En un ilustrativo artículo titulado Calma y Cordura, mi amigo Enrique Ochoa hace un parangón entre la transición de la dictadura gomecista a la democracia, que condujo brillantemente Eleazar López Contreras y la tarea similar que corresponde al gobierno encabezado por la Presidenta Delcy Rodríguez. Enrique hace énfasis en muchas similitudes entre ambos procesos y ambos personajes, de las cuales destaco dos:
- López era en 1936 al igual que Delcy en 2026, la persona más preparada (académicamente y por conocimiento del país y del sistema) dentro del antiguo régimen.
- Y López tenía (como está mostrando tenerlo Delcy) el temperamento sereno, aplomado y la disciplina de trabajo imprescindibles para esa tarea ardua, meticulosa, necesariamente gradual de desmontar todo lo desmontable de un viejo orden, e ir armando el nuevo con piezas diversas, venidas de lados distintos y hasta contrapuestos.
No hago más glosa de las similitudes, porque quiero poner énfasis en las grandes diferencias entre uno y otro momento histórico, o quizás sea mejor decirlo, en el tipo de herencia que recibieron ambos personajes y el contexto y circunstancias en que accedieron a la Presidencia.
Todos sabemos el significado de la herencia. Algunas veces es un manojo de llaves para abrir cofres repletos de joyas. Otras veces es un baúl envenenado, que no tienes forma de rechazar. Usualmente es un mix de cosas útiles y desechables, cosas buenas y tóxicas, que hay que ir separando con paciencia y sabiduría. Todos sabemos también cómo condicionan a todo gobernante la herencia, el contexto y las circunstancias en que se llega al poder.
López Contreras recibió un país pacificado, con un Estado sólido (creación de la dictadura gomecista), con la economía en la fase expansiva de las primeras décadas del auge petrolero, sin deuda externa, sino más bien con el alivio de su cancelación total, con un contexto internacional en que se incubaba la fatídica Segunda Guerra Mundial, habiendo tenido Gómez la sabiduría de mantener a Venezuela no alineada en la Primera Guerra ni en las otras disputas posteriores a ella.
López Contreras accede al poder, desde la poderosa posición de Ministro de Guerra y Marina, por la muerte natural del anciano caudillo, quien precisamente había creado, por primera vez en 100 años de vida republicana, un Ejército Nacional.
Delcy accede al Poder (que no aspiraba) en una madrugada tumultuosa, en que la primera potencia militar del mundo ha realizado una impresionante operación de relojería bélica y se ha llevado preso al Presidente de la República, a quien la potencia no reconocía como tal y sobre quien se habían emitido órdenes judiciales de captura bajo múltiples acusaciones, incluida la de vínculos con el narcotráfico. Esa operación, de apenas una hora, fue ejecutada sobre el principal cuartel del país en el corazón de la capital, sin que las fuerzas extranjeras perdieran ni un solo hombre ni un solo fusil.
Gómez, muriendo apaciblemente en su lecho y Maduro, sacado a la fuerza y llevado a una cárcel extranjera por unidades élites del ejército norteamericano, no pueden mostrar mejor el inmenso contraste entre el cambio político de 1936 y el 2026.
López era el heredero más probable de un Jefe, temible para muchos, benévolo para otros, que, después de someterlo a duras pruebas, ya lo había escogido como sucesor. Delcy hubo de asumir el mando, desde el cargo de Vicepresidenta, bajo la presión externa de un momento excepcional, sustituyendo a un gobernante que lucía internamente, (y se sentía a sí mismo) inexpugnable, ubicado en la cima de un Partido-Estado completamente inamovible desde adentro. Tan seguro se sentía como intocable, que ante la presión militar externa exigiendo una salida política y las ofertas de negociación, él anunció la «activación, a partir del 9 de enero de 2026, del poder constituyente originario»… Es decir, alguna operación política dirigida a cerrar aún mas el sistema politico, en vez de algún gesto de apertura, como era el reclamo general.
Anotada la diferencia abismal de cómo fueron ambos accesos al poder, demos una mirada comparativa a los retos de ambas presidencias.
López tenía por delante mantener aquella inusitada expansión económica que el petróleo, ya primer rubro de exportación, había traído a Venezuela. En el país sobraba trabajo y faltaban trabajadores. López abre las puertas a esa formidable inmigración proveniente de tierras lejanas que viene a aportarnos talento y emprendimiento, incluído allí el gesto noble de recibir a los judíos expulsados de Europa, rechazados en otros puertos, que acá consiguieron hogar.
Delcy tiene por delante la reconstrucción económica de un país que ha perdido el 75 % del PIB, que era la 4a. economía de la región y hoy es la undécima, que tenía el salario más alto del continente y hoy tiene uno de los más bajos del mundo, dónde no emigraba nadie y hoy ha emigrado alrededor del 20% de su población.
López no tenía deuda externa que pagar y funda el BCV, ente emisor del bolívar como una de las monedas mas fuertes del mundo.
Delcy tiene como prioridad reestructurar una gigantesca deuda externa, aún no cuantificada, para lo cual habrá de refundar prácticamente el BCV.
La sabia neutralidad internacional de Gómez y la conflagracion mundial que despuntaba ofrecieron a López una oportunidad única para poner muy en alto el valor geopolítico de Venezuela, como un país confiable del hemisferio occidental. El país sigue siendo el mismo, ubicado exactamente en la misma parte del globo terráqueo y con los mismos valores judeo-cristianos de 1936; pero Delcy, a diferencia de López, lo recibe enemistado con su vecindario, enfrentado con los Estados Unidos, socio de la teocracia iraní y conectado con alianzas antioccidentales como China, Rusia, Cuba y hasta Corea del Norte. El contexto internacional de López Contreras y Delcy Rodriguez no podría ser más contrapuesto. Allí reside una de las mayores dificultades de ella. Allí también una de sus mayores oportunidades.
Viendo hacia atrás, en lo que antecede a López Contreras y a Delcy Rodríguez reaparecen las semejanzas, sobre todo internamente, empezando porque se trataba de un poder absoluto, cerrado y sólido, que, CON UNA DURACION DE 27 AÑOS, habíase convertido, más que en un régimen, en un sistema. Y, como todo gobernante de una transición, es común ver cómo Delcy recibe, igual que López recibía en su momento, presiones idénticas de grupos contrapuestos, DEMANDANDO, CADA UNO, EXACTAMENTE LO OPUESTO DEL OTRO. Allí es donde se requiere el aplomo de Delcy, que la inmuniza frente al virus destructivo de los «trending topics». Allí es donde vale el calma y cordura de López. Allí es donde está vigente Bolívar: «Hagamos nuestros deberes y dejemos al tiempo obrar milagros».
Resumiendo estas líneas diría: López fue una transición natural, con un estado fuerte y una economia expansiva, en un país afincado en su hemisferio occidental, alejado de pleitos ajenos. Delcy preside sobre un Estado deteriorado, en un país descuadernado internamente, descolocado geopolíticamente y con una sociedad muy fácil de manipular en estos tiempos digitales en que las redes «sustituyen» a las bibliotecas y los algoritmos a la conciencia moral.
Pero volviendo a Ochoa, Delcy y López Contreras tienen muchos parangones; aunque Delcy lo tiene mucho más difícil. Su tarea es mucho más exigente y por eso es que resulta fácil atacarla y es responsable respaldarla. Y por eso es que su coraje (del cual depende en buena parte el éxito de esta transición) reside en que ella esté más pendiente del resultado que «del algoritmo». Yo estoy convencido que es así. Y no tengo un átomo de duda de que esta transición triunfará.
Agustín Berríos


