Luego de las protestas del año 2017, en las cuales fueron asesinadas al menos 124 personas, los mecanismos internacionales en materia de protección de derechos humanos se activaron respecto a Venezuela. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos creó el Mecanismo Especial de Seguimiento en el año 2019; la Organización Internacional del Trabajo nombró una Comisión de Encuesta para Venezuela en marzo de 2018; el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, liderado por Michelle Bachelet, visitó Caracas en junio de 2019, para firmar un acuerdo de trabajo con las autoridades que incluye la posible apertura de una oficina en el país. Adicionalmente, la Corte Penal Internacional en 2018 anunció el inicio de un examen preliminar con el fin de indagar sobre los posibles crímenes contra la humanidad, para luego pasar en noviembre de 2021 a fase de investigación, algo que nunca había ocurrido en América Latina.
Por: Rafael Uzcátegui – Letras Libres
Por otra parte, en el año 2019, ONG internacionales como Human Rights Watch, la Comisión Internacional de Juristas y Amnistía Internacional realizaron, en conjunto con sus homólogas venezolanas, una campaña para que Naciones Unidas aprobara una comisión de investigación, una propuesta que debía resolverse en el 41º Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Venezuela argumentó, a raíz de esta campaña, que su supuesta colaboración con el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos era suficiente “muestra de voluntad”.
Ante las dudas de los representantes europeos, las gestiones del Grupo de Lima fueron decisivas para que se aprobara un instrumento adicional de presión y seguimiento, en una reñida votación con 20 votos a favor, 7 en contra y 21 abstenciones. De este modo, en septiembre se creó la Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos sobre Venezuela (MIIDHV), con el mandato de investigar ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas, detenciones arbitrarias, torturas y otros tratos crueles, inhumanos o degradantes cometidos desde 2014.
En un primer informe (septiembre de 2020), la misión constató que el gobierno y los diferentes agentes estatales habían cometido violaciones flagrantes de los derechos humanos y que Nicolás Maduro, así como otros altos funcionarios, tenían conocimiento al respecto: “[…] Dieron órdenes, coordinaron actividades y suministraron recursos en apoyo de los planes y políticas en virtud de los cuales se cometieron los crímenes”. Un año después (septiembre de 2021), el segundo reporte se centró en la actuación de jueces y fiscales: “[…] las deficiencias del sistema de justicia han ido de la mano con un patrón de graves violaciones de derechos humanos y crímenes de derecho internacional en el contexto de una política estatal para silenciar, desalentar y aplastar a la oposición del gobierno desde 2014”. Su tercer y más reciente informe [septiembre de 2022] se ocupó tanto de la actuación de los servicios de inteligencia estatales como de las violaciones de los derechos humanos ocurridas en el Arco Minero del Orinoco.
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