Delcy, la última réplica

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Hay tragedias que nacen de la naturaleza y otras que son producto de las decisiones humanas. Venezuela, lamentablemente, ha sufrido ambas.

Pocas veces la naturaleza presenta un fenómeno tan devastador como dos grandes terremotos de magnitud 7,1 y 7,5 ocurriendo de forma consecutiva. Cada uno, por sí solo, sería capaz de causar una destrucción enorme. Pero cuando el segundo golpea a un territorio ya debilitado por el primero, el daño se multiplica: lo que apenas había resistido termina por derrumbarse y la reconstrucción se vuelve mucho más difícil.

Esa es, en buena medida, la historia política de Venezuela.

Nuestro país no padeció un solo terremoto, sino dos. El primero fue Hugo Chávez, quien sacudió los cimientos institucionales, económicos y sociales de la República. Cuando aún el país intentaba soportar aquel impacto, llegó Nicolás Maduro, profundizando la crisis hasta llevarla a niveles sin precedentes: el colapso de los servicios públicos, el desplome de la economía, la migración de millones de venezolanos, la represión sin límites y el deterioro de las instituciones.

La tragedia venezolana no fue producto de un solo terremoto político, sino de dos grandes sacudidas consecutivas, cuya combinación resultó mucho más destructiva que cualquiera de ellas por separado.

Y, como ocurre después de todo gran sismo, llegaron las réplicas.

Las réplicas no tienen la magnitud del terremoto principal, pero sí la capacidad de prolongar el daño, impedir la reconstrucción y mantener el miedo.

En ese contexto, Delcy Rodríguez representa la última réplica de un modelo político que se niega a desaparecer. No simboliza un cambio ni una rectificación; representa la continuidad del mismo sistema que llevó al país al colapso.

Hoy, además, no es un día cualquiera: se vence el plazo establecido en la Constitución venezolana para declarar la vacante absoluta del presidente de la República, lo que implicaría la obligación de convocar a nuevas elecciones. Sin embargo, incluso frente a ese mandato constitucional, el país sigue atrapado en la inercia de un sistema que posterga soluciones y prolonga la crisis.

Pero las réplicas no son eternas. Tarde o temprano cesan, y olo entonces comienza la verdadera reconstrucción.

Eso es lo que merece Venezuela: dejar de vivir entre sacudidas y empezar, por fin, a levantar una República fundada en la libertad, la democracia, la institucionalidad y el progreso.

Porque ningún pueblo está condenado a vivir para siempre entre las ruinas de un terremoto.

Héctor Urgelles Fox
@urgellesbaruta 

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