Análisis: Es peligroso por inconveniente y estratégicamente inapropiado, la matriz de opinión que se está tejiendo contra EEUU

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En política internacional las percepciones también producen consecuencias. Mientras algunos se dan golpes de pecho por lo que perciben “un error dejar a Delcy o palabras de aprobación o felicidad” los EEUU tienen más de 2000 efectivos en puestos y territorios claves en Venezuela y a nadie le extrañe que quien es hoy una “interina bien querida” termine acompañando a Maduro en Brookling.

Orlando Viera-Blanco

Construir una narrativa sistemáticamente hostil hacia EEUU, en un momento que Venezuela necesita apoyo externo para reconstruir sus instituciones, recuperar su economía y restablecer su inserción internacional, es un error estratégico de largo alcance.

La geopolítica no admite vacíos. Cuando una democracia retrocede, otras potencias avanzan. Rusia, China e Irán ocuparon espacios en el país. Fueron expulsados. Cuba incluida. Pensar que debilitar la relación con Washington fortalece la soberanía es desconocer cómo funciona el poder en D.C.

La reconstrucción de Venezuela exigirá capital, tecnología, seguridad jurídica, cooperación en inteligencia y acceso a los mercados financieros. Ninguno de esos objetivos puede alcanzarse enfrentando al principal actor económico, financiero y político del hemisferio.

Paradójicamente, el discurso que se está deslizando antiestadounidense reproduce el mismo libreto que durante años utilizó el chavismo para justificar el aislamiento, ocultar sus fracasos y fabricar enemigos externos.

El fracaso de EEUU en su tutela, sería el fracaso de la restauración democrática con la consecuente continuidad del régimen de Caracas.

Cambiar de protagonistas sin cambiar el relato no es una política de Estado. La oposición democrática no puede asumir un relato crítico como lo hizo el chavismo. Esta narrativa que pretende denunciar una “tutela torpe y equivocada” por su tolerancia al régimen, desconoce lo que subyace detrás de esa realidad: un proceso de estabilización rigurosamente controlado que impone una agenda a un gobierno de facto, cuya última posibilidad de permanencia, es safarse de EEUU.

Venezuela no puede darse el lujo de cuestionar a quienes pueden contribuir a su recuperación. Quienes están molestos con Washington deben también preguntarse dónde estaría Venezuela [hoy] sin la ayuda liderada por EEUU, y peor, después de esta tragedia. Los tiempos no son los que deseamos, pero están siendo bien interpretados.

La verdadera soberanía no es el aislamiento. Es la capacidad de negociar desde la fortaleza institucional y la defensa del interés nacional. Y esa fuerza institucional está en desarrollo; ‘un día a la vez’. La pregunta no es si EEUU debe estar en Venezuela. La pregunta es cómo hacemos de esa presencia una alianza útil para recuperar la democracia.

La política no se reduce a un evento, un individuo, una idea. Una frase, una interina sumisa, una alternativa democrática—que requiere buen cálculo, preparación y control—no hace un destino. La política es fundamentalmente integral y posibilista. No es aislada, ni normativa, ni improvisa, ni complaciente.

Las naciones inteligentes no construyen su futuro sobre prejuicios. Los intereses permanentes están por encima de la borrachera ideológica. En geopolítica las emociones duran un discurso; las alianzas sostenibles construyen generaciones. Las naciones que salen de profundas crisis no escogen entre amigos y enemigos. Las alianzas no son a la medida. Enemistarnos con el gobierno de EEUU no es bueno, no es inteligente.

Venezuela necesitará socios, no adversarios. En el complejo tablero internacional [siglo XXI] convertir deliberadamente al principal poder democrático del hemisferio en objeto de una campaña de deslegitimación puede terminar siendo una victoria retórica, pero una derrota estratégica para los intereses permanentes de la República.

Trump es una figura, una circunstancia. Venezuela es una causa muy superior…

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