Venezuela, el petróleo nunca llega solo

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Por Rafael Egánez

Venezuela vuelve a hablar de petróleo como si el petróleo fuera la respuesta y no la pregunta. Anuncios de inversión, cifras de reservas, compañías que regresan, todo parece indicar que el país está a punto de recuperar lo que fue y sin embargo hay cinco países que ya recorrieron ese camino antes que nosotros, con resultados tan distintos que conviene mirarlos con calma antes de celebrar.

Kazajistán, Colombia, México, Angola e Irak tuvieron que responder, en algún momento, la misma pregunta que hoy vuelve a plantearse entre nosotros, qué construir alrededor de lo que se extrae del subsuelo, porque tener petróleo no basta, encontrarlo tampoco, y producirlo, mucho menos y sospecho que sus historias le sirven a Venezuela como referenciales históricos serios más que sus propios resultados.

Kazajistán no descubrió que tenía petróleo al desaparecer la Unión Soviética en 1991; el campo Tengiz estaba descubierto desde 1979 y Moscú conocía su importancia, el problema era que se trataba de un yacimiento profundo, complejo y de enorme presión, cuya explotación exigía capital y tecnología que el nuevo país no tenía, y que además heredaba una economía diseñada para ser pieza de un sistema mayor que de repente había dejado de existir. Ser dueño de Tengiz y poder desarrollarlo eran dos cosas distintas, y por eso en abril de 1993, apenas dieciséis meses después de la independencia, el gobierno firmó con Chevron el acuerdo que creó Tengizchevroil; el capital y el riesgo vendrían de afuera, el recurso seguiría siendo del país y el Estado participaría mediante propiedad, impuestos y regalías.

No fue una renuncia a la soberanía sino una definición pragmática de ella, porque la soberanía sobre un recurso que permanece inmóvil bajo tierra vale bastante menos que la ejercida sobre uno que produce, paga y financia al Estado y aquel acuerdo produjo algo tan valioso como el petróleo, que fue credibilidad, esa que los países no decretan y que los mercados solo conceden después de observar conductas durante añosn y vale precisar, corrigiendo mi artículo anterior, que Kashagan se descubrió en 2000 y que el fondo soberano nació ese mismo año, no junto al acuerdo de 1993; la precisión fortalece el ejemplo, porque muestra que Kazajistán no diseñó una arquitectura perfecta en una tarde sino que primero abrió, luego aprendió y solo después construyó instituciones para administrar la renta, algo que Venezuela debería mirar con atención, pues llevamos demasiado tiempo creyendo que para empezar a reconstruir hay que haber resuelto antes todas nuestras contradicciones y no es asi, y aunque paresca, no es lo mismo el peso de una economia con plan vs. el peso de una politica que necesita reparacion.

Colombia llegó al mismo problema desde otro lugar, su industria nació bajo concesiones, como la de Mares en 1905, pero aquellas concesiones revertían al Estado, y cuando la de Mares revirtió en 1951 sus activos fundaron Ecopetrol. Medio siglo después las reservas caían, el país podía convertirse en importador y arrastraba guerrilla, narcotráfico, ataques a infraestructura y una percepción de riesgo altísima, y entonces hizo algo que nos concierne directamente, en 2003 creó la Agencia Nacional de Hidrocarburos y separó funciones que hasta entonces convivían dentro de Ecopetrol, que dejó de ser a la vez empresa y administradora del recurso, no la destruyeron ni la privatizaron; la obligaron a parecerse a una empresa. La enseñanza para nosotros es enorme, porque PDVSA fue operador, brazo fiscal, instrumento político, agente diplomático, comprador público, ejecutor de programas sociales y casi un Estado dentro del Estado y una institución que responde a demasiadas misiones termina respondiendo mal a todas por ello que la lección colombiana no es privatizar PDVSA sino separar al dueño del recurso, al regulador y al operador, para que el Estado sea Estado (politica) y la petrolera produzca petróleo (economia).

México ofrece la advertencia más seria, porque allí el petróleo dejó hace mucho de ser una actividad económica para volverse identidad. Para entender la reforma de 2013 hay que empezar en 1938, cuando Cárdenas expropió una industria dominada por extranjeros y nació Pemex y con ella una ecuación política en la que petróleo, Pemex, soberanía y nación pasaron a significar casi lo mismo y eso importa, porque las políticas públicas no viven solo en leyes y balances sino en la memoria de los pueblos. Cuando los campos maduraron y el deterioro se hizo evidente, México reformó en 2013 sin entregar la propiedad del subsuelo, cambiando solo la manera de desarrollarlo, contratos, licitaciones, capital privado, nuevos reguladores donde la reforma era técnicamente defendible, económicamente lógica y jurídicamente aprobada, pero una parte del país nunca la hizo suya, porque para ese sector la discusión no era sobre eficiencia sino sobre Cárdenas y sobre una idea de nación. López Obrador lo entendió, la apertura perdió impulso desde 2018 y las reformas de 2024 y 2025 bajo Sheinbaum la revirtieron en buena parte, según reconoció el propio gobierno siendo aquí la advertencia para Venezuela va más allá de la seguridad jurídica, una reforma puede ser legal y no ser legítima, tener contratos impecables y carecer del consenso que los defienda cuando cambie el gobierno y entonces se revierte recordando que nosotros tenemos nuestro propio 1938 y se llama 1976; también convertimos la nacionalización en orgullo y aprendimos a decir que el petróleo es nuestro.

Cualquier apertura que se limite a explicarnos que el capital privado es más eficiente entiende la mitad del problema, porque la arquitectura tendrá que ser económicamente sensata pero también políticamente venezolana y sobre todo tendrá que sobrevivir a quien gane la próxima elección, si una reforma pertenece a un gobierno, terminará con ese gobierno.

Angola muestra otro riesgo ya que tras independizarse de Portugal en 1975 entró en una guerra civil que duró hasta 2002 y sin embargo su gobierno marxista, aliado de Moscú y La Habana, mantuvo una relación absolutamente pragmática con las petroleras internacionales porque necesitaba producir. El petróleo siguió funcionando mientras el país se destruía, en buena medida porque estaba en el mar, y justamente ahí empezó el problema, plataformas sofisticadas operadas con tecnología de primer mundo mientras en tierra reinaban la pobreza y las instituciones débiles, cuando llegó la paz y con ella el gran ciclo de precios, los miles de millones no se convirtieron proporcionalmente en instituciones, diversificación ni bienestar. Angola demuestra que es perfectamente posible construir una industria petrolera de primer mundo dentro de una economía que nunca llega a serlo, y que el petróleo puede ser un enclave.

Imaginen una Venezuela que recupera producción, exporta, recibe inversión y exhibe campos de estándar global, pero cuyas escuelas siguen rotas, su electricidad precaria, sus pequeñas empresas sin crédito y sus ciudadanos queriendo irse, por lo cual, ¿Diríamos que se recuperó? Yo diría que recuperamos la producción petrolera, que es otra cosa; por eso escribí que ya tuvimos petróleo y ahora necesitamos economía.

Irak es la versión más dramática de esa diferencia, nacionalizó su industria en 1972 y durante los setenta el petróleo sí construyó Estado, escuelas y servicios, hasta que dos décadas de guerras, sanciones e invasión lo devastaron. Después de 2003 llegaron el dinero, los contratistas y las compañías, y la producción se recuperó; el Estado no lo hizo a la misma velocidad, porque la reconstrucción se estrelló contra corrupción, inseguridad, clientelismo y una administración incapaz de absorber tanto capital.

Es mucho más fácil reparar un pozo que reparar una institución, una turbina se compra, una refinería se rehabilita, pero nadie importa en un barco el Estado de derecho ni reconstruye en dieciocho meses una cultura institucional que tardó 3 décadas en destruirse. Ese es el Irak que debería preocuparnos, porque probablemente consigamos capital para rehabilitar la industria mucho antes de haber reconstruido lo necesario para administrar lo que esa recuperación genere.

Juntas, estas cinco historias no son cinco modelos petroleros sino cinco maneras de relacionar petróleo, Estado, capital y sociedad y Venezuela tiene algo de todas, la nacionalización como identidad de México, la empresa estatal desbordada de Colombia, los recursos gigantes que no podemos activar solos de Kazajistán, el riesgo de enclave de Angola y la ilusión iraquí de que porque volvieron los barriles volvió el país.

No hay que copiar a ninguno sino aprender de todos, el pragmatismo kazajo, la separación colombiana de funciones, la legitimidad que a México le faltó, y evitar el enclave angoleño y la ilusión iraquí y no necesitamos escoger entre estatismo y entrega, entre soberanía y capital, porque esas son discusiones del siglo pasado; la que importa es cómo diseñamos una estructura donde el país conserve la soberanía mientras empresas nacionales e internacionales compiten por desarrollar sus recursos, donde el Estado capture una renta justa sin asfixiar la inversión, donde los contratos sean sólidos para financiar proyectos de treinta años y legítimos para sobrevivir a los gobiernos que los firmaron y donde la renta no vuelva al presupuesto corriente sino a la infraestructura, la educación y las capacidades que algún día nos harán depender menos del mismo petróleo que pagó la reconstrucción.

Porque estas historias demuestran que el petróleo nunca llega solo, con él llegan poder, capital, intereses, corrupción posible, tecnología, dependencia y conflictos sobre quién se queda con qué. El subsuelo entrega el recurso y la sociedad decide en qué lo convierte, y esa es la diferencia entre los países que simplemente tuvieron petróleo y los que lo usaron para construir algo mayor.

Sigo creyendo que Venezuela vuelve a ser posible, pero ahora agregaría una condición, no dependerá de cuántos barriles produzcamos ni de cuántas compañías regresen, sino de que tengamos la madurez de entender que el petróleo puede ayudarnos a reconstruir Venezuela y para que eso ocurra no podemos permitir que esta coyuntura termine convertida en otro pote de humo que, bajo la urgencia de reconstruir la economía, nos haga esconder aquello que todavía debemos resolver como país.

Tenemos que ser capaces de sostener ambos discursos al mismo tiempo, la exigencia política y la necesidad económica, sin utilizar una para negar o posponer la otra y si conseguimos hacerlas convivir con inteligencia quizás esta coyuntura produzca la sinergia necesaria para evolucionar hacia algo mejor de aquello en lo que nos hemos convertido y no volver a ser un gran país petrolero, sino utilizar por última vez nuestra condición de gran país petrolero para convertirnos, finalmente, en un gran país.

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