qué mandato firma un gobierno que nadie eligió. El jueves, María Corina Machado grabó un video desde el exilio para decir que entiende esa preocupación y que Venezuela necesita mucho más que dinero puesto en su industria petrolera.
Tenía razón y la discusión era necesaria. Se llevó la semana completa y seguramente nos acompañará durante varias más, porque todavía hay demasiado que entender, discutir y aclarar.
Por eso pasó casi inadvertido lo que ella misma había dicho tres días antes, desde un salón en Eslovenia, durante el Bled Strategic Forum, en un panel sobre Europa y América Latina. Esta vez no habló de barriles, contratos ni inversiones, sino de algo mucho menos cuantificable y quizá por eso mucho más profundo: 𝐝𝐢𝐣𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐥𝐚 𝐚𝐥𝐞𝐠𝐫í𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐢𝐧𝐭𝐢ó 𝐄𝐮𝐫𝐨𝐩𝐚 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐜𝐚𝐲ó 𝐞𝐥 𝐌𝐮𝐫𝐨 𝐝𝐞 𝐁𝐞𝐫𝐥í𝐧 𝐞𝐬 𝐥𝐚 𝐦𝐢𝐬𝐦𝐚 𝐚𝐥𝐞𝐠𝐫í𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐯𝐞𝐧𝐞𝐳𝐨𝐥𝐚𝐧𝐨𝐬 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐫𝐞𝐧 𝐬𝐞𝐧𝐭𝐢𝐫 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐕𝐞𝐧𝐞𝐳𝐮𝐞𝐥𝐚, 𝐂𝐮𝐛𝐚 𝐲 𝐍𝐢𝐜𝐚𝐫𝐚𝐠𝐮𝐚 𝐫𝐞𝐜𝐮𝐩𝐞𝐫𝐞𝐧 𝐩𝐥𝐞𝐧𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐬𝐮 𝐝𝐞𝐦𝐨𝐜𝐫𝐚𝐜𝐢𝐚.
No escogió esa imagen al azar, y el lugar tampoco era casual. Eslovenia perteneció a una Europa en la que durante décadas millones de personas crecieron sabiendo que buena parte de su destino estaba condicionado por fronteras, regímenes y decisiones tomadas por otros, de modo que quienes la escuchaban entendían perfectamente lo que significa vivir dentro de una realidad que parece definitiva hasta el día en que deja de serlo.
Casi nadie se detuvo allí, tal vez porque estábamos demasiado ocupados contando barriles para advertir que María Corina acababa de hablar, en realidad, del final de una época.
Para comprender por qué esa comparación importa, hay que volver a la noche del 9 de noviembre de 1989, cuando Günter Schabowski, funcionario del régimen comunista de Alemania Oriental, compareció ante la prensa con unas notas que no dominaba del todo y anunció nuevas disposiciones para facilitar los viajes hacia Occidente. Desde la sala le preguntaron cuándo entraban en vigor y, después de revisar el papel y vacilar unos segundos, respondió que, hasta donde sabía, de inmediato.
No era exactamente lo previsto. La medida debía comenzar después, acompañada por trámites, controles, filtros y toda la maquinaria burocrática con la que un régimen intenta administrar incluso la libertad cuando empieza a escapársele de las manos, pero la frase ya había sido pronunciada y, además, había sido pronunciada en televisión.
Horas más tarde, miles de personas se agolpaban frente al paso fronterizo de Bornholmer Strasse, mientras del otro lado Harald Jäger, oficial responsable del puesto, telefoneaba a sus superiores buscando instrucciones que no llegaban. La multitud seguía creciendo, las órdenes no aparecían y, cerca de las once y media de la noche, abrió la barrera.
Así empezó a caer el Muro de Berlín.
Lo extraordinario no fue solamente que una estructura de concreto, alambradas, vigilancia y órdenes terminara vencida, sino comprender qué la había sostenido durante veintiocho años. No eran únicamente sus casi cuatro metros de altura, las torres, los guardias o la amenaza del castigo; era algo más resistente que todo eso: la certeza de que seguiría allí mañana.
Durante casi tres décadas hubo familias separadas por calles que se habían convertido en otro mundo, abuelos que murieron sin volver a abrazar a un hermano que vivía a pocos kilómetros y niños que aprendieron que la palabra allá podía significar un lugar visible y, al mismo tiempo, imposible de alcanzar. Millones de personas se acostumbraron a pensar que aquella división formaba parte del orden natural de las cosas, hasta que una noche cualquiera dejó de serlo.
Tú sabes de qué estoy hablando porque también has hecho la cuenta de los años, has visto pasar gobiernos, negociaciones, acuerdos, comunicados y fotografías de personas dándose la mano en salones donde siempre parece estar decidiéndose algo que nunca termina de llegar, y aprendiste a desconfiar de la esperanza porque ilusionarse cuesta caro y esa factura ya la pagaste demasiadas veces.
Ahora mismo, mientras lees esto, vuelven a existir negociaciones sobre un país que ya expresó con claridad lo que quiere, mientras la pregunta más sencilla sigue tropezando con respuestas cada vez más sofisticadas: cuándo se vota.
Habrá elecciones, dicen, cuando el país esté preparado.
Pero Berlín recuerda algo incómodo para quienes necesitan que la historia venga acompañada de cronogramas. Nadie despertó aquel 9 de noviembre sabiendo que había llegado el día, ninguna delegación había acordado la hora de la libertad y ninguna mesa anunció que antes de medianoche una barrera levantada durante décadas iba a abrirse, porque los sistemas no siempre comienzan a ceder cuando alguien fija una fecha, sino cuando suficiente gente deja de asumir que aquello que existe tiene necesariamente que seguir existiendo.
En Venezuela ocurrió algo de esa naturaleza el 28 de julio de 2024, cuando millones de venezolanos no se limitaron a votar, sino que sostuvieron una operación cívica levantada bajo persecución, cuidaron mesas, contaron, copiaron, transmitieron y preservaron actas en un país sin garantías suficientes, demostrando que aun después de tantos años de desgaste seguían siendo capaces de organizarse y responder por la voluntad expresada en las urnas.
María Corina lo recordó en Eslovenia con una frase que merece ser leída despacio: 𝐧𝐮𝐞𝐬𝐭𝐫𝐨 𝐩𝐮𝐞𝐛𝐥𝐨 𝐲𝐚 𝐭𝐨𝐦ó 𝐬𝐮 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐬𝐢ó𝐧.
Lo importante está en ese tiempo verbal, porque hay algo que ya no está pendiente y es qué quiere Venezuela. La voluntad fue expresada con una claridad que todavía incomoda a más de un gobierno, y un voto no deja de existir simplemente porque alguien se niegue a reconocerlo; lo que falta no es que los venezolanos decidan, sino que esa decisión pueda transformarse en realidad política.
Y vale la pena detenerse un momento en quién pronunció esa frase: una mujer que pasó once meses escondida dentro de su propio país, cambiando de lugar y viviendo lejos de sus hijos para evitar ser capturada por el régimen; una mujer a la que, cuando el terremoto dejó venezolanos bajo los escombros en junio, se le impidió regresar aun después de decir que no quería un escenario ni un micrófono, sino poner sus manos junto a las de quienes buscaban sobrevivientes; y una dirigente que, cuando se instaló una nueva mesa de negociación sin ella, no convirtió su ausencia en el centro del debate, sino que habló de presos políticos, del regreso de los exiliados, de un árbitro electoral independiente y de algo tan elemental que en Venezuela ha terminado pareciendo revolucionario: una fecha.
Esa quizá sea una de las razones por las que incomoda tanto, porque María Corina no negocia el idioma. Mientras buena parte del tablero político se llena de palabras cuidadosamente escogidas, proceso, estabilización, nuevo momento político, entendimiento, ella sigue pronunciando otras mucho menos cómodas: 𝐞𝐥𝐞𝐜𝐜𝐢ó𝐧, 𝐟𝐞𝐜𝐡𝐚, 𝐯𝐨𝐭𝐨𝐬.
Y por eso importa tanto que, mientras esta semana todos hablábamos de petróleo, tres días antes ella hubiera hablado de alegría.
No de una alegría ingenua ni fabricada para una consigna, sino de la que llega cuando algo que durante demasiado tiempo pareció inamovible deja de serlo, cuando una frontera que había terminado instalándose también dentro de la cabeza pierde de pronto su autoridad y la vida vuelve a ensancharse.
Tal vez por eso el 𝐡𝐚𝐬𝐭𝐚 𝐞𝐥 𝐟𝐢𝐧𝐚𝐥 no llegue acompañado por un gran anuncio, ni por una ceremonia, ni por un comunicado capaz de anticiparlo. Puede ocurrir que un día una orden deje de ejecutarse, que alguien que hasta entonces obedecía decida no hacerlo, que otro venezolano salga de su casa, que alguien más se quede donde antes se retiraba y que una multitud descubra, de repente, que ya son demasiados para volver atrás.
Entonces entenderemos del todo lo que María Corina quiso decir en Eslovenia, porque la alegría no será solamente la de haber ganado una elección ni la de haber salido del régimen, sino algo mucho más íntimo: la de descubrir que aquello que durante años parecía imposible ya no lo es.
Será la alegría de Berlín, la de desconocidos abrazándose como si se conocieran de toda la vida, la de familias llamándose desde ciudades y continentes distintos, la de quienes lloran sin saber exactamente en qué momento comenzaron a hacerlo, la de alguien que después de veinte años vuelve a decir voy a casa y, por primera vez, la frase significa exactamente eso.
Prepárate para esa noche, no porque sepamos cuándo llegará, sino porque llevamos demasiado tiempo creyendo que para que algo ocurra primero tiene que aparecer una fecha.
Aquella tampoco la tenía.
Nota: Este artículo se basa en declaraciones de María Corina Machado durante su intervención en el Bled Strategic Forum, Eslovenia, el 31 de agosto de 2026, y en su video sobre el acuerdo petrolero publicado el 3 de septiembre de 2026.


