El acuerdo nombra la auditoría pero no nombra al auditor

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La palabra aparece tres veces en el acuerdo del 12 de agosto. Auditoría. Transparencia. Trazabilidad. Tres sustantivos que suenan a garantía y que no nombran a nadie.

Por: Alfredo Yánez Mondragón – Incísos

No hay una firma auditora identificada. No hay un contrato publicado. No hay periodicidad de reporte, ni destinatario del reporte, ni consecuencia prevista si el reporte llega tarde o no llega. Hay una intención, redactada con corrección, sobre 4.000 millones de dólares en lingotes que llevan ocho años en una bóveda de Londres.

Quiero ser claro sobre lo que no estoy diciendo. No estoy diciendo que alguien vaya a robarse ese dinero. No lo sé y nadie puede saberlo todavía. Estoy diciendo algo más incómodo y más simple: que a esta altura nadie está en condiciones de afirmar lo contrario, y que esa imposibilidad es un problema de diseño, no de mala fe.

Un mecanismo que depende de la buena voluntad de quien lo ejecuta no es un mecanismo de control. Es una promesa con vocabulario técnico.

Estuve mirando las cifras de esta semana venezolana como quien revisa una cuenta larga, y hay una operación que se repite en todas.

El gobierno anunció 131 excarcelaciones. Foro Penal, que verifica identidad caso por caso, había confirmado 72 la mañana siguiente. Ninguna de las dos cifras es necesariamente falsa: la verificación toma tiempo. Pero solo una de las dos fue anunciada con altavoz.

El balance oficial de la reconstrucción reporta 53.314 viviendas evaluadas. Es un trabajo enorme y real, y no pienso restarle mérito. En el mismo balance figura otro número: 287 viviendas entregadas, frente a 9.567 catalogadas en alto riesgo. Una por cada treinta y tres.

La alcaldía de Caracas informó, tras el aguacero del fin de semana, la atención de cinco árboles caídos. En el sector La Vega, los vecinos hablaban de dos adolescentes arrastradas por la corriente en el callejón El Sinaí. No hay confirmación oficial de eso. Puede que el reporte vecinal esté equivocado. Puede que no. Lo que sí está confirmado es que un balance municipal se difundió contando árboles antes de que nadie hubiera terminado de contar personas.

Y el comunicado del primer ciclo del diálogo se leyó tras más de seis horas de deliberación sin admitir preguntas de la prensa. En un proceso cuyo propio marco de principios incluye el compromiso de informar oportunamente a la población.

Cuatro hechos distintos, cuatro instituciones distintas, un mismo patrón: el número que sale primero es el que conviene, y el que cuesta es el que llega después, si llega.

De ahí viene mi convicción sobre esto, y perdóneme si suena a poco.

La contraloría ciudadana no es desconfianza. Es aritmética.

No consiste en sospechar de todo el mundo ni en descalificar cada anuncio. Consiste en algo mucho menos épico: anotar el número que le dan hoy para poder compararlo con el que le den en noventa días. Es tener a mano la fecha en que alguien prometió 160 megavatios y saber que ese plazo vence a mediados de noviembre. Es preguntar quién audita, no porque uno crea que van a robar, sino porque una auditoría sin auditor con nombre no es una auditoría.

Es la diferencia entre indignarse y llevar la cuenta.

Lo primero se agota en una semana. Lo segundo funciona.

No voy a fingir que esto es fácil, porque no lo es.

Vigilar cansa. Cansa de una manera particular, además: no produce satisfacción inmediata, no genera aplausos y casi nunca ofrece un momento de victoria. Uno anota una cifra, la guarda, espera tres meses y descubre que la cifra no cambió. Eso no se puede tuitear con épica. Y sin embargo es exactamente ahí donde se decide si una transición se convierte en instituciones o se queda en anuncios.

Tampoco lo puede hacer una persona sola. Ese es el punto donde suelo ver que la gente se rinde: alguien empieza a llevar la cuenta de un expediente, se agota, se calla, y el expediente se cierra sin que nadie lo note. La contraloría ciudadana funciona cuando es distribuida. Uno sigue el oro. Otro sigue los megavatios. Otro sigue el número verificado de excarcelados. Otro sigue cuántas de las 9.567 viviendas dejaron de estar en alto riesgo. Nadie carga con todo, y entre todos no se pierde nada.

Y hay un trabajo que ya está hecho por gente que lo hace desde hace años, con recursos escasos y sin reconocimiento. Foro Penal verificando nombre por nombre mientras el titular ya pasó. Los ingenieros que pidieron actualizar las normas sismorresistentes en lugar de callarse. Las organizaciones que auditan dónde termina cada dólar donado. A esa gente uno no tiene que reemplazarla. Tiene que leerla, citarla y sostenerla.

Sobre los que vivimos afuera quiero decir una última cosa, porque conozco la objeción y la he escuchado muchas veces: qué derecho tengo yo a exigir cuentas desde la distancia.

La distancia quita autoridad moral para muchas cosas. Para esta, no.

Quien manda una remesa cada mes está financiando la economía que se está reconstruyendo. Quien donó a una campaña tras el 24 de junio puso dinero propio en esa cuenta. Quien tiene familia bajo un techo evaluado como habitable con restricciones tiene un interés directo, verificable y legítimo en saber cuándo dejará de estarlo. Eso no es opinar desde afuera. Es ser parte interesada.

Y la distancia da algo que adentro escasea: la posibilidad de preguntar sin miedo a la consecuencia. No es poca cosa. En un país donde durante años preguntar en voz alta tuvo precio, quien puede preguntar gratis tiene algo parecido a una obligación.

Nada de esto garantiza nada. Ese es el punto y no lo voy a maquillar.

Se pueden anotar todas las cifras, seguir todos los plazos, preguntar quién audita cada semana, y aun así perder. Diecisiete intentos de negociación anteriores no produjeron una transición y muchos de ellos tuvieron gente atenta.

Pero de la manera contraria se pierde seguro.

Una transición no se pierde en un momento dramático, con un golpe o una traición que todos ven. Se pierde en un número que nadie escribió, en un plazo que nadie recordó y en una auditoría cuyo auditor nunca tuvo nombre. Se pierde en silencio, entre dos anuncios, mientras todos miramos el siguiente titular.

Anote la cifra. Guarde la fecha. Vuelva a preguntar en noventa días.

Es poco. Y es casi todo lo que hay.

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