A las 3 de la tarde del 20 de marzo de 2023 anunció por Twitter que dejaba el puesto de ministro de petróleo. No dijo nada sobre su cargo como vicepresidente del área económica, pero se sobreentiende que en vista de que se encontraba en el centro de un escándalo monumental, también habría entregado esa y cualquier otra silla que ocupara tanto en el gobierno como en la estructura del partido oficialista, que es decir casi lo mismo.
Por: Oscar Medina – La Gran Aldea
Su entorno, sus asociados, él mismo, desaparecieron más de 21 mil millones de dólares que debían ingresar en las cuentas de Pdvsa. Incluso para un país en el que la corrupción ya ni sorprende, semejante cantidad de dinero era -es- demasiado. Pecado imperdonable ese, no por presuntamente robarle al Estado, sino por dejar seca la cajita mágica de los dólares en un contexto de sanciones que limita el flujo de recursos que aceita la maquinaria del poder.
En Miraflores seguramente parafrasearon a Luis Herrera: ¿Y dónde están los reales? El ministro no pudo ofrecer una respuesta acertada. Los reales no estaban, no estuvieron. Nunca llegaron. Tenían que rodar cabezas. Y rodaron las de El Aissami y los 40 ladrones.
¿O son 60? ¿O son 80? ¿O son 100?
Desde entonces, el atildado zar del petróleo -siempre bien peinado y acomodadito para la foto- desapareció del panorama. Ni se le vio ni se le escuchó más. Su nombre está proscrito. Nadie en el círculo de los poderosos ni en el de los aduladores, se atreve a mencionarlo en voz alta. Tarek El Aissami es como Lord Voldemort para los personajes de la saga chavista: no se habla de él, no está muerto ni está vivo, es una sombra que podría tener poder o desatar fuerzas oscuras en tu contra. Es “quien-tú-sabes”, “el-que-no-debe-ser-nombrado”.
Lo eliminaron de sus contactos, borraron las fotos, los chats, lo sacaron de los grupos de WhatsApp. Tratan de no pensar en él, no sea cosa que les aparezca en Instagram.
Ni siquiera el Fiscal General, tan entusiasta de esas transmisiones en directo para contar “tramas” abundando en detalles y calificativos, exhibiendo diagramas, pruebas, elementos de convicción criminalística y todo eso, se ha tomado la molestia de hablar de este hombre que fue ministro de Interior y Justicia, de Petróleo, gobernador de Aragua y hasta vicepresidente de la República. En abril de 2023, por ejemplo, se negó a hacerlo: “En relación a futuras, próximas investigaciones en marcha, yo me he caracterizado por no adelantar opinión, no voy a autotubearme”.
Pero en unos días se cumple un año de su salida de escena y su fantasma necesariamente recorre la discusión pública. Ya no sólo en el tuit de alguien que se acuerda de vez en cuando y suelta la pregunta incómoda “¿dónde está Tarek El Aissami?”.
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