Cuando las armas dejan de ganar

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Hablemos acerca de la paradoja terminal del poder destructivo. La historia de la humanidad puede leerse como la historia de sus armas. Primero fue una piedra, después una lanza, un fusil, un misil y, finalmente, artefactos capaces de borrar ciudades enteras en segundos. Durante milenios, la lógica fue implacable, quien poseía el arma superior imponía su voluntad.

Hay una escena que el cine antiguo repite hasta el cansancio, un hombre con un cuchillo controla a varias personas desarmadas; el arma no domina por el daño que puede causar, domina porque convence a los demás de que resistir es peor que obedecer; la violencia real casi nunca es necesaria, basta con su promesa.

Ese principio ha acompañado toda la evolución de la guerra, pero llega un momento en que comienza a fracturarse.

Cada generación de armamento aumenta el poder de destruir, pero también eleva el coste de utilizarlo. Pasa cuando una guerra puede arrasar economías y generaciones enteras, el concepto de victoria empieza a perder sentido al derrotar al adversario y destruir simultáneamente aquello que se pretendía defender.

El miedo tiene una vida útil y puede paralizar durante un tiempo, pero rara vez gobierna de forma indefinida. Las sociedades terminan adaptándose, descubren que vivir permanentemente sometidas a una amenaza equivale, en términos prácticos, a haber sido ya derrotadas y cuando ese punto llega, el arma deja de ser garantía de obediencia.

Rusia invadió Ucrania en 2022 con el segundo ejército del mundo y la amenaza nuclear como telón de fondo; tres años después, ha perdido más de trescientos mil soldados, su economía soporta el mayor régimen de sanciones de la historia moderna y ha conseguido exactamente lo que pretendía evitar, una OTAN más cohesionada y una Europa rearmada. El poder de destruir ha quedado demostrado; sin embargo, el poder de ganar no.

América Latina ofrece dos variantes igualmente reveladoras. En Colombia, cincuenta años de conflicto entre el Estado y las FARC con miles de millones en ayuda militar estadounidense de por medio, terminaron no en una victoria sino en un acuerdo de paz nacido del agotamiento mutuo. La fuerza suprimió una organización, pero no las condiciones que la generaron y hoy operan disidencias en los mismos territorios mientras que en México, la militarización declarada en 2006 fragmentó los grandes cárteles en decenas de organizaciones más pequeñas y más violentas, más de cuatrocientos cincuenta mil homicidios después, los cárteles son hoy más poderosos que antes y deja notar que la superioridad armada frente a un adversario descentralizado no produce victoria mas si produce escalada.

Jung hubiera dicho acerca de esto que la fuerza nunca destruye aquello que combate, solo lo reprime y lo reprimido no desaparece, se hunde y regresa más fragmentado y más autónomo. Lo que él llamó la sombra, lo que una sociedad se niega a mirar en sí misma, no se elimina con armas; se entierra hasta que reemerge con otro rostro.

Por eso la fuerza suprime la organización pero no las condiciones que la engendraron y por eso el Estado que adopta la gramática del criminal termina poseído por aquello que decía combatir. Donde el vínculo se apaga, el poder ocupa el vacío, se confunde entonces la autoridad con la mera capacidad de hacer daño.

Pero la paradoja no opera solo entre naciones; hay una progresión que explica buena parte del mundo contemporáneo y que pocas veces se nombra con claridad.

La violencia no nace organizada, nace en un individuo que descubre, generalmente en la infancia, que la fuerza resuelve lo que la negociación no puede y cuando ese individuo encuentra a otros que han aprendido lo mismo, nace el grupo, la pandilla, la banda. La lógica no cambia; solo cambia la escala y el miedo no se ejerce sobre una persona sino sobre un barrio; el territorio se convierte en recurso, quien lo controla cobra, extorsiona, recluta.

El siguiente paso es la institucionalización. El gang adquiere capacidad militar, red de corrupción e influencia sobre el Estado; ya no opera en los márgenes del sistema, lo coloniza y es asi como en algunos países de América Latina ese proceso ha llegado tan lejos que resulta difícil distinguir dónde termina el Estado y dónde comienza el crimen organizado.

Y entonces aparece la variante más peligrosa, el gobierno que adopta esa misma gramática.

Venezuela es el laboratorio más claro y más doloroso de esta progresión. Lo que comenzó como un proyecto político con apoyo popular genuino derivó en algo cualitativamente distinto, un aparato de poder que utiliza la violencia no para ganar guerras ni derrotar enemigos externos, sino para sobrevivir a sí mismo. Los colectivos paramilitares disuaden la disidencia donde la policía no llega, los servicios de inteligencia —documentados por la ONU como instrumentos de detención arbitraria y tortura— eliminan la oposición y el ejército no defiende las fronteras, defiende el régimen.

El resultado, más de siete millones de emigrantes, una economía que llegó a contraerse un ochenta por ciento en una década y una población sometida no por convicción sino por agotamiento. Y aquí está la clave que conecta Venezuela con todo lo anterior,  el régimen no usa las armas para ganar, las usa para que nadie intente quitarle lo que tiene. No es una estrategia de conquista; luce más bien como una estrategia de perpetuación.

Esta es la forma más degradada del poder armado, no la guerra ni la conquista, sino la extorsión permanente de una sociedad por parte de quienes controlan las armas y han decidido que eso es suficiente para gobernar pero incluso ese modelo tiene fecha de caducidad, ya que las sociedades sometidas al miedo crónico no se extinguen, emigran, se reorganizan, construyen resistencias y Venezuela lleva años demostrándolo.

La gran paradoja de nuestra época es que hemos construido armas progresivamente más poderosas mientras hacemos progresivamente más imposible utilizarlas sin convertir la victoria en derrota. Quizá la historia nunca haya tratado sobre quién acumula el mayor arsenal, más bien haya tratado sobre cuánto tarda la humanidad en comprender que el miedo tiene rendimientos decrecientes porque llega un punto en que ya nadie gana.

Cuando todos pueden destruirse mutuamente, el vencedor desaparece de la ecuación, solo queda el costo compartido de haber confundido, durante siglos, poder con capacidad de hacer daño. La evolución tecnológica no ha resuelto esa confusión, más bien la ha hecho, sencillamente, más cara.

Rafael Egañez Anderson

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