Chávez en su Matrix

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Un dolor de rodilla. Un “absceso pélvico”. Un cáncer que se anunció curado tres veces antes de matarlo. Durante 21 meses, Venezuela no supo si su presidente estaba vivo, muerto, o en algún punto intermedio que el propio Estado se encargaba de reinventar cada pocas semanas.

Este ensayo cuenta esa historia tal como fue: un simulacro construido con tanta disciplina que terminó por sustituir a la realidad misma.


El 9 de mayo de 2011, a nadie le pareció una fecha importante. Ni siquiera al propio Hugo Chávez, que ese día se quejó de un agudo dolor en la rodilla y ordenó que le hicieran un chequeo de rutina. Un dolor de rodilla. Así, de pequeño, empezó una de las operaciones de ocultamiento y sustitución de la realidad más elaboradas de la historia política reciente de América Latina.

Un mes después del incidente, el 10 de junio, el entonces canciller Nicolás Maduro apareció en televisión para anunciar que el comandante había sido sometido a una intervención de urgencia en La Habana. La explicación oficial fue un “absceso pélvico”. Veinte días más tarde, el 30 de junio, un Chávez visiblemente demacrado se mostró en una transmisión desde Cuba para confesar, con opacidad, al país que le habían extirpado un tumor. Tenía cáncer.

Lo que el gobierno jamás dijo en público, y que solo trascendería después por vías no oficiales, es que se trataba de un rabdomiosarcoma, un cáncer de tejido blando particularmente agresivo, alojado en la región pélvica. Ese diagnóstico exacto permanecería como secreto de Estado durante casi veinte meses. No por razones médicas, sino por cálculo político.

Lo que sigue es difícil de narrar en línea recta, porque la propia historia se negó a comportarse de manera lineal. Entre julio de 2011 y marzo de 2013, Chávez fue operado cuatro veces en La Habana, sometido a múltiples ciclos de quimioterapia y radioterapia y, según los datos que hoy se manejan, sufrió al menos tres recurrencias del mismo cáncer.

Pero en su propio drama, Hugo Chávez, en medio de la tensión política, cada vez que la enfermedad retrocedía lo suficiente como para permitirle hablar en público, salía rápidamente a reescribir la versión oficial, bajo el asombro de todos.

El 20 de octubre de 2011, tras nuevos exámenes realizados en Cuba, Chávez se declaró “libre de cáncer”. Sus médicos le dieron el alta señalando que el comandante estaba “completamente curado”. Fue una declaración que le permitió retomar la campaña rumbo a la reelección de 2012 y que, con el tiempo, resultaría completamente falsa. El 21 de febrero de 2012, apenas cuatro meses después, tuvo que admitir una “recurrencia”. Aun así, siguió haciendo campaña. El 9 de julio de 2012, a escasos tres meses de las elecciones, volvió a asegurar que estaba “totalmente libre” del cáncer.

Da la impresión, mirando estas fechas una al lado de la otra, de estar frente a un gobierno que no mentía una sola vez, sino que lo hacía de manera adaptativa. Cada nueva versión no buscaba convencer, sino sostenerse hasta el próximo evento político que hiciera falta atravesar. Pero para entender de verdad lo que estaba ocurriendo aquí, voy a recurrir a un marco de referencia que va más allá de la simple mentira de Estado.

En 1981, el filósofo francés Jean Baudrillard publicó Simulacros y simulación, un libro que arranca precisamente con una fábula prestada de Borges. Un imperio, cuenta Borges, ordena construir un mapa tan detallado que termina cubriendo exactamente el territorio que representa. Con el paso de los siglos, el imperio decae, el mapa se deteriora y de él solo quedan jirones esparcidos por el desierto, confundidos con la arena. Baudrillard invierte la fábula para su propósito. En la sociedad contemporánea, dice, ya no es el mapa el que se desgasta mientras el territorio permanece. Es al revés. El territorio original es el que se pudre y desaparece, y lo que sobrevive, lo único que sigue funcionando, es el mapa. La simulación deja de representar la realidad para convertirse en la única realidad disponible.

Baudrillard describe este proceso en cuatro etapas progresivas. Primero, la imagen refleja fielmente una realidad de fondo. Después, empieza a distorsionarla o enmascararla. Más adelante, la imagen ya no distorsiona nada concreto, sino que oculta el hecho de que no hay ninguna realidad detrás de ella. Y en su etapa final, la imagen deja de tener relación alguna con lo real. Se convierte en simulacro puro, un mapa que ya no representa ningún territorio, porque el territorio, sencillamente, dejó de existir. Es la transformación fundacional del autoritarismo que migra del mundo sólido de los hechos al flujo líquido de la realidad cambiante y adaptativa. Así operan los tiranos líquidos, construyen “realidades” al vaivén del devenir.

No es casualidad que muchos hayan intentado explicar esta clase de fenómenos apelando a Matrix, la película que popularizó, a su manera, la idea de vivir dentro de una simulación indistinguible de lo real. Vale la pena, sin embargo, una precisión importante para no simplificar de más el argumento. El propio Baudrillard, cuyo libro aparece literalmente en una escena de la película, se distanció tras esa lectura. Su objeción era filosóficamente válida, en Matrix existe siempre una realidad de respaldo a la cual escapar, un mundo verdadero llamado Zión, esperando detrás de la simulación. Para Baudrillard, el diagnóstico resultaba más inquietante. En la hiperrealidad que describe, no hay un Zión posible. No existe un afuera al cual regresar una vez que el mapa ha reemplazado por completo al territorio.

Esa distinción, aplicada al caso venezolano, me resulta muy inquietante. No hubo, en enero y febrero de 2013, una realidad paralela y verdadera esperando a ser revelada una vez terminada la ficción. Solo hubo, en el mejor de los casos, otra versión de la misma incertidumbre, gestionada por las mismas manos que habían fabricado la anterior.

El 7 de octubre de 2012, con Chávez presentándose oficialmente “sano” ante un país que llevaba un año y medio recibiendo información contradictoria sobre su salud, el siempre dudoso (y agente del poder líquido) CNE lo declaró ganador con 8.185.120 votos frente a los 6.583.814 de Henrique Capriles. Fue su última victoria electoral. Apenas siete semanas después de esa reelección, el 27 de noviembre, Chávez viajó de nuevo a La Habana para “sesiones de oxigenación hiperbárica”. El 8 de diciembre, en lo que sería su última aparición pública de peso, anunció una nueva recurrencia y designó explícitamente a Nicolás Maduro como su sucesor si llegaba a quedar “inhabilitado para gobernar”. Tres días después, el 11 de diciembre, se sometió a su cuarta y última cirugía. A partir de ese momento, todo lo que el país recibió fue silencio, interrumpido apenas por comunicados cada vez más escuetos.

Aquí es donde la historia se vuelve, en el sentido más literal posible, difícil de creer, y donde el argumento de Baudrillard deja de ser una elegante analogía filosófica para convertirse en una descripción exacta de los hechos.

Chávez no pudo juramentarse el 10 de enero de 2013 para su nuevo período presidencial. Pero el aparato del Estado no se detuvo. Durante enero y febrero de ese año se emitieron decenas de decretos a su nombre, mientras el país entero desconocía si el hombre que los firmaba estaba en condiciones de leerlos, de entenderlos o siquiera de estar consciente. El 15 de febrero, el gobierno finalmente divulgó las primeras fotografías de Chávez en más de dos meses. Lo mostraban sonriente, en una cama de hospital, rodeado de sus hijas. Fueron, como se sabría después, cuidadosamente escenificadas. Tres días más tarde, el 18 de febrero, en una maniobra que sorprendió incluso a quienes seguían de cerca la situación, el gobierno anunció que Chávez había regresado a Venezuela y que se encontraba internado en el Hospital Militar de Caracas. Nadie lo vio llegar. Nadie lo vio entrar. El país tuvo que creerlo, simplemente, porque el mapa lo decía.

El 4 de marzo, el gobierno admitió por fin que la salud de Chávez se había deteriorado debido a una “nueva y severa infección” y a un “empeoramiento de su función respiratoria”. Al día siguiente, a las 4:25 de la tarde, se anunció oficialmente su muerte.

Fue, para la mayoría de los venezolanos, el final de una historia que habían seguido, en saltos y sobresaltos de incertidumbre, durante veintiún meses. Pero no fue, como se sabría después, el final real de la historia.

En 2015, el capitán de corbeta Leamsy Salazar, quien había sido segundo al mando de la guardia presidencial, declaró algo que reescribió por completo la cronología oficial. Según su testimonio, Chávez había muerto realmente el 30 de diciembre de 2012, en La Habana, apenas semanas después de la reelección. Su cuerpo, de acuerdo con esta versión, fue trasladado a Venezuela ya sin vida. Las fotografías del 15 de febrero, el supuesto regreso del 18 de febrero, la puesta en escena completa de un hombre que agonizaba en Caracas habrían sido, en ese caso, un simulacro en su forma más pura. No una mentira sobre un hecho real oculto en alguna parte, sino la sustitución completa de ese hecho por una imagen que ya no representaba nada, salvo a sí misma.

No hace falta resolver con certeza absoluta cuál es la fecha verdadera para entender lo que este episodio revela. Durante meses, un país entero vivió bajo el supuesto liderazgo de alguien de quien no se sabía con precisión ni dónde estaba ni en qué condiciones, ni siquiera, según algunas versiones, si seguía vivo. Es esta la expresión completamente líquida de un gobierno que, a través de una simulación, firmaba decretos, convocaba elecciones y ejercía el poder como si nada de eso importara.

Lo que Venezuela vivió entre 2011 y 2013 fue, visto con la distancia que da el tiempo, algo más profundo que una simple mentira de Estado prolongada. Se trató de la primera demostración, a gran escala, de que un poder que ha aprendido a ser líquido no necesita ocultar la realidad. Le basta con sustituirla por completo y sostener esa sustitución el tiempo suficiente para que deje de importar cuál era la realidad original. Un régimen sólido no habría podido hacerlo. Le habría faltado la flexibilidad institucional para ello y se habría visto obligado, en algún momento, a presentar pruebas verificables ante una prensa o una oposición con capacidad real para exigir la verdad.

Lo que este régimen demostró, en cambio, es que el simulacro puede sostenerse con suficiente disciplina hasta el punto de dejar de ser una copia de algo y convertirse, sin más, en la realidad misma. A partir de este momento, el mapa no solo cubrió el territorio. Lo sustituyó. El 5 de marzo de 2013, lo que Venezuela heredó no fue una lección sobre los límites de la mentira, sino la prueba de que el simulacro había funcionado exactamente como debía. El chavismo no salió de esta prueba debilitado ni expuesto. Salió, por el contrario, con un modelo depurado de autoritarismo líquido, uno que acababa de comprobar, en las condiciones más extremas imaginables, que era capaz de sostener el poder incluso en ausencia de quien lo ejercía. Ese aprendizaje quedaría disponible para las pruebas mucho más complejas que estaban por venir.

Alberto Ray

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