Las recientes acusaciones de abusos sexuales contra Iñigo Errejón, un destacado miembro del partido de extrema izquierda Sumar, han abierto una caja de Pandora, revelando la cruda hipocresía que subyace a las afirmaciones de superioridad moral que a menudo defiende la izquierda política. Muchas mujeres han denunciado acoso y abusos sexuales por parte de Errejón. Que Errejón se comportara de manera despreciable con las mujeres no era ningún secreto entre las filas de Sumar, pero esta vez ha resultado ser demasiado público como para esconderlo bajo la alfombra. La semana pasada, Errejón dejó atrás su vida política y se desató una tormenta contra él y su partido.
Por: Juan A. Soto – The European Conservative
Este escándalo sirve como un potente recordatorio de que los ideales progresistas de igualdad y justicia a menudo ocultan una realidad más profunda: una preocupante tendencia hacia la corrupción moral y el engaño dentro de los mismos movimientos que dicen defender cuestiones sociales como los derechos de las mujeres. Durante años, la izquierda se ha autoproclamado «guardiana» de los valores progresistas, presentando a sus líderes como modelos de virtud que defienden los derechos de los grupos marginados.
El caso de Iñigo Errejón, sin embargo, pone en tela de juicio esta autoproclamada superioridad moral. ¿Cómo puede una facción política que se enorgullece de defender los derechos de las mujeres y la justicia social conciliar su retórica con las presuntas acciones de uno de los suyos? La ironía es palpable: quienes predican sobre la importancia de la rendición de cuentas y el respeto a menudo no defienden estos mismos principios en sus propias filas. El buen viejo Mateo 7:3-5: “¿Por qué miras la paja en el ojo de tu vecino, y no reparas en la viga que está en tu propio ojo?”.
La narrativa de la izquierda sugiere que es un bastión de igualdad y compasión, pero una y otra vez somos testigos de una desconexión entre sus valores proclamados y la realidad sobre el terreno, como por ejemplo los recientes escándalos de corrupción y prostitución infantil en los gobiernos regionales entonces gobernados por los socialistas en Valencia y las Islas Baleares.
La respuesta a las acusaciones de Errejón pone de relieve una cultura de complicidad demasiado común entre los políticos progresistas. En lugar de enfrentarse directamente a las faltas de conducta, existe una tendencia a proteger a los propios, lo que revela una voluntad de pasar por alto o desestimar las acusaciones graves en favor de preservar las alianzas políticas y el poder. En el caso de Errejón, por ejemplo, la fundadora de Sumar, Yolanda Díaz, ha admitido recientemente que conocía el caso de una mujer que denunciaba una agresión sexual por parte de Errejón desde junio de 2023, y que no hizo prácticamente nada al respecto. De hecho, nombró a Errejón, por entonces diputado, portavoz de Sumar en el Congreso.
Esta hipocresía no se limita a un solo individuo, sino que es emblemática de un problema más amplio dentro de la izquierda progresista. La confianza en la superioridad moral como estrategia política ha dado lugar a una fachada que, cuando se resquebraja, expone una realidad preocupante: muchos de los que tratan de liderar el cambio social están enredados en los mismos problemas que dicen combatir.
Este escándalo nos obliga a reconsiderar la credibilidad de un movimiento que a menudo recurre a la retórica en lugar de a la rendición de cuentas. El caso de Errejón no es una excepción. Recordemos que Juan Carlos Monedero, fundador del partido de extrema izquierda Podemos, se enfrenta a acusaciones similares . Pablo Iglesias, otro fundador del mismo partido, también fue acusado de enviar un mensaje de texto —refiriéndose a la periodista Mariló Montero— en el que decía que “la azotaría hasta que sangrara”. En 2016, Mariló Montero decidió presentar una denuncia ante el Instituto de la Mujer contra Pablo Iglesias por los comentarios. Iglesias, Monedero… y ahora Errejón. Esto es un cuadro lleno de presunto acoso sexual y posible abuso. Hasta ahí llega una organización que ama a las mujeres.
A esta cuestión se suma la cada vez más problemática presunción de inocencia de las mujeres y la correspondiente presunción de culpabilidad de los hombres en casos de presunta mala conducta. La retórica de “creer a todas las mujeres”, popularizada en movimientos feministas como las protestas del Día Internacional de la Mujer en España, tiene implicaciones peligrosas. Cuando se hacen acusaciones, la presunción inmediata de culpabilidad que recae sobre los hombres socava el principio del debido proceso y fomenta un entorno en el que los hombres suelen ser vistos como culpables hasta que se demuestre su inocencia. Este escenario ahora se cobra la reputación y la vida pública de Errejón incluso si demostrara su inocencia, algo que parece inverosímil, ya que ha declarado públicamente que es un adicto al sexo y que se comportó de manera abusiva con las mujeres. Inocente o culpable, es otro ejemplo más de cómo la reputación de una figura pública puede verse irrevocablemente empañada a partir de afirmaciones no verificadas. Es hora de echar un vistazo a la realidad.
Tras el escándalo de Errejón, la izquierda debe lidiar con sus propias deficiencias, mientras los votantes españoles reconocen que la superioridad moral no debe ser un escudo para la hipocresía y que la izquierda es simplemente un recipiente de eslóganes vacíos.