Una nueva encuesta nacional de Meganalisis revela una sociedad agotada por la crisis de los servicios públicos, profundamente distanciada del chavismo, escéptica frente a las promesas de reconciliación sin justicia y cada vez más concentrada en una salida presidencial a la crisis política venezolana.
La crisis venezolana ya no puede entenderse únicamente como un conflicto político. Tampoco como una disputa ideológica. Mucho menos como una confrontación entre gobierno y oposición.
Para millones de venezolanos, el problema tiene hoy una expresión mucho más concreta, inmediata y cotidiana: la ausencia de electricidad, el deterioro de la calidad de vida, la fractura familiar provocada por la migración y la sensación de que el país permanece atrapado en una emergencia permanente sin horizonte visible de solución.
Esa es, quizás, la principal conclusión que deja la más reciente encuesta nacional de Meganalisis, realizada entre el 20 y el 27 de mayo sobre una muestra de 1.119 entrevistados en todo el territorio venezolano.
Más allá de las preferencias electorales o las disputas partidistas, el estudio dibuja una fotografía de una sociedad que parece haber agotado sus reservas de paciencia y que vincula cada vez más la crisis de los servicios públicos, la precariedad económica y la ausencia de institucionalidad con el modelo político que ha gobernado Venezuela durante más de dos décadas.
El apagón como símbolo del agotamiento nacional
Si existe un tema capaz de condensar el malestar colectivo, es el colapso del sistema eléctrico. Los datos son contundentes. Más del 81% de los hogares venezolanos reporta cortes eléctricos cuatro o más días por semana. La duración promedio de cada interrupción ronda las 4,7 horas, aunque numerosos ciudadanos reportan apagones que se extienden por ocho, diez o incluso doce horas.
La encuesta revela que el problema trasciende ampliamente la incomodidad doméstica. La falta de electricidad impacta el acceso al agua potable, limita las comunicaciones, afecta la conectividad digital, perjudica las actividades productivas, compromete la operatividad comercial y profundiza la sensación de incertidumbre que atraviesa a buena parte del país.
Para Chirino, la electricidad se ha convertido en una variable estructural del deterioro venezolano. “Los venezolanos sienten que están cayendo en un agujero infinito donde lo que hay es mala calidad de vida, incertidumbre jurídica, económica y política”, sostiene.
El estudio también refleja una ruptura significativa con la gestión estatal del servicio eléctrico. Casi nueve de cada diez encuestados consideran que la actual estructura pública encargada del sistema ha fracasado y respaldan la posibilidad de una gestión privada como alternativa para mejorar la prestación del servicio.
Más que una discusión sobre modelos económicos, el dato refleja la pérdida de confianza en la capacidad del Estado para resolver uno de los problemas más sensibles de la vida cotidiana.
El chavismo frente a su mayor crisis de legitimidad social
Los resultados de la encuesta apuntan además a un fenómeno que trasciende coyunturas electorales: el desgaste acelerado de la identidad chavista como referencia política y cultural. El estudio registra que apenas 4,3% de los entrevistados se define actualmente como chavista, mientras que solo 10,4% se identifica ideológicamente con la izquierda.
La magnitud del dato adquiere mayor relevancia cuando se observa otro hallazgo: más de la mitad de los venezolanos reconoce haber votado alguna vez por el chavismo, pero más del 92% de quienes lo hicieron afirman sentirse hoy arrepentidos o avergonzados de haber respaldado ese proyecto político.
Lejos de interpretarlo únicamente como un cambio de preferencias partidarias, Chirino sostiene que se trata de una asociación construida a partir de la experiencia cotidiana.
Según su análisis, para una parte importante de la población términos como socialismo, revolución, chavismo e izquierda han quedado vinculados a conceptos como pobreza, deterioro de servicios públicos, migración forzada y pérdida de oportunidades.
La encuesta muestra que más del 87% considera que el socialismo significó retroceso y empeoramiento de las condiciones de vida. En términos políticos, el fenómeno adquiere una dimensión aún más profunda: la erosión ya no parece concentrarse únicamente en la dirigencia gobernante, sino en el relato ideológico que durante años sirvió como fundamento del proyecto chavista.
Justicia antes que reconciliación
Otro de los aspectos más reveladores del estudio aparece en torno al debate sobre derechos humanos, presos políticos y memoria colectiva. La narrativa de la reconciliación nacional parece encontrar límites importantes dentro de la sociedad venezolana.
Ante la pregunta sobre cómo avanzar como país después de años de conflicto político y denuncias de violaciones de derechos humanos, una mayoría abrumadora rechaza la idea de pasar página sin rendición de cuentas.
Más del 87% considera que la reconstrucción nacional pasa por recordar lo ocurrido, establecer responsabilidades y aplicar justicia. El dato adquiere especial relevancia en un contexto marcado por denuncias sobre presos políticos, desapariciones forzadas y casos emblemáticos que han generado fuerte impacto emocional en la opinión pública.
La encuesta también registra un amplio escepticismo frente a la denominada Ley de Amnistía impulsada por el oficialismo. Siete de cada diez venezolanos la consideran una maniobra engañosa más que un mecanismo genuino de reparación.
Detrás de estas cifras emerge una sociedad que no parece dispuesta a sustituir justicia por olvido. La demanda predominante no es la venganza, sino la necesidad de reconocimiento, verdad y reparación.
El desgaste de Trump y la decepción de las expectativas externas
La investigación incorpora además un elemento particularmente llamativo: la evolución de la percepción venezolana sobre el papel de Estados Unidos y del presidente Donald Trump.
De acuerdo con Chirino, el entusiasmo que sectores importantes de la población manifestaron tras los acontecimientos políticos de enero ha comenzado a deteriorarse. Aunque una mayoría evita pronunciarse de forma definitiva, el crecimiento del segmento que prefiere no responder refleja una expectativa suspendida y una creciente incertidumbre sobre el rumbo de la política estadounidense hacia Venezuela.
La percepción dominante es que la situación económica y social continúa deteriorándose mientras los anuncios políticos no generan mejoras tangibles en la vida cotidiana.
A ello se suma una crítica recurrente identificada en el estudio: la sensación de que los intereses energéticos y petroleros de Washington ocupan un lugar prioritario frente a las preocupaciones humanitarias y democráticas de los venezolanos.
La consecuencia es una erosión gradual del capital simbólico que Estados Unidos había acumulado entre amplios sectores opositores.
La presidencia como epicentro del cambio
En materia electoral, la encuesta deja una conclusión inequívoca. La prioridad política de los venezolanos no está en elecciones regionales, municipales o parlamentarias. Está concentrada en la Presidencia de la República.
Tres de cada cuatro ciudadanos consideran que cualquier proceso de normalización institucional pasa necesariamente por resolver la disputa sobre la legitimidad del poder ejecutivo. La percepción predominante es que los problemas estructurales del país —desde los servicios públicos hasta la economía— difícilmente encontrarán solución sin una redefinición del liderazgo presidencial.
Ese dato explica también la enorme distancia que separa a María Corina Machado del resto de los actores políticos evaluados.
María Corina Machado y la consolidación de una hegemonía opositora
La encuesta confirma algo que distintas mediciones vienen reflejando desde hace meses: la consolidación de María Corina Machado como principal referencia política de la oposición venezolana.
En una pregunta abierta, sin opciones sugeridas, casi siete de cada diez entrevistados la mencionan espontáneamente como la figura que debería conducir el país. La distancia respecto a cualquier otro liderazgo es abrumadora.
Cuando los escenarios se reducen a una competencia directa, los niveles de respaldo aumentan aún más, revelando una concentración extraordinaria de preferencias en torno a su figura.
Más allá de las cifras específicas, el dato refleja algo de mayor alcance: la inexistencia, al menos por ahora, de una alternativa capaz de disputar seriamente el liderazgo opositor dentro del imaginario colectivo venezolano.
Una sociedad que ya no discute diagnósticos
La encuesta de Meganalisis deja una impresión difícil de ignorar. Los venezolanos parecen haber superado la fase de discusión sobre las causas de la crisis. Lo que emerge es una sociedad que identifica con claridad los problemas que la afectan y que exige soluciones concretas frente al deterioro de los servicios públicos, la precariedad económica y la ausencia de perspectivas de futuro.
Los apagones, la migración, la pobreza, la crisis institucional y la demanda de justicia aparecen conectados dentro de una misma narrativa social.
La gran incógnita ya no parece ser qué piensa Venezuela sobre su presente. La pregunta que comienza a imponerse es otra: cuánto tiempo más podrá sostenerse un modelo político cuya legitimidad social continúa erosionándose mientras las condiciones materiales de vida siguen deteriorándose.
Y, sobre todo, qué ocurrirá cuando el malestar acumulado durante años encuentre finalmente un canal efectivo para expresarse políticamente.


