Dos formas de medir la pobreza, no de combatirla

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A un lado del Atlántico, Javier Milei publica en sus redes un mensaje triunfal: «La pobreza sigue bajando. Dato, no relato». Su Gobierno celebra que la pobreza en Argentina ha caído del 52,9% al 28,2%, más de 11 millones de personas que han salido de ella. Al otro lado, Pedro Sánchez celebra que España ha reducido «la tasa de pobreza y la desigualdad a mínimos históricos» gracias al ingreso mínimo vital, saldando, dice, «una deuda histórica».

Por: Martín Varsavsky – The Objective

Un libertario capitalista y un socialista, los dos presumiendo de lo mismo. Uno podría pensar que existen dos caminos distintos para bajar la pobreza, el del mercado y el del Estado, y que ambos funcionan. Pero no es eso lo que muestran los datos. Lo que separa a estos dos titulares no son dos formas de combatir la pobreza: son dos formas de medirla. Y solo una de ellas mide algo real.

Dos varas de medir distintas

Argentina mide la pobreza con una canasta básica. El INDEC calcula cuánto cuesta de verdad comer, vestirse, moverse y vivir, y considera pobre a quien no puede pagarlo con sus ingresos. Es un umbral absoluto, anclado en necesidades concretas. Por eso la cifra argentina reacciona a la realidad: cuando la devaluación de principios de 2024 disparó los precios, la pobreza saltó por encima del 50%; cuando la inflación se calmó y los ingresos recuperaron terreno, bajó. De hecho, el último descenso se explica con una precisión casi quirúrgica: el ingreso familiar creció más rápido que la canasta, y por eso más hogares quedaron por encima de la línea. Sube cuando la gente vive peor y baja cuando vive mejor. Mide, en definitiva, lo que se supone que debe medir.

España hace lo contrario. Su indicador estrella no calcula lo que cuesta vivir: traza una línea en el 60% de la renta mediana del país y llama pobre a quien gana menos que esa referencia. No es una medida de necesidad, sino de distancia respecto al ciudadano del medio. Y eso tiene una consecuencia absurda: si toda España se empobrece a la vez —si bajan los sueldos, suben los alquileres y se encarece la vida para todos por igual—, la mediana baja con ellos y el número de pobres relativos no aumenta. Estadísticamente, nadie cae en la pobreza, aunque todos vivan peor. El indicador español está diseñado, literalmente, para no reaccionar a la realidad material de la gente.

Conviene ser justo: la canasta argentina dista de ser perfecta. No incluye el gasto de alquiler y arrastra cestas de consumo desactualizadas, de modo que comete, en parte, el mismo pecado de ignorar la vivienda que aquí denunciaremos. Y la baja de Milei parte de un pico que él mismo provocó con su ajuste inicial, por lo que la caída es más modesta si se compara con antes de su llegada. Pero el principio de fondo se sostiene: el método argentino, con todos sus defectos, al menos se mueve cuando la vida de la gente se mueve. El español, no. Uno mide; el otro disimula.

Cómo lo miden los países serios

Y no es Argentina la única que mide así. Estados Unidos, la mayor economía del mundo, también ancla su medición en lo que cuesta vivir, no en la comparación con el vecino. La Oficina del Censo define la pobreza comparando los ingresos de cada familia con un umbral que representa el coste de cubrir las necesidades básicas, ajustado por el tamaño del hogar y actualizado cada año según la inflación real. Es un umbral absoluto: no sube automáticamente porque el país se enriquezca, ni deja de reflejar un empobrecimiento generalizado. Si la gente vive peor, la cifra lo recoge.

Y aquí viene lo relevante para España. Conscientes de que su umbral más antiguo se quedaba corto porque no pesaba bien el coste de la vivienda, los estadounidenses crearon una segunda medida, la Supplemental Poverty Measure, que corrige justamente eso: tiene en cuenta el coste real de la vivienda en cada zona del país, las ayudas públicas recibidas, los impuestos y los gastos médicos. Es decir, cuando Estados Unidos quiso una cifra más fiel a la realidad, no la hizo más relativa, como Europa: la hizo más absoluta, metiendo dentro el alquiler. Y el resultado confirma la tesis de este artículo: esa medida que sí mira la vivienda arroja una pobreza mayor que la oficial —un 12,9% frente a un 10,6% en 2024—. El mismo país, dos indicadores, y el que cuenta el coste del techo encuentra más pobres.

El mapa queda así. Argentina, al sur, mide con canasta básica. Estados Unidos, al norte, mide con umbral absoluto y, cuando quiere afinar, añade la vivienda. Europa —y España con ella— es la rareza que mide la distancia con el vecino en lugar de la necesidad. Las grandes economías de referencia se preguntan si el ciudadano puede pagar lo que cuesta vivir. España se pregunta solo si gana menos que la media. Y, a partir de aquí, el problema es enteramente español.

La confesión escondida en la frase de Sánchez

Volvamos a España y fíjese en cómo formuló Sánchez su éxito. No dijo «los españoles ganan más». No dijo «el trabajo paga mejor». Dijo que la pobreza baja gracias al ingreso mínimo vital, es decir, gracias a un cheque que el Estado entrega a quien no llega. No presume de que el español prospere por su esfuerzo, sino de que el Estado le transfiere lo justo para no figurar como pobre en la estadística.

No es un matiz: es toda la cuestión. El propio Gobierno lo admitió por escrito cuando su ministra de Seguridad Social explicó que, si las familias hubieran contado únicamente con sus ingresos reales, sin ayudas públicas, la tasa de pobreza se situaría en el 42,6%; y que es gracias a las transferencias del Estado como baja hasta el 20%. Léase despacio: cuatro de cada diez españoles serían pobres si dependieran de lo que ganan. Lo que ha mejorado no es la prosperidad del ciudadano, sino su dependencia del subsidio. Un país no está mejor porque cada vez más gente necesite una ayuda pública para no caer en la pobreza; eso es exactamente lo contrario de un éxito.

Lea la nota completa siguiendo este enlace a The Objective

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