Donald J. Trump celebra hoy su octogésimo cumpleaños, una edad que él mismo ha admitido no le entusiasma. “No tienen que felicitarme, no estoy feliz con ese número”, ha comentado recientemente. Sin embargo, mientras organiza un espectacular evento UFC en el South Lawn de la Casa Blanca —con una jaula octagonal gigante apodada “The Claw”—, uno de los capítulos más audaces de su segundo mandato sigue siendo su política hacia Venezuela: un camino que fue de máxima presión a intervención militar directa.
Nacido el Día de la Bandera de Estados Unidos, Trump ha proyectado durante décadas una imagen de energía inagotable. No consume alcohol desde joven, decisión que tomó tras ver el devastador efecto del alcoholismo en su hermano mayor Fred Trump Jr., quien falleció a los 43 años. A sus 80 años, su médico lo describe en “excelente salud”, aunque se observan moretones frecuentes en sus manos por el uso de aspirina y los intensos apretones de mano. Pese a ello, sigue siendo un workaholic que duerme poco, publica en redes a altas horas y maneja crisis internacionales con el mismo estilo combativo de siempre.
En su primer mandato (2017-2021), Trump aplicó una dura política de “máxima presión” contra Nicolás Maduro: sanciones severas al petróleo (PDVSA), reconocimiento a Juan Guaidó como presidente interino en 2019 y acusaciones de narcoterrorismo. En su segundo mandato, iniciado en 2025, la estrategia escaló. Designó al Tren de Aragua como organización terrorista, intensificó sanciones y desplegó fuerzas navales en el Caribe.
El punto de quiebre llegó el 3 de enero de 2026. En la operación Absolute Resolve, fuerzas especiales estadounidenses capturaron a Maduro y a su esposa Cilia Flores en Caracas. Los trasladaron a Nueva York para enfrentar cargos federales. Trump describió la acción como un éxito rotundo contra el narcotráfico y el “socialismo del siglo XXI”.
Cinco meses después, Delcy Rodríguez ejerce como presidenta encargada con una relación pragmática y cooperativa con Washington. Se han restablecido relaciones diplomáticas plenas, Estados Unidos supervisa las exportaciones petroleras y empresas estadounidenses preparan multimillonarias inversiones en la reconstrucción del sector energético. Trump ha calificado la relación actual como “fantástica” y afirma que EE.UU. “dirigirá el país” temporalmente hasta lograr una transición estable.
Para sus seguidores, se trata de un triunfo que reduce migración, golpea el narcotráfico y asegura recursos estratégicos. Para sus críticos, es una intervención unilateral controvertida que coloca a Venezuela bajo fuerte influencia estadounidense.
Mientras Trump, el presidente más viejo en asumir el cargo por segunda vez, celebra sus 80 años con peleas en jaula en el jardín de la Casa Blanca, Venezuela representa uno de los legados más disruptivos de su regreso al poder: la transformación de un adversario en un socio bajo supervisión.
Un cumpleaños que, como buena parte de su vida, combina espectáculo, controversia y acción decisiva.


