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La lista de crímenes violentos perpetrados por “trans” y un activismo “woke” irresponsable que no deja de avanzar

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Jesse Van Rootselaar tenía 18 años cuando entró a una escuela secundaria del norte de Canadá y mató a seis personas. Poco antes había asesinado a su madre y a su hermanastro. La ahora conocida como tragedia de Tumbler Ridge es sólo el tiroteo masivo más reciente que involucra a un perpetrador identificado como trans. Van Rootselaar se identificaba como mujer desde los doce años.

La Gaceta de la Iberosfera

El caso duró lo que duran estas noticias: un ciclo de 48 horas. Lo que perdura es la pregunta obvia: ¿tiene que ver la condición trans de Van Rootselaar con sus acciones? ¿Estamos ante un crecimiento de los casos criminales relacionados con este colectivo?

La identidad trans de los perpetradores de crímenes masivos se trata como un dato irrelevante, cuando no tabú, en los medios y en la política. Y sin embargo, el patrón está ahí, acumulándose en silencio. Este último ataque probablemente reavive la especulación, legítima, sobre si el modo en que se aborda la problemática trans aumenta la probabilidad de que personas con patología severa cometan este tipo de ataques. Esto ocurre meses después de que se supiera que el Departamento de Justicia de Estados Unidos estaba considerando restringir la posesión de armas a las personas transgénero.

Pareciera existir una aceleración que nadie quiere abordar. Si bien hasta hace poco los casos de perpetradores de violencia identificados como trans eran anecdóticos y aislados, en estos últimos años la frecuencia aumenta de manera notoria con una acumulación visible de casos graves en un período muy corto. ¿Qué cambió? Varias cosas deberían ser tomadas en consideración.

Los diagnósticos de disforia de género en adolescentes se multiplicaron en todos los países occidentales. El modelo de atención llamado «afirmación de género» se convirtió en el estándar clínico dominante, desplazando los enfoques psicológicos previos. Las redes sociales aceleraron la difusión de la narrativa trans entre jóvenes, incluyendo a aquellos con perfiles psiquiátricos complejos. Y los tratamientos hormonales se volvieron la solución más política, correcta, accesible y redituable para tratar una infinidad de casos.

El hecho de que todo esto ocurra al mismo tiempo en que aumentan los casos de violencia protagonizados por personas identificadas como trans no parece ser una causalidad. Ciertamente, se trata de un fenómeno lo suficientemente llamativo como para merecer investigación que sortee cualquier acusación de transfobia.

Lo que sí está documentado es la altísima tasa de patología psiquiátrica preexistente en la población que llega a clínicas de género. Un estudio publicado en JAMA en 2023 por Erlangsen y colaboradores, con una muestra de decenas de miles de personas en Dinamarca, encontró que el 43% de las personas trans tenía al menos un diagnóstico psiquiátrico adicional no relacionado con la identidad de género, contra apenas el 7% de la población general: entre cinco y seis veces más. Investigaciones previas de Littman, Diaz y Bailey reportaron que entre el 57% y el 75% de los jóvenes que se identifican como trans ya tenían diagnósticos psiquiátricos formales antes de desarrollar su identidad de género.

La relación entre disforia de género y trastornos de personalidad específicos también está documentada en múltiples estudios. El de Meybodi y colaboradores encontró que el 81,4% de los pacientes con disforia de género presentaba algún trastorno de personalidad, siendo el narcisista el más frecuente con un 57,1% de los casos.

Estos datos abren hipótesis incómodas: ¿el modelo de afirmación de género está desplazando el tratamiento de los trastornos graves que preceden a la disforia? ¿La amplia difusión y normalización de la disforia como una simple «identidad sexual» no está generando un efecto contagio, o impidiendo que casos psiquiátricos graves sean tratados como tales? ¿Cuántos de los jóvenes que hoy reciben tratamientos de «afirmación» deberían estar recibiendo, en cambio, atención psiquiátrica intensiva por depresión severa, trauma complejo o trastornos de personalidad? No lo sabemos, y ese es el escándalo mayor.

Citar sólo algunos de los casos más resonantes de perpetradores de crímenes violentos identificados como trans sirve para ejemplificar la aceleración del fenómeno. El último caso resonante es el de Van Rootselaar, pero se produce pocos meses después de un caso horrendo: el de Robin Westman, que entró en una escuela católica de Minneapolis y abrió fuego durante la misa matutina. Dos niños murieron y varios resultaron heridos antes de que el asesino se suicidara. Westman realizó inscripciones en sus armas como «Quemen a Israel», «Patrocinado por BlackRock», «Maten a Donald Trump», «Bombardeen India» y «6 millones no fueron suficientes». Westman era un varón de 23 años que comenzó a identificarse como mujer a los 17, su diario íntimo documenta depresión severa, alienación y arrepentimiento por su transición: «El género y la hierba jodieron mi cabeza. Desearía no haberme lavado el cerebro a mí mismo.»

Otro caso igualmente escalofriante fue el de Audrey Hale, una mujer de 28 años de Nashville que se identificaba como hombre, quien perpetró un tiroteo en la Escuela Covenant matando a seis personas (tres de ellos niños). Sus escritos personales reflejaban disociación corporal severa. Alec McKinney, otra mujer que se identificaba como varón, tenía 16 años al momento del crimen en Highlands Ranch, Colorado, donde realizó un tiroteo en la Escuela STEM dejando un muerto y ocho heridos. Alegó actuar por venganza y problemas de salud mental.

Snochia Mosley, también mujer biológica que se identificaba como varón, de 26 años en Maryland, tiroteó fatalmente a tres personas en su lugar de trabajo. Testigos la describieron con alienación social severa y búsqueda de tratamientos hormonales en el período previo. Trinity Shockley, varón que se identificaba como mujer, de 18 años, fue arrestado por planificar un tiroteo masivo escolar para el Día de San Valentín, buscando emular el impacto mediático de Audrey Hale. William «Lilly» Whitworth, varón que se identificaba como mujer, fue arrestado por conspiración para perpetrar un asesinato masivo en escuelas e iglesias. Tenía un manifiesto con instrucciones para fabricar bombas y el diseño detallado del edificio objetivo.

Nicholas Roske, varón que se identificaba como mujer, fue condenado por intento de asesinato del juez de la Corte Suprema Brett Kavanaugh. Snehal «Sasha Shakur», varón que se identificaba como mujer, asesinó a un vecino en una discusión y tenía antecedentes de confrontación política radical. Dana Rivers, varón que se identificaba como mujer, con radicalizado activismo trans, fue condenado por el triple homicidio de una pareja de lesbianas y su hijo de 19 años. Jaia Cruz, varón que se identificaba como mujer, con largo historial delictivo, asesinó a un empleado postal en una disputa callejera. Alexander Leatham, varón que se identificaba como mujer, acusado de asesinato y de ser líder de una secta; su juicio ha sufrido retrasos por los escándalos que Leatham provoca en la sala de enjuiciamiento. Robin Andersson, varón que se identificaba como mujer, en Suecia secuestró, asesinó y descuartizó a una joven de 25 años; anteriormente había sido condenado en 2019 por intento de secuestro de una niña de 10 años y posesión de aproximadamente 40.000 imágenes de pornografía infantil.

Existen casos que no llegan al asesinato pero son gravísimos, como el de Karen White, varón que se identificaba como mujer, delincuente sexual reincidente que en una cárcel de mujeres violó a otras reclusas. Isla Bryson, varón que se identificaba como mujer, en Escocia cometió dos violaciones; el caso generó escándalo internacional dado que fue enviado a cumplir su pena a una prisión de mujeres. Nicol Suarez, varón que se identificaba como mujer, que en East Harlem violó a un niño de 14 años en un baño público; se encontraba prófugo de las autoridades de inmigración por delitos previos al momento del ataque.

La lista es apenas una muestra de los casos que salen a la luz periódicamente en los últimos años, pero pone de manifiesto la forma en que el sistema viene fallando en proteger la seguridad pública, a las personas vulnerables, a la niñez y, en definitiva, a estos mismos atacantes, que terminan mayoritariamente muertos. La mayor parte de estos casos ocurrieron entre 2019 y 2026, y coincide con el auge de los diagnósticos de disforia de género en adolescentes y con la masificación de los tratamientos de afirmación.

Existe una preocupación genuina de que niños y jóvenes vulnerables, con trastornos de salud mental, están siendo ignorados, así como el problema de seguridad que representan. Paradójicamente, la respuesta de los últimos años no fue indagar científicamente en el problema sino generar un entorno en el que la afirmación sea el camino utópico a las soluciones mágicas. El modelo de afirmación de género asume que la única razón por la que las personas trans tienen tasas más elevadas de enfermedad mental es por ser una minoría perseguida. Existe una variante aún peor: se trata de las furiosas acusaciones de parte del activismo transgenerista, de que cualquier otro tratamiento que abarcara los problemas preexistentes son una «terapia de conversión». la comunidad médica y los funcionarios políticos han sido muy permeables a estas acusaciones, cediendo ante lo que era una tragedia anunciada. Literalmente se han estado ignorando (cuando no agravando) casos psiquiátricos severos, dejando a estos jóvenes con un sufrimiento indecible para sostener una ideología política.

La posible superposición de las identidades trans con problemas de salud mental violentos fue evocada por una reciente red de asesinatos perpetrada por una secta conocida como los Zizianos: un grupo cuyos miembros incluían ex científicos de la NASA y Google. Esta secta llevó a sus seguidores a cometer al menos seis asesinatos. El último fue el de un agente de la patrulla fronteriza estadounidense en Vermont. Aun así, la extravagante secta Zizian no parece haber logrado llamar la atención pública sobre los índices alarmantes de crímenes relacionados con el transgenerismo. Su líder era un varón biológico originalmente llamado Jack Armadeus Lot, que se identifica como mujer; así como la mayoría de sus seguidores que también son trans.

El Informe Cass es la revisión sistemática más completa realizada hasta la fecha. Encargada por el NHS británico, señala la «abrumadora probabilidad de comorbilidades de salud mental, eventos adversos en la infancia, dinámicas familiares complejas y sobrerrepresentación del trastorno del espectro autista en menores con disforia de género», y concluye que los jóvenes que buscan tratamientos de afirmación de género presentan síntomas psiquiátricos comparables a los de pacientes psiquiátricos adolescentes en general. La revisión encontró que los bloqueadores de pubertad no servían para tratar esos problemas de salud mental (en algunos pacientes los empeoraban). Lo que nos lleva a preguntar cuál era entonces el fin último de dichos tratamientos.

Muchos jóvenes que buscan derivación a clínicas de género no son evaluados correctamente sobre sus problemas psiquiátricos, se les ha adoctrinado con la idea de que la transición es una solución global que puede resolver todas sus dificultades. En términos prácticos, esto significa que trastornos con potencial de conducta impulsiva o violenta pueden haber sido subdiagnosticados para imponer la disforia de género como diagnóstico principal.

Entre los ejemplos citados anteriormente, hay un conjunto de casos con patología psiquiátrica severa preexistente que sencillamente fue derivada a tratamientos de afirmación, como ocurrió con Jesse Van Rootselaar, Audrey Hale, Alec McKinney. El caso Westman es particularmente trágico: su diario íntimo sugiere que la disforia de género debería haber sido la menor de las preocupaciones de sus médicos. De hecho, la afirmación no alivió la angustia de Westman; según su propio relato, puede haber acelerado su deterioro: «El género y la hierba jodieron mi cabeza», escribió, «desearía nunca haber experimentado con ninguno de los dos.»

¿Cuántas vidas se podrían haber salvado si todos esos jóvenes hubieran sido correctamente diagnosticados y tratados? ¿Cuántos jóvenes más están con esta frustración, sufrimiento y violencia latentes? ¿Cuánto daño ha hecho la militancia transgenerista en los círculos científicos, jurídicos, culturales y educativos? Mientras se acumulan las preguntas, el activismo irresponsable no deja de avanzar: el Parlamento Europeo acaba de aprobar una resolución que reconoce a los varones que se identifican como mujeres como mujeres reales, rechazando de paso, la enmienda que pedía aclarar que sólo las mujeres biológicas pueden quedar embarazadas.

Estas normativas rayanas en la locura dejan al descubierto la desconexión de la política con los dramas de la vida real, como los que dejan cada uno de los atentados listados anteriormente. Mientras víctimas reales se acumulan, en el Parlamento Europeo debaten resoluciones que consolidan el marco ideológico más criminal de las últimas décadas.

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