Durante casi un cuarto de siglo, el manual de autoayuda geopolítica del chavismo tuvo un capítulo sagrado e inamovible: la profecía del «Nuevo Vietnam». El libreto era perfecto, épico y, sobre todo, muy ensayado ante las cámaras. Cada vez que Washington parpadeaba, la cúpula de Miraflores activaba el modo épico-asiático. Diosdado Cabello, hoy ministro de Relaciones Interiores, Justicia y Paz, se convertía en el estratega de una selva imaginaria, advirtiendo con mirada de acero que Venezuela se convertirá en «otro Vietnam» si las botas imperiales osaban pisar el sagrado suelo bolivariano.
La puesta en escena de Cabello prometía una experiencia verdaderamente inhóspita para los soldados estadounidenses. Según sus detalladas advertencias, ampliamente reseñadas en medios como La Vanguardia, el territorio nacional se multiplicaría milagrosamente para transformarse en «uno y mil Vietnam». El plan maestro no incluía misiles intercontinentales, sino una guerra psicológica basada en la privación del sueño: las milicias locales tendrían la orden estricta de hostigar al enemigo día y noche, aplicando la táctica de «no dejarlos dormir ni descansar» hasta que los invasores rogaran por un café fuerte y un boleto de regreso a Alabama. Nicolás Maduro, por su parte, reforzaba el tono melodramático desde los canales oficiales, implorándole a la opinión pública estadounidense que no permitiera «un Vietnam en América Latina» y jurando por los próceres que una incursión extranjera terminaría en un escenario «peor de lo que se imaginan». Los discursos estaban listos, las boinas rojas bien calzadas y las metáforas de arrozales y guerrillas perfectamente pulidas.
Sin embargo, el destino y el pragmatismo político suelen ser pésimos guionistas para la épica revolucionaria. En un giro de tuerca digno de una comedia de enredos diplomáticos, el diario The New York Times reveló que la administración de Donald Trump, con la pluma del Departamento de Estado, se encuentra negociando un acuerdo formal sobre el estatuto de las fuerzas para establecer una presencia militar permanente de los Estados Unidos en Venezuela.
Lo que iba a ser una guerra de resistencia asimétrica de «100 años» en las montañas de los Llanos parece estar resolviéndose en oficinas con aire acondicionado y termos de café. El temido desembarco de los marines, que según la doctrina oficial desataría la furia de las milicias populares en cada esquina, ahora se perfila como un sobrio trámite burocrático de «cooperación bilateral en seguridad». El gran choque de civilizaciones quedó reducido a una mudanza logística legalmente aprobada.
Este repentino brote de amistad diplomática deja al aparato propagandístico local en una incómoda encrucijada retórica. Los estrategas que pasaron décadas entrenando mentalmente para cavar túneles subterráneos y colocar trampas de bambú en el Ávila, ahora se encuentran con que las tropas de Washington no vienen a invadir, sino a firmar contratos de estadía a largo plazo. Al final del día, parece que el mayor peligro del «Nuevo Vietnam» no eran las emboscadas nocturnas ni el desespero por falta de sueño, sino el riesgo inminente de que los inspectores imperiales terminen abriendo franquicias de hamburguesas en los mismos fuertes militares donde antes se juraba vencer o morir.


