El New York Times acaba de nombrar a Breaking Bad la mejor serie del siglo XXI. Es una buena excusa para volver sobre ella, no como crítica televisiva sino como reflexión ética política que surge de este thriller criminal.
Walter White es un profesor de química mediocre en Alburquerque, Nuevo México, al que un cáncer de pulmón le pone fecha de vencimiento. Ante la precariedad de su familia, con Skyler su esposa embarazada y un hijo con parálisis cerebral, decide fabricar y vender metanfetamina el tiempo necesario para dejarles un colchón financiero. La lógica, al principio, es impecablemente maquiavélica: un medio moralmente inaceptable subordinado a un fin defendible. Está convencido que saldrá del negocio cuando la meta se cumpla.
Quien siguió la serie recuerda cómo se fue torciendo esa lógica. Mantener el negocio implica matar a clientes que no querían pagar, asociarse con personajes de cada vez mayor maldad y mayores recursos, enfrentarse a una competencia que no tenía ningún remilgo para deshacerse de él. Al principio Heisenberg (seudónimo de Walter White) mata por sobrevivir. Luego mata para sacarse la competencia de encima, o simplemente deja morir a quien le estorbaba en el negocio. De un químico mediocre con una familia normal pasó a ser un mafioso desalmado.
Y la meta financiera se cumplió. Los cientos de miles de dólares que necesitaba para la vejez de Skyler y la universidad de sus hijos llegaron hace rato. Walter ya tiene millones pero ningún interés en dejar el negocio. En el capítulo final, derrotado por la enfermedad, le confiesa a Skyler lo que el espectador sospechaba hacía temporadas: el dinero dejó de ser el objetivo mucho antes de que el negocio terminara. Le agarró el gusto al poder. Ya no era la seguridad financiera, sino el placer del juego y el reconocimiento que lograba en su propio imperio. El medio se había comido al fin.
De Maquiavelo a la captura del fin por el medio
La lógica de Maquiavelo, ¿justifica el fin los medios? presupone que el fin sigue ahí, vigilando, dándole sentido a lo que se hace en su nombre. La vida de Walter White describe algo distinto: un punto en el que el fin original se vacía y el medio, el poder mismo, ocupa su lugar. Ya no se ejerce poder para algo. Se hace lo que sea necesario para seguir teniendo poder.
Lord Acton lo resumió hace más de un siglo: el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente. Max Weber, en La política como vocación, advirtió que gobernar es pactar con el diablo del poder y que pocos salen indemnes del trato. Y la psicología contemporánea ha empezado a documentar con datos lo que Weber intuía: los trabajos de Dacher Keltner sobre la “paradoja del poder” muestran que ejercerlo durante mucho tiempo reduce la empatía y la capacidad de leer al otro, y el psiquiatra y político británico David Owen describió, a partir de estudiar jefes de Estado, un “síndrome de hubris” que infla la sensación de excepcionalidad hasta volver casi imposible reconocer el momento de soltar el poder.
El problema no es que alguien tenga poder, el problema es el momento en que deja de ser instrumento y pasa a ser identidad.
La política: el caudillo que ya no sabe para qué gobierna
El mecanismo no distingue de ideología. Cambia el pretexto, no el proceso.
Un presidente llega al poder con un diagnóstico razonable: hay que derrotar a las pandillas, hay que redistribuir la renta que capturó una élite parasitaria del Estado. Son objetivos que cualquier ciudadano razonable suscribiría. El problema empieza cuando la oposición política, judicial o mediática se convierte en el obstáculo a vencer, y vencerla exige capturar instituciones, silenciar prensa, extender mandatos. La división de poderes que Montesquieu concibió como freno al despotismo se diluye en formalismo. La Constitución se ajusta no porque el proyecto original lo exigiera, sino porque el poder ya adquirido necesita renovarse a sí mismo. Con más del 82% de los votos, la victoria deja de leerse como mandato ciudadano y empieza a leerse como validación de una voluntad que ya no necesita justificarse ante nadie.
Otro presidente llega al poder con un diagnóstico igual de razonable, desde el extremo ideológico contrario: hay que redistribuir una renta capturada durante décadas por una minoría, y ponerle fin a la pobreza poniendo esa renta al servicio del pueblo. También aquí cualquier ciudadano razonable suscribiría el objetivo. También aquí la oposición (la burguesía, los medios, “el imperio”) se convierte en el enemigo a vencer, y vencerlo exige capturar el Tribunal Supremo, controlar el árbitro electoral, eliminar el límite a la reelección. Al final los pobres, la justificación original del proyecto, terminan siendo su principal víctima, mientras el poder se mantiene en su nombre: “hay que mantenerlos pobres pero con esperanza”, dijo un alto funcionario.
Lo revelador, en ambos casos, no es el resultado electoral inicial, que puede ser genuino. Es la secuencia: primero el fin justifica medios cuestionables, después los medios (el control del aparato del Estado, la popularidad, la sensación de ser insustituible) se convierten en lo que hay que proteger a cualquier costo, incluidos los mismos ciudadanos que dieron el mandato original. Da igual si la bandera es la mano dura o la justicia social. El día en que la popularidad decline, y todas declinan, será difícil que quien la disfrutó admita que el poder nunca fue el medio. Siempre fue el fin.
Los negocios: el fundador que confunde su identidad con su empresa
En “La mano de Dios y la derrota de las reglas” (artículo aquí) describimos al gerente maquiavélico como rasgo de personalidad: manipulador, instrumental, capaz de violar normas éticas por resultados. Aquí interesa un fenómeno más sutil, porque no requiere villanos. El fundador que arranca su empresa para resolver un problema legítimo (dar empleo, financiar la vejez de sus padres, demostrarse algo a sí mismo) y que, cumplido ese objetivo, ya no logra soltar el control. Juntas directivas que no pueden contrariarlo. Sucesiones que se postergan indefinidamente. Empresas que dejan de crecer porque crecer implicaría delegar. El síndrome de hubris de Owen, formulado para líderes políticos, se aplica con la misma exactitud a directores ejecutivos y dueños de empresas que tras un éxito temprano tratan el desacuerdo interno como deslealtad y el escrutinio externo como envidia.
La empresa, que empezó siendo el medio para sostener una vida, termina siendo el escenario donde ese fundador es alguien. Tan cierto en un laboratorio de metanfetamina como en una sala de juntas. El indicador no es la ambición, que hace falta para construir algo. Es la reacción del fundador cuando alguien le pregunta, en serio, qué pasaría con la empresa si él no estuviera.
La pregunta antes de que sea tarde
El poder no es el villano de esta historia. Sin él, Walter no habría podido proteger a nadie, sin poder institucional un presidente no gobierna, sin poder de decisión ninguna empresa crece. Renunciar al poder por principio sería tan ingenuo como el ciudadano que en “La mano de Dios” jugaba limpio en una cancha donde todos hacían trampa: perdería, y su derrota no salvaría a nadie.
La pregunta que sí conviene hacerse, con frecuencia suficiente para que duela, es otra: el poder que hoy tengo sobre un país, una empresa, una familia, una persona que me quiere, ¿sigue sirviendo al fin que alguna vez lo justificó, o solo me sirve a mí? Walter White solo pudo responder eso con honestidad cuando ya no tenía nada que perder. La política y los negocios están llenos de Heisenbergs que nunca llegarán a esa última conversación con Skyler, porque sus vidas no tienen garantizado un final de temporada.


