En un acontecimiento de alto impacto para el comercio global, Estados Unidos y China emitieron hoy una declaración conjunta desde Ginebra tras una serie de negociaciones encabezadas por altos representantes de ambas potencias. El acuerdo, centrado en la suspensión parcial de aranceles y la creación de un mecanismo bilateral de diálogo económico, marca un nuevo capítulo en la tensa pero indispensable relación comercial entre Washington y Pekín.
Por Dr. Alfonzo Bolívar
Pero más allá de los términos técnicos, el gran vencedor político de este entendimiento es el presidente estadounidense Donald J. Trump. Con esta jugada estratégica, Trump logra reposicionarse ante el mundo como un negociador implacable y eficaz, capaz de conducir a su país hacia acuerdos favorables sin ceder soberanía ni ventajas competitivas.
Bajo la firma del Secretario del Tesoro Scott Bessent y el Representante Comercial Jamieson Greer, la delegación estadounidense logró que China aceptara suspender el 24% de los aranceles adicionales por un período inicial de 90 días. A cambio, EE.UU. hizo lo propio con medidas impuestas recientemente sobre productos procedentes de Hong Kong y Macao. La medida desactiva, al menos temporalmente, una escalada arancelaria que amenazaba con desestabilizar cadenas de suministro globales en sectores clave como tecnología, automoción y materias primas.
Ahora bien, es importante subrayar que aunque ambos países suspendieron 24 puntos porcentuales en sus respectivos aranceles adicionales, esto no implica una igualdad en términos económicos totales. Estados Unidos continúa manteniendo un régimen arancelario más amplio y severo sobre las importaciones chinas. A lo largo de los últimos años, Washington ha impuesto gravámenes sobre más de $300 mil millones en productos chinos, frente a una respuesta mucho más limitada por parte de Pekín, que apenas supera los $120 mil millones.
Esta reducción del 24% es simétrica en la forma, pero no en el fondo: Estados Unidos conserva más presión arancelaria efectiva sobre China, incluso tras esta suspensión temporal. De hecho, tanto Washington como Pekín mantendrán un 10% de aranceles adicionales sobre las mercancías restantes, pero la base de productos y el impacto económico de la política estadounidense siguen siendo mayores. Esto refuerza la narrativa de que Trump no solo ha contenido a China, sino que ha obligado a su contraparte a regresar a la mesa de negociación bajo términos favorables para EE.UU.
Este giro diplomático no debe verse como una simple distensión comercial, sino como una reafirmación contundente de la hegemonía económica estadounidense. Frente a un mundo multipolar en transformación, Washington vuelve a recordar —con hechos, no promesas— que su peso económico no solo reside en cifras, sino en su capacidad para marcar el ritmo, establecer reglas y definir el marco institucional del comercio internacional.
El camino hacia una relación más estable entre las dos economías más grandes del mundo está lleno de desafíos. Pero con este movimiento, el presidente Trump ha recuperado la iniciativa geoeconómica y consolidado su legado como un líder que negocia desde la fuerza, sin renunciar al pragmatismo.
El mundo toma nota. China escucha. Y Estados Unidos, una vez más, lidera.


