El mundo que se rige por principios y valores democráticos deberá reconocer los errores cometidos en su relación con Rusia, incluso antes de la anexión por parte de ese país del territorio ucraniano de Crimea, y que está significado, a la vuelta de escasos ocho años, una Guerra en las puertas de Europa que alimenta una crisis económica y social a nivel planetario. También debe, a la luz de esta experiencia y sus costosas consecuencias, leer adecuadamente lo que está sucediendo en China; quien es Xi Jinping y los riesgos que este representa para el presente y el futuro del mundo occidental. El mayor reto será reconocer esos riesgos y actuar en consecuencia.
Por: Arturo Araujo Martínez
Apenas saliendo de una crisis sanitaria que significó una recesión mundial inédita, la guerra de Rusia con Ucrania, la inflación que se resiste, altas tasas de interés que encarecen hipotecas e inversiones, un invierno con problemas de suministros de energía para calentar hogares y alimentar las industrias, una recesión que amenaza con caldear las calles de Europa, USA a días de unas elecciones parlamentarias que, por decir lo menos, pintan tan determinantes como complicadas, Inglaterra e Italia estrenando Primeros Ministros en medio de una crisis política interna. Hay que reconocer que los gobiernos democráticos no lo tiene fácil, y que una llamada de atención para atender otros temas distintos a estos no los seduzcan particularmente, sobre todo, si es un problema que aunque asoma y con fuerza estos días, da la sensación de que mejor es correr su atención todo lo que se pueda hasta despejar, si no todo, al menos una parte de la complicada agenda actual.
Dicho la anterior, Occidente no puede darse el lujo de cometer con China y con Xi Jinping el mismo error que cometió con Rusia y Putin y deberá actuar en consecuencia. Con inteligencia, sí; con serena prudencia, también, pero pronto, muy pronto, y antes que estalle de maneras más complicadas y sin estar preparados.
Actuar en consecuencia significa, entre otras cosas, asumir lo vulnerable que son los países occidentales por haber permitido, sin restricciones de ningún tipo y más bien con muchos aplausos y estímulos de más, un comercio mundial en exceso tolerante a la violación de principios básicos del buen hacer económico, como el respeto a las libertades laborales, las patentes, apoyos y subsidios a empresas públicas que competían deslealmente en los mercados internos y globales, los controles sanitarios y de calidad en origen, mínimo respeto al medio ambiente, etc., que hicieron posible que un país totalitario como China se convirtiera en el país-manufactura del mundo. Al sobrevenir al Covid 19 en ese país, y propagarse a nivel planetario, obligó a restricciones a la producción y al comercio que a la vez evidenciaron los altos costos de ese laissez faire extremo y profundamente inequitativo que caracteriza el comercio mundial, entre otras razones por estar muy condicionado por las políticas internas de un régimen que pondera más fortalecer su posición de poder, que el bienestar de las naciones y sus ciudadanos, sean estos propios o extraños.
Entiéndase bien el significado y mensaje de estas líneas-reflexión: no se trata ni se propone revertir la globalización, que fuera de toda duda ha traído enormes beneficios al bienestar de la población global. Tal idea sin duda significaría un retroceso y traería más y nuevos problemas a los ya existentes. Por el contrario, se trata de entender y asumir que, de la misma manera que el adecuado funcionamiento de los mercados nacionales requieren de políticas públicas para evitar o minimizar iniquidades y efectos no deseados, los mercados globales (y eso otro que llamamos globalización), requieren también ser regulados en forma tal de favorecer y estimular de mejor manera y en forma más potente el desarrollo económico y social en los países, particularmente de los menos desarrollados (reducir desigualdades), a la vez de evitar hegemonías perversas (minimizar distorsiones) que conspiren contra los avances económicos y sociales logrados y a la vez evitar retrocesos democrático que pongan en riesgo las libertades individuales y de libre determinación de los pueblos y – me atrevo a decir – de la propia permanencia del Estado de Bienestar en aquellos países que lo hayan alcanzado.
Me sitúo entre los convencidos de las bondades de establecer alianzas estratégicas sólidas entre los países occidentales que defienden la democracia, la libertad y los beneficios del comercio mundial y que se traduzcan en modificar/modernizar las normas que rigen la OMC (entre otros organismos multilaterales), sus criterios de toma de decisiones y poner a tono esta organización (y ojalá otras igualmente desfasadas) con los cambios y las velocidades en que se mueven la tecnología y el comercio mundial actual.
Mirar hacia regiones y países menos desarrollados y con vocación democrática, América Latina entre ellos, el uso apropiado y estratégico de las capacidades de inversión y tecnología, así como asegurar los recursos energéticos y otros que puedan ser estratégicos en los intercambios comerciales globales, serán factores que podrá favorecer a los intereses de quienes ven el comercio mundial como una herramienta de desarrollo y bienestar para la humanidad, en vez de aquellos que, como la China de Xi Jinping, defienden un comercio mundial sin restricciones, un laissez faire extremo, mientras en su mercado interno de partido único, maneja a su conveniencia y antojo, moviendo los hilos económicos y políticos que hagan falta y a su discreción, para seguir avanzando en sus aspiraciones de poder absoluto y dominio económico a escala global.
La China de Xi Jinping será la primera nación que se opondrá a estos cambios, pues ninguna nación se ha beneficiado más de ese laissez faire extremo en el comercio internacional que ella. Modernizar las normas del comercio mundial significa, entre otras cosas, generar políticas de estímulo que premien el comercio/inversión entre países que respeten las libertades y la vocación democrática, los derechos humanos y laborales, el respeto al medio ambiente, la autodeterminación de los pueblos, las normas del buen hacer económico como el respeto a las marcas y patentes, los controles sanitarios y de calidad en origen, etc. Esos cambios exigen una OMC distinta, actualizada y dispuesta, o en su defecto, un(os) nuevo(s) organismo(s) que procuren, más allá de las palabras, cierto orden, dirección y equidad en un mercado global que por su naturaleza no está en capacidad de lograrlo, y por lo tanto requiere, de nuevas y necesarias regulaciones acordadas por el mayor número de países lideres en el comercio mundial. También requiere que los liderazgos políticos y económicos de las naciones más desarrolladas y de vocación democráticas miren con otros ojos y actúen más proactivamente en favorecer el desarrollo económico, político y social en regiones y países menos desarrollados, espacio en que China ha ido ocupando el espacio vacío dejado por USA y Europa, y debe hacerlo procurando a la vez el fortalecimiento de instituciones de naturaleza democrática y ciudadana, que de impulso a su civilidad y modernidad.
Xi Jinping acaba de lograr una concentración de poder, en el país más poblado del planeta y segunda potencia económica mundial, no vista desde la época de Mao Zedong. El jugar con ventaja en el comercio internacional con la mirada y actitud complaciente de Occidente le ha facilitado lograrlo. Esa concentración de poder hoy amenaza a un Occidente que deberá encontrar la manera más eficiente para que la amenaza no se traduzca en hechos cumplidos.






